La influencia del cristianismo -y no estamos hablando de CR7, claro- en la historia universal se entiende de una manera muy sencilla. En buena parte del mundo occidental, el tiempo se divide entre lo que ocurrió antes y después del nacimiento de Cristo. En el fútbol, perdón por la blasfemia, sucederá algo parecido. Aunque a muchos les cueste admitirlo, la historia también se dividirá entre un antes y un después del paso de Lionel Messi por las canchas.
Será AM (Antes de Messi) y DM (Después de Messi). Al menos hasta que aparezca otro fenómeno capaz de superar todo lo que hizo. Hoy parece difícil imaginarlo.
Messi llegó a la final contra España tras el épico triunfo sobre Inglaterra y como el dueño de casi todos los grandes récords individuales de la historia de los Mundiales. Es el futbolista con más partidos disputados, más minutos jugados, más triunfos, más goles y más asistencias. En la edición XXL de 2026 elevó su registro a 21 tantos y 12 asistencias, además de ampliar su ventaja como máximo goleador argentino en la competencia. También participa por sexta vez en una Copa del Mundo y jugará su tercera final, después de las de Brasil 2014 y Qatar 2022.
Su vigencia también aparece en otras marcas que explican su extraordinaria carrera. Pasaron más de 20 años entre su primer gol mundialista, contra Serbia y Montenegro en 2006, y el último, frente a Egipto en 2026. Además, es el futbolista más veterano en marcar un hat-trick, el que más goles convirtió desde afuera del área y el primero que anotó en todas las instancias del torneo: fase de grupos, los novedosos 16avos, octavos, cuartos y semifinales.
El domingo, en su partido número 34, tendrá la posibilidad de sumar otro récord inmenso: conquistar por segunda vez consecutiva la Copa del Mundo. Pero incluso si no lo consigue, la discusión ya parece resuelta. Los títulos pueden ampliar su leyenda. Difícilmente modifiquen el lugar que ya ocupa en la historia.
Durante casi dos décadas, el periodismo vivió atrapado en una discusión que parecía interminable. Messi o Cristiano. Cristiano o Messi. Los dos rompieron récords y empujaron los límites, pero los números también ayudan a entender por qué la balanza terminó inclinándose hacia un lado.
Cristiano conserva una ventaja en el total de goles -e inevitablemente llegará a los mil en sus cuartel de invierno árabe-, aunque necesitó 167 partidos más para llegar hasta allí. Messi convirtió 919 con un promedio superior (0,79 por encuentro contra 0,73). Pero la diferencia más profunda no aparece cuando el análisis observa quién hizo más goles, sino quién hizo jugar mejor a sus equipos.
El argentino suma 418 asistencias, 153 más que el portugués, participa en un gol cada 72 minutos (Cristiano lo hace cada 88) y domina también los grandes escenarios: ganó ocho Balones de Oro contra cinco, levantó más títulos y fue mucho más decisivo en las finales. Mientras Cristiano fue uno de los grandes goleadores de la historia, Messi consiguió algo todavía más excepcional: ser, al mismo tiempo, el mejor goleador, el mejor asistidor y el futbolista más determinante de su generación. En definitiva, cambió todas las normas IRAM con los que se mide la grandeza de un futbolista.
Sin embargo, durante muchos años hubo un argumento que intentó relativizar esa superioridad. Se decía que Messi era el mejor. Por lejos. Pero también que lo era desde lejos. Que el futbolista que dominaba Europa no lograba trasladar esa influencia a la Selección Argentina.
Todo cambió con la Scaloneta. O, mejor dicho, todo cambió cuando a los números se les agregaron los títulos. Porque los partidos (206), los goles (125), las asistencias (65) y las contribuciones ofensivas (0,92 por partido) ya estaban ahí. Lo único que faltaba era aquello que muchos utilizaban para discutir su lugar en la historia. Primero llegó la Copa América 2021, después la Finalissima 2022, más tarde la Copa del Mundo en Qatar 2022 y luego otra Copa América 2024. Sin contar, claro, que disputará tres de las últimas cuatro finales de los Mundiales. Como si fuera sencillo. Como si estuviera al alcance de cualquiera.
Las deudas siempre fueron invisibles porque su influencia sobre el juego llevaba años siendo imposible de negar. Lo único que cambió fue el relato alrededor de esa evidencia. Con la Scaloneta desapareció el último argumento que todavía permitía discutir lo indiscutible. No hace falta que Leo gane la final del domingo contra España para que eso cambie -no hace falta tampoco que la Scaloneta corone otra vez para ser un equipo de época-. Apenas puede hacer todavía más difícil el desafío para quien venga detrás.
Porque ya no se trata solamente de goles, de asistencias o de títulos. Con todo el respeto que merecen Di Stéfano, Pelé, Cruyff y Maradona -como enumera Jorge Valdano, que de esto sabe bastante-, hace tiempo que el fútbol empezó a contar su propia historia de otra manera. Será AM y DM. Antes de Messi y después de Messi.
