A casi ocho meses de exhibirse en público en el cielo de Buenos Aires, los aviones caza F-16 de la Fuerza Aérea se consolidan en el adiestramiento de los pilotos argentinos, en forma más silenciosa, en su base temporal en Río Cuarto, en Córdoba.

Los primeros 6 de los 24 aviones adquiridos a Dinamarca con rol clave de los Estados Unidos en abril de 2024 –los mismos que atronaron el cielo porteño el 6 de diciembre pasado, a su arribo a la Argentina- anidan en un inmenso hangar del Area Material Río Cuarto, donde son cuidados como joyas preciadas. Y salen a diario para las misiones de instrucción. El Programa F-16 tuvo un momento clave el 3 de julio último con el primer Vuelo Solo (cuando el piloto opera la aeronave sin presencia del instructor de vuelo), acontecimiento que encabezaron el ministro de Defensa, teniente general Carlos Presti, y el jefe de la Fuerza Aérea, brigadier general Gustavo Valverde.

En setiembre, llegará la segunda tanda de F-16, otros cuatro monoplaza y dos biplaza que saldrán en vuelo desde Dinamarca y como sus predecesores, cruzarán el Atlántico y harán varias escalas.

Clarín llegó hasta el Area Material Río Cuarto, junto a otros medios, en una jornada especial en que la Fuerza Aérea presentó las capacidades logísticas y operativas del Programa F-16.

Toda la visita se desarrolló dentro de estrictas medidas de seguridad y protocolos específicos, que también cumplen técnicos, pilotos, instructores y autoridades que trabajan dentro de las instalaciones destinadas a los F-16. Hubo que firmar un acuerdo de confidencialidad. Para ingresar al hangar, área considerada “crítica”, debieron quedar depositados afuera tanto celulares, como notebooks y equipos electrónicos. Los relojes inteligentes tampoco son admitidos. Si bien en el exterior pudieron registrarse imágenes de los aviones libremente, dentro del hangar se deben preservar todas las medidas de seguridad existentes. Hay más de 60 cámaras de vigilancia, a cada sector particular se ingresa con huella y los invitados deben portar una tarjeta de visita para identificar y al mismo tiempo, “trackear” (seguir) los movimientos en el lugar.

La visita empezó afuera, en la pista, donde los F-16 esperaban en fila, como celebrities en la alfombra roja. Las condiciones metereológicas casi juegan una mala pasada, pero al fin el cielo se abrió y uno de los biplaza pudo despegar para atronar la tarde de la localidad de Las Higueras, a 10 kilómetros de Río Cuarto. Los visitantes fuimos llevados en vehículos unos dos kilómetros hasta una plataforma montada como punto de observación a prudente distancia de la pista. El F-16 hizo su adiestramiento con patrones de circuito, aproximaciones, touch and go, y subidas en vertical superando los 1.000 kilómetros por hora, exhibiendo toda su potencia y destrezas.

El recorrido fue acompañado por el jefe de la Guarnición Aérea Córdoba, brigadier Gabriel Cendón. Y los “guías” fueron el jefe del Programa F-16, comodoro Juan Manuel Sosa, y el jefe de Implementación, comodoro Cristian Giaccaglia.

Dentro del muy moderno, reconstruido hangar, donde una pared exhibía una bandera argentina gigante, es donde empieza a hacerse más palpable la idea de un “salto doctrinal y tecnológico” -como señala la Fuerza Aérea- hacia operaciones aéreas centradas en redes, con nuevas doctrinas de empleo táctico, y modernos sistemas de comando y control. “Se adquiere una organización similar a la OTAN en las actividades de vuelo”, según se explicó.

Así, el trayecto pasó por la oficina centro de operaciones –la más sensible de todas- y otras áreas “críticas” como la sala donde los pilotos analizan sus misiones –apoyados en datos e imágenes grabadas desde los propios aviones-, y la sala de equipos personales donde guardan sus trajes antigravedad (anti-G) y cascos ultra tecnológicos, conectados a la computadora del avión.

Subiendo una escalera metálica se llegó luego al simulador, capaz de conectarse con los aviones en vuelo como un avión más (hay otros cuatro cabinas de simuladores en Tandil, donde estará la base definitiva de los F-16 cuando se termine de adaptar la infraestructura). A unos metros del simulador asoma la oficina de Top Aces, donde se vio trabajando a dos hombres de uniforme, pero sin escudos ni insignias. Top Aces es la empresa privada que con contrato de 33,2 millones de dólares se ocupa de la formación de los pilotos argentinos. Sus instructores son norteamericanos, ex integrantes de la fuerza área de ese país (USAF), con un promedio de 2.300 horas de vuelo en los F-16.

Saliendo del hangar, el recorrido cerró en la sala de guerra electrónica, donde se trabaja en los contenedores (pod) que se montan en los aviones para buscar blancos, guiar armas con láser y hacer reconocimiento, y luego la sala de tanques de combustibles.

Por carril paralelo, con Estados Unidos se firmó el contrato para la provisión de armamento de los F-16: misiles aire-aire, bombas, bombas guiadas. “Vamos a tener un paquete de armamento impresionante”, se escuchó durante la recorrida.

Hay conciencia de que todo se hace en un país de recursos escasos, donde el programa F-16 ha sido privilegiado. “Sacamos jugo a la nuez, para tener la mayor eficiencia”, expresaron los uniformados. La compra a Dinamarca incluía 200 contenedores con repuestos y equipos. El “sistema de armas” es mucho más de lo que se ve volando. En unas pocas semanas, esperan el arribo de otros 60 contenedores.



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