“Hace unos años, volviendo de España, una mujer se murió en el avión y lo primero que dijeron fue que tuvo un ataque de pánico”, recuerda Lucía Kazelian, directora del Área de Corazón y Mujer de la Sociedad Argentina de Cardiología (SAC) y la Fundación Cardiológica Argentina (FCA). El diagnóstico inicial estaba errado. Los síntomas, aunque podían confundirse, no eran los de un ataque de pánico: “Tuvo una muerte súbita, que probablemente haya sido por un infarto”.

Aunque es una hipótesis contrafáctica, si hubiera sido un varón, probablemente se hubiera pensado de inmediato en la posibilidad de un infarto.

No fue hace tanto. Ocurrió en 2023. Lo que da cuenta de la importancia de seguir concientizando a la población y capacitando a los profesionales de la salud en varios de los conceptos en los que Kazelian hará hincapié durante la charla con Clarín: que durante mucho tiempo se subestimó la enfermedad cardiovascular en la mujer, que no se presenta de la misma manera que en el hombre y que los controles cardiológicos son tan importantes como los ginecológicos.

Con el objetivo de poner esos temas sobre la mesa, Liliana Grinfeld creó hace 20 años un área específica dentro de la SAC, de la que Kazelian es miembro fundadora. “En ese entonces, parecía que el que se enfermaba del corazón era siempre el varón. La mujer pasaba de largo”, reconoció.

—Tenía que preocuparse únicamente por el cáncer de mama…

—Exacto. Y hace ya muchos años que en nuestro país y en el mundo occidental, la primera causa de muerte, tanto en los varones como en las mujeres, es la enfermedad cardiovascular, que incluye infarto, ACV (accidente cerebrovascular), insuficiencia cardíaca. Por eso, tenemos que trabajar sobre los factores de riesgo, explicarles a las mujeres cómo se tienen que controlar, cuáles son los síntomas y que, cuando se infartan, no tienen el mismo dolor que los hombres.

—¿En qué se diferencia?

—El hombre, cuando tiene un infarto, tiene un dolor opresivo, precordial (en la zona de la corbata), que se irradia al cuello o a la mandíbula, a los hombros y al brazo izquierdo. Ese es el típico dolor del infarto.

Pero las mujeres, si bien pueden presentar un dolor de estas características, en general tienen síntomas mucho más vagos: digestivos, como náuseas y vómitos; pueden desmayarse, sentir dolor en la espalda o tener falta de aire. O sea, cuando una mujer consulta por alguna situación extraña, que ella se nota rara, hay que hacer un electro. Siempre digo: es mejor un electro de más que dejar pasar un infarto.

—¿Y eso sigue ocurriendo? ¿Que una mujer llegue al hospital o a un centro de salud con síntomas y no le hagan un electro? ¿Que le digan que está estresada o que tiene un ataque de pánico, como a la mujer del avión?

—Eso es lo que ocurría. En general, los médicos no tenían presente que la mujer podía infartarse. Es como que se le quita importancia al hecho de que pueda tener una enfermedad coronaria. Pero cada vez hay más conciencia tanto en la comunidad médica como en la población femenina.

Cómo cambió el infarto de la mujer

Esa mayor conciencia se refleja con claridad en los datos de un estudio dirigido por Kazelian, que analizó cómo cambió el infarto en la mujer en las últimas dos décadas en el país.

El trabajo, publicado este año en la Revista Argentina de Cardiología, comparó registros nacionales de la SAC de 2005, 2015 y 2024, con datos de 2.620 pacientes.

¿Qué hallaron? Que aunque la proporción de mujeres que sufrieron un infarto se mantuvo relativamente estable durante el período estudiado, cambió la edad a la que se produce: bajó de 71,3 años en 2005 a 65,6 en 2024.

Este descenso significativo en la edad de presentación, según Kazelian y sus colegas, desafía el viejo paradigma de que el infarto femenino es un fenómeno estrictamente geriátrico o posmenopáusico, lo que “obliga a repensar las alertas en la mediana edad”.

Algunas de esas alertas quedaron bien evidenciadas en el trabajo: la creciente prevalencia de factores como el tabaquismo y la diabetes observada entre las mujeres infartadas. En contraposición, la hipertensión y los antecedentes de enfermedad coronaria previa registraron un descenso.

Uno de los datos positivos que destacan los autores es que las mujeres están llegando antes a la consulta. La demora desde el comienzo de los síntomas se redujo de una mediana de 320 minutos a 190 en estos 20 años.

“Antes tardaban mucho más que el varón en consultar (por barreras socioculturales, desconocimiento, minimización de los síntomas atípicos) y, en un infarto, la consulta es tiempo de oro. Cuanto antes se hace el tratamiento, mayor es la probabilidad de que no queden secuelas en el corazón, de recuperar el músculo, porque el músculo que se muere en el corazón no se recupera”, explicó Kazelian.

Aunque se trata de una mejora drástica en los tiempos, más de tres horas sigue siendo demasiado, por lo que es clave seguir trabajando en la concientización para que la consulta sea inmediata.

Los avances más contundentes aparecen en el tratamiento y la supervivencia. En 2005, menos de la mitad de las mujeres (44,4%) que llegaban con un infarto a un centro de salud recibía algún tratamiento para “destapar” la arteria afectada (a través de angioplastia o fármacos). En 2024, ya era el 95%.

En relación con eso, también desapareció la brecha de género en el acceso a la angioplastia primaria: hace dos décadas se realizaba al 24,2% de las mujeres frente al 35,4% de los hombres; hoy las proporciones son idénticas (se les practica a ocho de cada diez).

En paralelo, la mortalidad hospitalaria femenina cayó del 15,3% al 6,4% y, por primera vez en estos registros, quedó incluso por debajo de la de los varones, que fue del 7,4%.

¿Esto por qué pasó? “Primero porque ya está instalado que cada paciente que tiene un infarto, sea varón o mujer, tiene que recibir tratamiento. Antes, a la mujer se le daba menos tratamiento. Y a su vez, la mujer ya se sabe que puede tener un infarto. Entonces, cuando tiene los síntomas, consulta más rápido”, analizó Kazelian.

Buscar enfermedad subclínica

En la mujer, el riesgo cardiovascular se incrementa en la menopausia, cuando pierde la protección natural otorgada por los estrógenos.

En esa etapa suelen producirse cambios que pueden aumentar ese riesgo. “La mujer suele empezar a tener un aumento de peso y obesidad central”, señaló Kazelian. También pueden modificarse los niveles de colesterol: mujeres que hasta entonces tenían buenos valores pueden comenzar a presentar un perfil menos favorable.

Por eso, planteó, en la consulta de una mujer que atraviesa la menopausia no alcanza con controlar los factores de riesgo tradicionales. También es importante “buscar enfermedad subclínica”, es decir, detectar la enfermedad antes de que se produzca un infarto o un ACV, por ejemplo.

Una de las formas de hacerlo es mediante estudios no invasivos, como un doppler de arterias carótidas (en el cuello) o femorales (en las piernas). Si en el examen se encuentran placas, aunque no sean significativas, se indica tratamiento para bajar el colesterol, porque “se infiere que el resto de las arterias también deben tener placas”, precisó.

En paralelo, en los últimos años comenzó a revisarse también el lugar de la terapia hormonal. Durante mucho tiempo fue objeto de reparos por estudios que advertían sobre un aumento del riesgo de cáncer.

Las nuevas recomendaciones, indicó Kazelian, distinguen con mayor claridad entre las mujeres que tienen contraindicaciones absolutas (en caso de antecedentes de cáncer de mama, por ejemplo) y aquellas que, por presentar síntomas como sofocos, insomnio o alteraciones de la memoria, tienen indicación de recibirla. Entre ambos grupos, advirtió, todavía existe una zona gris sobre la que se sigue generando evidencia para personalizar mejor la prescripción.

El objetivo, en cualquier caso, es adelantarse a la aparición de la enfermedad cardiovascular. Y para lograrlo, los chequeos son un factor clave: “Así como van al ginecólogo una vez al año, tienen que ir al cardiólogo una vez al año”, concluyó Kazelian.

Empezar temprano

No obstante, para Kazelian y sus colegas, la prevención cardiovascular en la mujer ya no puede limitarse a la posmenopausia, ya que desde antes en la vida puede verse afectada por factores de riesgo tradicionales como el tabaquismo, la diabetes, la hipertensión y el colesterol; psicosociales, como el estrés y la depresión. También pueden incidir las complicaciones durante el embarazo o el parto y la menopausia precoz.

A raíz de eso, consideran que debe comenzar mucho antes, incluso desde la niñez y la adolescencia, a través de la incorporación y el mantenimiento de hábitos saludables.

Desde el Área de Corazón y Mujer de la SAC y la FCA sugieren no fumar (o dejar el cigarrillo); llevar una alimentación que privilegie el consumo de frutas, verduras y legumbres, y evite el consumo excesivo de carbohidratos y ultraprocesados; realizar ejercicio aeróbico y de fuerza; dormir de 7 a 8 horas y cuidar las emociones y las relaciones sociales. “Sabemos que a veces es difícil, empezá por lo que puedas”, alientan.

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