Faltan dos horas para que la Selección Argentina salga a la cancha a jugar su pase a cuartos de final con Egipto. Estoy en un colegio de Flores. Toda la actividad del día se ha reorientado en función del partido. Los padres de los nenes de salita de tres le piden a la Dirección que ponga una tele en el aula para que sus hijos puedan ver a Messi. Yo, que fui a hablar con los alumnos de séptimo grado sobre Edgar Allan Poe, termino respondiendo preguntas sobre Salah y qué rival nos conviene más para la siguiente fase. El remisero que me lleva de regreso celebra las calles desiertas: “Ojalá estuviera así todos los días”.
Pero él no aprovechará el fruto jugoso del tránsito fácil en una ciudad siempre endemoniada: me dice que me deja a mí y sale volando a su casa a ver el partido con sus hijos. Ni los padres de los nenes de salita de tres, ni los alumnos de séptimo, ni el remisero se preparan para ser simples espectadores de un show. Se percibe en ellos otra cosa: el nervio de lo perentorio, una ansiedad en la que se reconoce el filo de la angustia. Hay algo de respiración contenida, de país en pausa. Una causa mayor que redibuja el mapa emocional del argentino a partir de lo que ocurra, en un rato, en un estadio de Estados Unidos.
En el libro Gracias por el juego reeditado por el sello Hugo Benjamín, Juan Sasturain escribe: “Las hinchadas criollas –algunas en estado patético, deformante– han desarrollado con el tiempo y las curtidas experiencias un alto grado de autoconciencia: ya no se consideran en la teoría ni en la práctica simples asistentes a un espectáculo sino parte fundamental de él”.
Si en el grado máximo de esta definición tenemos a las barras bravas (grupos organizados que a partir de la administración de la fuerza bruta encontraron su lugar en los negocios del fútbol y la política), en grados inferiores, es hora de aceptarlo, nos vamos ubicando los futboleros de a pie, los que en cada Mundial organizamos nuestra vida en función del calendario de partidos y nuestro ánimo, en función del resultado; los que nos reconocemos en las publicidades sensibleras que muestran hinchas cabuleros, ingeniosos en el festejo y con la emoción a flor de piel, una macchietta exagerada y fastidiosa, que apunta a vender cerveza o televisores, pero que no surge en el vacío. A la cancha sale Messi, pero de alguna u otra manera sentimos (desde la desmesura, desde la sinrazón) que el partido también lo podemos jugar nosotros.
Han pasado veintiséis días del inicio de la Copa y no se puede creer lo mal que envejeció aquella olita anti mundialista que se anclaba en cuestiones de la coyuntura política: Trump, los jugadores “desclasados”, la nostalgia por un Maradona al que se lo evoca según las necesidades de cada uno. La Selección acaba de ganar 3-2 in extremis y las calles porteñas van recuperando de a poco el pulso: chicos que agitan banderas en los balcones, autos a plena bocina, una señora mayor que se hace una selfie en una esquina de Caballito vistiendo una camiseta argentina de otro tiempo. Me pregunto a quién estará destinada esa foto. Si será una manera de decirle a un ser querido que ella también jugó, que ella también puso su parte en la alegría colectiva.
