“Un niño no solo necesita alimento, cuidados y límites, también necesita presencia emocional“, dice la psicóloga y especialista en crianza Deborah Bellota. Habla de una dinámica familiar que, en el intento de cumplir con todas las obligaciones, aparecen los “ahí voy”, “después vemos” o “ahora no”, y la atención a los más chicos queda postergada.
En diálogo con Clarín, la experta asegura que cuando somos pequeños necesitamos sentir que nuestra palabra importa y tiene lugar. Por eso, “el problema no está en decir ‘esperá’, sino en que esa respuesta se vuelva el modo habitual del vínculo“.
Si un chico crece escuchando respuestas que patean el encuentro para más adelante puede empezar a sentir que sus necesidades emocionales molestan o quedan siempre en segundo plano.
Claro, no toda espera hace mal. Bellota remarca que poner límites también es una parte fundamental de la crianza. Pero ¿cuál es la diferencia entre enseñar a esperar y postergar siempre el encuentro?
Para la psicóloga, un límite sano contiene y da estructura, mientras que la postergación constante puede generar sensación de desconexión emocional. “Los chicos toleran perfectamente que sus padres trabajen, tengan tiempos propios o no puedan responder inmediatamente. Lo que les pesa es sentir que emocionalmente sus padres nunca terminan de estar disponibles“.
Los niños pueden reaccionar de distintas maneras cuando se ven desplazados, ya que no suelen tener herramientas para transmitir que se sienten poco escuchados.
Según la especialista, una de las señales más frecuentes es el aumento de la demanda: “Interrumpen constantemente, reclaman atención de forma permanente, gritan o se muestran irritables”. Pero también existe la otra cara: dejan de reclamar, se aíslan o parecen demasiado independientes para su edad. “Aparece el ‘¿para qué pedir?'”.
Otras señales que pueden aparecer cuando existe una sensación de desconexión son: dificultades para regular las emociones, problemas de conducta, trastornos del sueño, conflictos en la socialización o una necesidad excesiva de pantallas.
“Muchas veces el síntoma infantil es un intento de recuperar presencia emocional dentro de una dinámica familiar donde todos están muy ocupados, acelerados o hiperconectados“, explica.
Y agrega: “Paradójicamente, la culpa de no llegar con todo a veces genera más desconexión. Porque el adulto queda tan agotado mentalmente intentando compensar, organizar o resolver, que pierde disponibilidad emocional real en lo cotidiano”.
En ese contexto, también pueden surgir intentos de compensar la falta de tiempo con regalos, permisos o pantallas. Pero Bellota es clara: “La diferencia no la hace el tiempo de conexión, sino su calidad. Un niño puede sentirse profundamente acompañado en apenas unos minutos de verdadera disponibilidad emocional“.
“No se trata de convertirse en padres perfectos ni de estar disponibles las 24 horas porque esa instancia tampoco es sana. Se trata de construir pequeños momentos de conexión real“, afirma la experta.
Por eso, recomienda una serie de gestos y acciones para fortalecer el vínculo con los hijos:
