Con esa frase, el célebre físico británico Stephen Hawking abre uno de los libros más ambiciosos de la divulgación científica contemporánea. La cita no es un adorno retórico: es el punto de partida de una pregunta que atraviesa toda la obra.

El libro se llama El Gran Diseño y lo escribió junto al físico y divulgador Leonard Mlodinow. Su objetivo, según declaran los propios autores, es proporcionar respuestas a las preguntas más profundas sobre la existencia, la realidad y el origen del universo.

“Los humanos somos una especie marcada por la curiosidad. Nos preguntamos, buscamos respuestas”, escribieron Hawking y Mlodinow en las primeras páginas. El libro promete abordar interrogantes como: ¿cómo se comporta el universo?, ¿cuál es la naturaleza de la realidad?, ¿necesitó el universo un Creador?

Una de las afirmaciones más provocadoras del libro aparece casi al inicio. “La filosofía ha muerto”, sostuvieron los autores. Su argumento: la filosofía no se mantuvo al corriente de los desarrollos modernos de la ciencia, en particular de la física.

Para Hawking y Mlodinow, son los científicos quienes hoy llevan “la antorcha del descubrimiento” en la búsqueda del conocimiento. No es una postura menor viniendo de uno de los físicos teóricos más influyentes del siglo XX.

El libro propone una imagen del universo “muy diferente de la tradicional, e incluso de la que nos habíamos formado hace tan sólo una o dos décadas”, según sus propias palabras. Los primeros bosquejos de esos conceptos, aclaran, se remontan a casi un siglo atrás.

Hawking y Mlodinow recorren la historia de la física para explicar por qué la visión clásica del mundo resultó insuficiente. Hasta la década de 1920, la concepción tradicional suponía que los objetos se mueven por caminos bien definidos y tienen posiciones precisas en cada instante.

Esa imagen “clásica” no pudo describir el comportamiento observado a escalas atómica y subatómica. Fue necesario adoptar un marco distinto: la física cuántica.

Para explicar las teorías cuánticas, los autores recurren al físico Richard Feynman (1918-1988), a quien describen como “todo un personaje” que trabajó en el Instituto Tecnológico de California y tocaba los bongos en una sala de fiestas de carretera. Según la formulación de Feynman, un sistema no tiene una sola historia, sino todas las historias posibles.

El concepto más audaz del libro es la llamada teoría M, presentada como la única candidata conocida a “teoría última de todo”. No se trata de una teoría única en el sentido habitual, sino de una familia de teorías distintas, cada una válida en un dominio específico de situaciones físicas.

Los autores la comparan con un mapamundi: así como ningún mapa plano puede representar fielmente toda la superficie terrestre, ninguna teoría única puede describir todas las observaciones físicas posibles.

Según las predicciones de la teoría M, nuestro universo no es el único. “Muchísimos otros universos fueron creados de la nada”, escribieron Hawking y Mlodinow. Y añadieron que esa creación “no requiere la intervención de ningún Dios o Ser Sobrenatural, sino que dicha multitud de universos surge naturalmente de la ley física”.

La mayoría de esos universos sería incompatible con cualquier forma de vida. Solo unos pocos permitirían la existencia de criaturas como nosotros. “Aunque somos pequeños e insignificantes a escala cósmica”, concluyen los autores, eso “nos hace en un cierto sentido señores de la creación”.

El primer capítulo cierra su planteo inicial con tres preguntas que Hawking y Mlodinow definen como “la cuestión última de la vida, el universo y el Todo”: ¿por qué hay algo en lugar de no haber nada?, ¿por qué existimos?, ¿por qué este conjunto particular de leyes y no otro? La respuesta, prometen los autores, no será simplemente “42”, en referencia a la célebre novela Guía del autoestopista galáctico.

Nota generada con inteligencia artificial bajo supervisión y edición humana.



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