A fines del siglo XX, la agricultura argentina vivió una de sus mayores historias transformadoras. Un grupo de productores inquietos, que luego darían origen a Aapresid (Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa), se detuvo a mirar lo que en ese momento parecía normal y se atrevió a cuestionarlo. El diagnóstico de aquella época fue crudo pero contundente: el modelo agrícola imperante, basado en el uso intensivo del arado, estaba destruyendo nuestros suelos. La erosión avanzaba, la materia orgánica se desplomaba y el futuro de nuestra producción tambaleaba sobre surcos gastados.

Aquellos pioneros no se quedaron en el lamento. A partir de ese reconocimiento, se comprometieron a empujar un sistema de labranza disruptivo, desafiando los manuales tradicionales. Lo bautizaron “labranza conservacionista” y convirtieron a la siembra directa en su bandera. Cambiaron la forma de entender el campo, frenaron la degradación y nos pusieron a la vanguardia global de la conservación. No era un negocio ni una moda, era una misión. El objetivo era claro y urgente: había que conservar el recurso suelo.

Aquella epopeya nos trajo hasta acá y es motivo de legítimo orgullo. Sin embargo, el éxito del pasado no puede transformarse en la complacencia de nuestro presente. Hoy, las alarmas vuelven a encenderse en nuestros campos, pero el desafío es distinto. Nos encontramos ante una nueva encrucijada histórica donde debemos tener la misma valentía intelectual de aquellos fundadores para aceptar una verdad incómoda: hoy, conservar ya no es suficiente.

De allí emerge con fuerza el concepto de la agricultura regenerativa. Ya no se trata solo de hacer labranza cero, sino de recrear los procesos biológicos de la tierra que trabajamos. Significa pasar de la resistencia a la restauración. Regenerar es devolverle la vida al suelo, mejorar su estructura, incrementar activamente la materia orgánica, potenciar la biodiversidad microbiana y optimizar el ciclo del agua. Es entender que el suelo no es un soporte inerte donde inyectamos insumos, sino un ecosistema vivo que puede —y debe— estar mejor que ayer. Y, por supuesto, sin comprometer la productividad ni la rentabilidad en el camino.

Esta transición nos genera lógicas resistencias. Es cómodo refugiarse en los logros de la siembra directa y asumir que con eso ya cumplimos nuestra cuota de sustentabilidad. Pero la historia de nuestra actividad nos demuestra que la agricultura es evolución constante. Así como en los años 90 tuvimos que soltar el arado, hoy debemos soltar la ilusión de que el statu quo es sostenible.

Mi hipótesis es categórica: hasta tanto no aceptemos colectivamente en las tranqueras que conservar nos quedó chico y que nuestra meta actual debe ser mejorar y regenerar, el verdadero cambio no va a comenzar. Mientras sigamos pensando que lo que venimos haciendo alcanza, nos moveremos en los márgenes, aplicando recetas cosméticas o adoptando la sustentabilidad como un eslogan de marketing corporativo en lugar de como una métrica agronómica real de nuestros lotes.

La verdadera transformación no empieza en las máquinas ni en las semillas de última generación, ni siquiera en la IA; empieza en nuestra cabeza. El verdadero cambio nacerá el día que miremos nuestros lotes con la misma honestidad brutal con la que aquellos pioneros miraron sus campos arados a finales del siglo pasado. Nacerá cuando entendamos que la agricultura regenerativa no viene a competir con nuestra querida siembra directa, sino a completarla, a llevarla a su siguiente nivel evolutivo a través de los cultivos de servicios, rotaciones complejas, los corredores biológicos, una mirada innovadora en la biología del suelo y nuevas fronteras tecnológicas aún por descubrir.

La historia de la agricultura argentina está escrita por productores que supieron leer los tiempos y actuar en consecuencia. La tierra nos está hablando de nuevo. Ayer nuestro mandato fue conservar lo que estábamos perdiendo. Hoy, el compromiso con las próximas generaciones nos exige ir más allá. Es hora de aceptar el desafío, superar la vieja meta de la conservación y abrazar definitivamente la era de la regeneración.



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