Cuando Enner Valencia caminó hacia la tarima para recibir su medalla de campeón, desde las tribunas de La Bombonera bajó un rugido unánime: “¡Negro, negro!”. Es el sonido del reconocimiento absoluto, el bautismo definitivo para un jugador que llegó entre cuestionamientos y miradas de reojo y terminó tocado por una varita mágica. Enner apenas suma cinco goles desde su llegada a Boca, pero cuatro de ellos ya le garantizaron un lugar eterno en el panteón de las épicas xeneizes. Si aquel inolvidable hat-trick para remontar la serie ante Racing había sido su carta de presentación, el destino le tenía guardado el capítulo más glorioso: el tanto del título de liga contra Defensa y Justicia en el último minuto de partido.
Valencia demostró tener la cualidad más codiciada y escasa en el fútbol: la de aparecer cuando las papas queman, la de ser el héroe destinado a cambiar la historia. El reloj marcaba el quinto minuto de adición y el empate ahogaba el grito de campeón en Brandsen 805. Fue entonces cuando la profecía del goleador se cumplió. Rodolfo Arruabarrena lo había mandado a la cancha a los 30′ del complemento con una instrucción: “El Vasco me dijo que trate de estar cerca de Miguel (Merentiel). Sabía que una iba a quedar y, por suerte, ocurrió”, revelaría después, ya siendo rodeado de desconocidos que dentro del campo le agradecían por la inmensa alegría.
Y así fue: tras un centro desesperado y una floja salida del arquero Matías Borgogno, la pelota le quedó boyando en el área. Enner, en absoluta soledad, sacó una volea de primera que desató el estallido de 50 mil gargantas y le entregó a Boca el título número 75 de su historia.
Con la euforia a flor de piel y el campo de juego convertido en un carnaval, el atacante dimensionó su gesta. “Esto es maravilloso, queda para toda la vida. Es el gol más importante de mi carrera, sin lugar a dudas. Pero mirá la fiesta que es esto, lo pongo entre los primeros sin dudas”, confesó emocionado el delantero que pasó por la Premier League y vivió la pasión del fútbol turco, pero que a los 37 años le llegó el momento que guardará por siempre. Inmediatamente, le dedicó unas sentidas palabras a Juan Román Riquelme, el responsable de su llegada: “Estoy agradecido con él por haber confiado en mí y traerme al club más grande de América Latina. ¡Mirá lo que es esto! Lo vi ahí arriba cuando estaba por entrar, estaba sufriendo, pero ahora podemos festejar”.
Y ya con el desahogo consumado, el ecuatoriano confesó que le costó adaptarse rápidamente al “Mundo Boca”. “El primer objetivo se ha cumplido. Sabía que venía al mejor club de Sudamérica y que en la cancha iba a vivir cosas así, como hoy. Cuando comencé a vivir la interna me di cuenta de que tenía que prepararme más de lo que había pensado”, admitió, y redobló la apuesta: “Sabemos que la presión a veces no te da paciencia y trabajamos para darle alegrías a la gente. Este es el primer paso de muchas finales que podemos conseguir; hay que pensar en lo que viene”.
Su propio clímax emocional de la noche llegó con una dedicatoria íntima y familiar frente a las cámaras. “Le mando un saludo a mi hija que está cumpliendo diez años y a Dios. Se lo dediqué a ella, que Dios los siga bendiciendo. Estoy feliz, gracias por regalarle este cumpleaños a nuestra hija”, expresó conmovido, para luego tener un breve intercambio en vivo con ella, con una sonrisa de oreja a oreja.
Con este grito agónico y consagratorio, Valencia se convirtió en el segundo ecuatoriano en ser campeón con Boca —emulando al defensor Raúl Noriega en la Copa de Oro de 1993—, y firmó su pasaporte a la inmortalidad boquense en los libros de historia. Un héroe que, paradójicamente, parece forjado a medida para las grandes citas.
