A fines del siglo XIX, en el corazón de la Amazonía brasileña ocurrió algo que parece inverosímil. Mientras la mayor selva tropical del planeta seguía siendo un territorio remoto para buena parte del mundo, dos ciudades soñaban con convertirse en una suerte de París tropical.

Belém y Manaos no querían ser recordadas solo por el caucho. Sus dirigentes imaginaron avenidas elegantes, tranvías eléctricos, plazas monumentales y teatros donde se representaran las mismas óperas que triunfaban en Milán o París. Durante algunos años, aquel sueño pareció haberse hecho realidad.

Más de un siglo después, la Unesco decidió incorporarlo al Patrimonio Mundial. El organismo incluyó al Theatro da Paz, inaugurado en Belém en 1878, y al Teatro Amazonas, abierto en Manaos en 1896, junto con las plazas que los rodean, al considerar que representan un testimonio excepcional de la llamada Belle Époque amazónica.

La historia de ambos edificios comienza con un producto que transformó la economía mundial: el caucho. Era el oro blanco.

La revolución industrial disparó la demanda de látex para neumáticos, cables y otros productos manufacturados. Como el árbol del caucho crecía de manera natural en la Amazonía (también en lugares de Perú, como Iquitos, retratada en la película Fitzcarraldo), Brasil pasó a dominar casi toda la producción mundial. El dinero empezó a recorrer los grandes ríos amazónicos, incluso con una ciudad salida de la imaginación y ambición de Henry Ford, Fordlandia.

Belém, ubicada cerca de la desembocadura del Amazonas, se convirtió en el principal puerto de exportación. Manaos, más de 1.500 kilómetros río arriba, pasó de ser un remoto asentamiento a transformarse en el gran centro comercial de la región.

En pocos años ambas ciudades instalaron alumbrado eléctrico, agua corriente, tranvías y edificios públicos cuando buena parte de América Latina todavía carecía de esos servicios.

La prosperidad alimentó una competencia silenciosa entre dos ciudades.

Belém fue la primera en levantar un gran teatro de ópera. El Theatro da Paz, inaugurado en 1878, buscaba demostrar que la ciudad podía ofrecer el mismo refinamiento cultural que las ciudades europeas. Su fachada estaba inspirada en el teatro de Bordeaux, en Francia, y el diseño interior en herradura copiaba el del Teatro de La Scala de Milán.

La arquitectura neoclásica, los mármoles importados y las lámparas de cristal acompañaban una programación que atraía compañías italianas y francesas. Las funciones -la primera de ellas con el Himno nacional, la marfccha Gram-Pará yla obra Los dos huérfanos, de D’Ennery- se convirtieron en el principal acontecimiento social de la élite enriquecida por el caucho.

Manaos, en el interior de la Amazonía, decidió responder con una obra todavía más ambiciosa.

Doce años de trabajo demandó la construcción del Teatro Amazonas, que abrió sus puertas el 31 de diciembre de 1896. Casi todos sus materiales llegaron desde Europa: mármol italiano, hierro inglés, cristales de Murano y mobiliario francés.

Su enorme cúpula, revestida con unas 36.000 piezas de cerámica que reproducen los colores de la bandera brasileña, terminó convirtiéndose en el símbolo de una ciudad que pretendía dejar de ser un enclave selvático para presentarse como un centro cultural de talla internacional.

Vista aérea del "Teatro Amazonas" en Manaos. Foto Reuters

Hasta hoy llegaron el telón pintado a mano por el artista Crispim do Amaral en París y los bloques exteriores cubiertos de caucho para evitar los ruidos molestos de las carrozas.

Tras la interpretación de la ópera italiana La Gioconda, de Amilcare Ponchielli, los palcos se llenaban de empresarios, comerciantes y funcionarios, miles de trabajadores recorrían la selva para extraer el látex árbol por árbol. Aquella riqueza extraordinaria convivía con durísimas condiciones de trabajo y con la explotación de numerosas comunidades indígenas, una de las caras menos visibles del auge cauchero.

El famoso Teatro Amazonas, ahora incorporado a la lista de la Unesco.

Pero el sueño duró poco: cuando ambos teatros abrieron sus puertas, ya había sido echada la semilla de su perdición.

El británico que se llevó el secreto de la riqueza de la Amazonía

A comienzos del siglo XX, las plantaciones desarrolladas por los británicos en Malasia y otras colonias asiáticas comenzaron a producir caucho de manera mucho más eficiente que la Amazonía.

El culpable fue un explorador británico, Henry Wickham, que ya había probado suerte en Nicaragua y Venezuela. Tras pasar varios años en Brasil, aquejado por la malaria, regresó a Inglaterra en 1876 a bordo de un barco a vapor. Iba con su familia y con un cargamento adicional de 500 kilos. Era media tonelada de semillas de Hevea brasiliensis, el árbol del que se extraía el caucho.

Después de casi 30 años de intentos frustrados, finalmente la semilla prendió en los Jardines de Kew en Londres (hoy también en la lista de la Unesco). De ahí, a jardines coloniales británicos. Ya no hubo piedad. Brasil perdió el monopolio, los precios internacionales se desplomaron y la economía de Belém y Manaos entró en una larga decadencia.

Los Jardines de Kew, en Londres, fueron el escenario de ensayo para las semillas del árbol del caucho. Foto AP, archivo

Los teatros también sintieron el golpe. Las grandes temporadas de ópera desaparecieron, mantener edificios tan costosos se volvió cada vez más difícil y durante buena parte del siglo XX sobrevivieron gracias a funciones esporádicas y restauraciones parciales que evitaban su deterioro, pero no lograban devolverles el brillo de otros tiempos.

La recuperación llegó lentamente. A partir de la segunda mitad del siglo XX, Brasil impulsó la restauración de ambos edificios y les devolvió un papel central en la vida cultural del norte del país.

En Manaos, la creación del Festival Amazonas de Ópera, en 1997, terminó de consolidar ese renacimiento al atraer nuevamente a artistas internacionales.

En 2011 le creció una versión actual con un costo de más de 600 millones de reales: el Arena da Amazonia que Brasil inauguró meses antes del Mundial 2014, que albergó cuatro partidos de ese torneo y que en junio pasado no pudo recibir partidos de categorías menores por el mal estado de su campo de juego.

El Theatro da Paz siguió un camino similar y hoy mantiene una intensa programación de conciertos, danza y espectáculos líricos.

Cuando la Unesco incorporó esta semana ambos teatros a la lista del Patrimonio Mundial, reconoció mucho más que dos joyas arquitectónicas. También rescató la memoria de una época en la que Belém y Manaos imaginaron un destino improbable: convertir a la Amazonía en una París tropical.



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