Se pareció a un cuento de Roberto Fontanarrosa, justo el más Canalla de todos los Canallas. Un texto de humor mezclado con lo absurdo. “El fútbol en tiempos de Wi-Fi”, se podría titular. O un poco más extenso: “La tarde en que hubo dos campeones al mismo tiempo en distintas canchas”. Pasarán los años y los jugadores y los hinchas de Rosario Central se acordarán de este infame -para ellos- 7 de noviembre en el que fueron campeones sin serlo durante 10 segundos. La secuencia recorrerá el mundo, por supuesto. No es para menos. Alguien, desde lo más alto de la tribuna del Gigante de Arroyito, gritó un gol fantasma del Halcón. O que habían anulado el del Xeneize. O tal vez puteó como nunca en su vida y algún otro pensó que estaba festejando. Después llegó el efecto dominó, que se trasladó hasta el campo de juego, con los futbolistas sin poder creer el empate agónico de Defensa y Justicia en la Bombonera que les daba el título. Nada de eso había pasado en Buenos Aires. Pero sí sucedió en Rosario: los hinchas invadieron el terreno de juego, revolearon las camisetas, lloraron cara a cara con los jugadores y gritaron “dale campeón”.
Es posible que varios celulares hayan dejado de existir en Rosario producto de la bronca. Central tenía el título en la mano: le había ganado con comodidad a Estudiantes de Río Cuarto y se había ido a esperar el final del partido de Boca, que no podía con Defensa y Justicia. Faltaba un minuto. El Gigante contenía el furor. Hasta que la cara de Ignacio Ovando, con un teléfono entre las manos, anunció el gol traicionero de Enner Valencia. Un golpazo a la ilusión cuando apenas quedaban segundos para la vuelta olímpica. A la secuencia le siguieron las lágrimas de Marco Ruben y Juan Cruz Komar, más el lamento de Ángel Di María desde lo alto de un palco. Boca campeón a lo Boca.
Hasta que ocurrió lo inesperado: la confusión. Un grito o un malentendido que se expandió en menos de un segundo. Gol fantasma de Defensa (o tal vez anulación del de Boca) y Central campeón. Explotó el Gigante y los jugadores comenzaron a correr como locos por toda la cancha. La definición más digital de la historia. Muchos futbolistas se treparon a los alambrados para celebrar con los hinchas. No solo se escuchó el “dale campeón”: hasta se animaron a decir que desde Rosario salía el bicampeón. Fueron al menos 10 segundos hasta que alguien avisó que no, que allá, en la Bombonera, todo había terminado 1-0 y que los de Rodolfo Arruabarrena ya estaban dando su vuelta olímpica.
El tiempo pasará y agrandará la historia. Los de Central, tal vez dentro de algunas décadas, puedan reírse de la confusión. Algunos empezarán a buscar al culpable en los próximos días. Es posible que un mentiroso hincha de Newell’s asegure haber estado en el Gigante y haber sido el autor de la broma más extraordinaria. Una cargada para toda la vida. Lástima que ya no esté el Negro: le hubiese podido poner palabras a esta risueña y decepcionante definición de la tabla anual, que en pocos días tendrá otro campeón del Clausura, que podrá ser Boca, Rosario Central, River o cualquiera de los que siguen en carrera. Tal vez también haya dos campeones distintos durante unos pocos segundos. Como ocurrió con Rosario Central, un equipo que también merecía dar la vuelta y que tendrá revancha más temprano que tarde.
Porque si algo le faltaba al fútbol argentino era un campeón que no fue campeón, un festejo que existió sin motivo y una vuelta olímpica que duró lo que tarda un celular en actualizar la pantalla.
