Hace apenas dos semanas, mientras la Argentina de Messi era doblegada por España en el MetLife Stadium, Gianni Infantino caminaba por los pasillos con la tranquilidad de quien se siente dueño de la pelota. Había organizado el Mundial más rentable de la historia, aparecía junto a Donald Trump en los principales actos del torneo y se preparaba para buscar un nuevo mandato al frente de la FIFA sin un rival visible. Lucía intocable.
Hoy la escena es completamente distinta. La UEFA le retiró la confianza, la Concacaf analiza impulsar un candidato para disputarle la presidencia en 2027 y dentro de la propia FIFA comenzaron las renuncias, las críticas y las fracturas entre dirigentes que hasta hace pocos días integraban su círculo más cercano. El detonante fue un proyecto que nunca llegó a hacerse público.
Una investigación de The Athletic, basada en decenas de fuentes dentro y fuera de la FIFA, reconstruyó cómo el intento de crear una sociedad comercial para incorporar inversores privados al negocio del Mundial terminó provocando la mayor crisis política del organismo desde el FIFAGate. La iniciativa, denominada FIFA Forward Enterprise (FFE), proponía crear una empresa para administrar los activos comerciales más valiosos de la FIFA -el Mundial, el Mundial de Clubes y otras competiciones- y vender el 20 por ciento de esa sociedad en una operación valuada en unos 20.000 millones de dólares. El principal interesado era Joshua Kushner, fundador de Thrive Capital y hermano de Jared Kushner, uno de los hombres fuertes del entorno de Trump durante su primer paso por la Casa Blanca.
El anuncio estaba previsto para la víspera de la final del Mundial, en el hotel Waldorf Astoria de Nueva York. Pero no se hizo público. Y antes de que la FIFA pudiera presentarlo, The Times y Financial Times revelaron la existencia de las negociaciones y la discusión dejó de ser económica para transformarse en una batalla política.
La reacción fue inmediata. La UEFA denunció que se trataba de “un acuerdo sórdido, opaco y negociado en secreto”. La Concacaf sostuvo que la FIFA había dejado de “poner al fútbol en primer lugar” y la Confederación Asiática (AFC) también expresó su rechazo. La Conmebol eligió un camino distinto. Evitó confrontar con Infantino, pidió más información sobre el proyecto y ratificó que cualquier decisión debía poner “primero al fútbol”. No respaldó la iniciativa, pero tampoco se sumó al bloque opositor encabezado por Europa y Norteamérica.
La FIFA sostenía que la operación permitiría generar nuevos recursos para impulsar el desarrollo global del fútbol. Sin embargo, pocos dirigentes encontraban lógica en esa explicación. El organismo dispone de reservas superiores a los 5.000 millones de dólares y acababa de cerrar el Mundial más lucrativo de su historia. La pregunta empezó a repetirse: si había dinero disponible, ¿por qué vender una parte del negocio más rentable del fútbol?
Esa duda alimentó otra aún más incómoda. Muchos dirigentes comenzaron a interpretar que Infantino buscaba transformar la FIFA en una organización mucho más parecida a las grandes ligas estadounidenses: una estructura con mayor perfil empresarial, abierta al capital privado y orientada a maximizar el valor comercial de sus competiciones. Y también a mejorar los ingresos anuales de Infantino.
La cercanía del presidente con la familia Kushner reforzó esas sospechas. La relación se había construido durante la candidatura de Canadá, México y Estados Unidos para organizar el Mundial 2026 y se profundizó en los últimos años, al punto de convertir a Jared Kushner en un interlocutor habitual de la FIFA en Estados Unidos.
Joshua Kushner, fundador de Thrive Capital y su pareja, Karlie Kloss. Foto: Bloomberg.Cuando trascendió que el principal inversor del proyecto era su hermano Joshua, muchos dirigentes entendieron que todas las piezas terminaban de encajar. Ese vínculo ya había generado incomodidad durante el sorteo del Mundial, cuando Infantino decidió entregar a Trump el Premio FIFA de la Paz, una decisión que sorprendió (y disgustó) tanto a propios como extraños.
Pero el verdadero golpe para Infantino todavía estaba por llegar. Kevin Lamour, director de operaciones de la FIFA y uno de los ejecutivos con mayor peso dentro del organismo, rompió el silencio y desnudó la crisis. En declaraciones a la agencia Associated Press aseguró que el FIFA Forward Enterprise “no era un proyecto de la FIFA, sino de una sola persona”. Y resumió: “Fuimos engañados”.
Las diferencias también alcanzaron a Mattias Grafstrom, secretario general de la FIFA y uno de los hombres de mayor confianza de Infantino. Según la reconstrucción de The Athletic, el dirigente sueco nunca participó del diseño del proyecto y desde hacía meses venía acumulando discrepancias con el presidente por la forma en que concentraba las decisiones estratégicas.
Mattias Grafstrom, secretario ejecutivo de la FIFA. Foto: REUTERS/Dylan MartinezPoco después renunció Carlos Cordeiro, expresidente de la Federación de Estados Unidos y uno de los principales asesores de Infantino durante la organización del Mundial. Su salida tuvo un fuerte valor simbólico: era uno de los dirigentes más cercanos al presidente y el nexo con la Casa Blanca durante la Copa del Mundo.
Las críticas se multiplicaron. El español Javier Tebas fue el primero en pedir públicamente la salida del presidente de la FIFA. “Infantino no debe continuar”, escribió el titular de LaLiga.. Todavía más duro fue el inglés Michael Payne, exdirector de marketing del Comité Olímpico Internacional, quien definió lo ocurrido como “la caída en desgracia más rápida de un dirigente deportivo”.
“Hace una semana estaba en la cresta de la ola y esperaba ser reelegido sin oposición. ¿Cómo terminó metido en este lío? Pura arrogancia“, afirmó a la agencia AFP.
Hasta hace pocos días parecía impensado que Infantino pudiera tener un rival en las elecciones de 2027. Hoy ese escenario dejó de ser una hipótesis lejana. El nombre que más fuerza ganó es el de Victor Montagliani, presidente de la Concacaf y vicepresidente de la FIFA. Canadiense, hijo de inmigrantes italianos, presidió Canadá Soccer y fue uno de los impulsores de la candidatura conjunta de los tres países de Norteamérica para el Mundial 2026.
Victor Montagliani saluda a Lionel Messi. Foto: REUTERS/Dylan MartinezDetrás de ese movimiento aparece la figura del esloveno Aleksander Ceferin. El presidente de la UEFA mantiene una disputa abierta con Infantino desde hace años por la ampliación del Mundial, el calendario internacional y el nuevo Mundial de Clubes. Ahora sumó un nuevo motivo de enfrentamiento.
Dentro del fútbol europeo incluso comenzó a mencionarse el nombre de Nasser Al Khelaifi, presidente del Paris Saint-Germain y una de las figuras más influyentes de la Asociación Europea de Clubes (ECA), como una posible carta de consenso si finalmente la UEFA decide impulsar una alternativa. Por ahora no pasa de una especulación, pero refleja hasta qué punto la sucesión dejó de ser un tema tabú.
Gianni Infantino y Aleksander Ceferin. Foto: APAun así, Infantino conserva una ventaja decisiva. La política de la FIFA no se define en Europa. Todos los votos valen uno. UEFA y Concacaf suman 96 y son insuficientes para controlar un Congreso integrado por 211 asociaciones. Cualquier candidato necesita construir una mayoría en África, Asia y América, regiones donde el presidente todavía mantiene una sólida red de apoyos. Qatar, Marruecos y Líbano ya salieron a respaldarlo públicamente. El silencio de la Conmebol puede entregar múltiples lecturas
Por eso el mayor daño que dejó esta crisis no fue el fracaso del FFE. Durante casi diez años, Infantino construyó una imagen de invulnerable. Ganó elecciones, amplió el Mundial, creó nuevas competiciones y concentró un poder inédito. Esa foto empezó a resquebrajarse.
