Mario Roberto Santucho nació bajo una ambigua señal de riesgo. La bendición de Dios y la malévola sombra del Diablo lo esperaban en los cruces de la vida. Vino al mundo el 12 de agosto de 1936 como séptimo hijo varón de su padre, Francisco.Su llegada abonaría en el hogar familiar la incertidumbre de una antigua leyenda autóctona, según la cual ese fatídico numeral filial lo podría convertir en un “lobizón”, algo así como un hombre lobo que, si no se lo conjuraba a tiempo, en las noches de luna llena se transformaría en esa bestia que desgarraba a dentelladas vidas inocentes, desde las humanas hasta los ganados de las comarcas vecinas.

A la vuelta de la vida, y del farragoso devenir de la política, Santucho moriría como un Lucifer cercado por patrullas infernales, armas en mano, en todo caso tan ilegales y al margen de la ley como aquel séptimo hijo varón que entonces estaba a punto de cumplir 40 años y era el rotundo jefe político del PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores) y el “Comandante Carlos” del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo), brazo armado de esa banda marxista clandestina, de inspiración trotskista y guevarista, subida a la ola de las vanguardias revolucionarias que en su catecismo ideológico asumían una cruzada “revolucionaria de liberación”, a través de crímenes, secuestros y actos de terrorismo, más afines a los lobizones de la mitología popular antes que a las genuinas luchas populares que aseguraban representar.

Aquel destino incierto que lo trajo a la vida se cumpliría. Fatalmente. De la casa familiar de Tucumán 134, en el centro de Santiago del Estero, donde nació, a la tumba política del departamento del cuarto piso de la calle Venezuela 3219, en Villa Martelli, corazón de una barriada tranquila y discreta, en el noroeste del conurbano bonaerense, desde donde se tenía una visión del estratégico cruce de la Avenida Panamericana con la General Paz: un aguantadero en el que caería abatido por las balas de la dictadura. Quizá traicionado por demonios arrepentidos de su propia tropa, o por otras circunstancias sobre las que hoy, a cincuenta años de su muerte, ocurrida la tarde del 19 de julio de 1976, aún se duda: no hay consenso definitivo sobre si su cacería fue o no una entrega. La traición de un Judas de las cercanías.

Podría decirse que Santucho fue parte de una “familia ensamblada” de aquellas décadas iniciales del siglo XX. Cuando él nació, ya lo esperaban cuatro hermanos, hijos de Francisco Santucho y de Elmina Juárez, quien había enfermado y muerto más de un año antes de su llegada a la vida. Papá Francisco se había casado con Manuela del Carmen Juárez, hermana menor de Elmina, quien la acompañó y cuidó ante el quebranto de la salud. Santucho, el tercero y último de los hijos que Manuela tendría con el jefe del clan. “Robi”, como lo llamaba, sería el maldecido séptimo hijo varón y, según se supo la curandera del pueblo predijo el destino de aquel hijo: “Ay, ay, niña, será como un rey, algo grande, que llegará lejos, pero no llegará, y todos sufrirán porque el barro y la sangre, amasados en el azar de Dios partirán su cabeza negrita”.

En “Todo o Nada/La historia secreta y la historia pública del jefe guerrillero Mario Roberto Santucho”, una de las más consultadas biografías de este personaje, la escritora y periodista María Seoane diría que el jefe de la tropa terrorista de base marxista más grande de América latina sería bautizado dos veces para conjurar el hechizo del séptimo hijo varón. Cuando nació y luego, días después, en la Catedral de Santiago, a modo de exorcismo institucional, cuando lo darían en padrinazgo al presidente general Agustín P. Justo, presidente de la Nación entre 1932 y 1938, en un proceder habitual entonces, un ritual costumbrista con la intención de “dar protección” a las familias ante la espeluznante profecía.

Justo gobernaría al frente de la Concordancia, alianza política entre demócratas, radicales acuerdistas y socialistas independientes, a la cual había adherido Francisco, el padre de Santucho, en un quiebre de lealtades con el yrigoyenismo fundacional de su credo político. Algo nada infrecuente entonces: aquello sería una mudanza política acorde a la llamada “Década Infame” de aquel tiempo, el del fraude electoral y los grandes negociados, fértil siembra de la corrupción estatal a gran escala.

Cuando Santucho fue sorprendido en el refugio de Villa Martelli junto a sus cómplices, que estaban en ese piso y en otro departamento del mismo edificio, hacía apenas cuatro meses que se había consumado el golpe de Estado del 24 de marzo. Para entonces, la dictadura ya empezaba a sembrar devastación, muerte y desaliento en las organizaciones armadas de izquierda y peronistas. La cacería de cuadros armados alcanzaba una dimensión inusual. Tanto que, por separado, las cúpulas del ERP y la de Montoneras habían llegado a la misma conclusión: sus miembros considerados más vitales para la supervivencia militar y política de las organizaciones debían abandonar el país para preservar sus vidas y reelaborar alguna estrategia que pudiera reponerse de la sangría que no habían previsto.

Ya en los días de agonía de la gestión de la viuda de Perón y presidenta constitucional de la República, fines de 1975 y verano de 1976, tanto Mario Eduardo Firmenich, el jefe montonero, como el propio Santucho, principal cabeza del ERP, habían enarbolado aquella estrategia de “cuanto peor, mejor”, metáfora que representaba la idea de que, a mayor deterioro del cuadro social y político, más necesario y eficaz sería el accionar de la guerrilla. Gravísimo yerro estratégico. ERP y Montoneros habían organizado un plan de acción bajo un supuesto inexistente. Que el pueblo se rebelaría en actitud solidaria con las bandas armadas que pelearían de igual a igual contra la dictadura y se generaría una insurrección colectiva: una empatía que jamás pudo conciliarse con la fatiga de una sociedad saturada de la violencia política de uno y otro lado. Aquello no sólo fue un error político de magnitud, también resultaría una ingenuidad que se pagaría cara y llevaría a bordear el suicidio operativo de la guerrilla y la vida de sus cuadros más notorios. A tal punto que llevaría a la muerte a buena parte de una generación adscripta al ejercicio violento de la política. Todo parecía reducido a un sueño de café de izquierdistas trasnochados que se estrellaría contra una realidad cruenta y feroz: el golpe de Videla y compañía contaría con cierto consenso social y la sociedad tardaría en percibir que la súbita paz y engañoso orden callejero se sostenían por una represión inclemente y de eficacia demoledora.

Roberto Santucho junto a Fernando Vaca Narvaja.

En aquella batalla de Villa Martelli, junto a Santucho serían abatidos Benito Urteaga, (a) Mariano, miembro del buró político, quien ante la diáspora de muertes y fugas quedaría como virtual número dos de la cuadrilla marxista en descomposición. Esa tarde de pólvora y plomo los combatientes que poblaban ambos pisos, armados hasta los dientes, serían ametrallados por los pelotones militares. Antes, todo indica que Urteaga había alcanzado a disparar contra el capitán Leonetti, el jefe del operativo y única baja militar: moriría en medio del infierno de balas de unos y otros, y gritos desesperados de “viva el ERP o hijos de puta, zurdos de mierda” y demás improperios acordes a la adrenalina de la muerte que sobrevolaba la escena.

Esa jornada de hace medio siglo en un confín del conurbano bonaerense, determinaría la virtual capitulación de ese grupo subversivo, con sus cuadros caídos en lucha, asesinados o torturados. Ya sin voluntad de combatir. La debacle había comenzado antes, el 23 de diciembre de 1975, con el fallido copamiento del arsenal “Domingo Viejo Bueno”, en los arrabales de Lanús, que daría comienzo al exterminio en masa de los combatientes y militantes del PRT-ERP. En el libro “Monte Chingolo, la mayor batalla de la guerrilla argentina”, que relata de primera mano aquel desastre político y militar del ERP, Gustavo Pils-Sterenberg, vinculado a la banda trotskista, cuenta que la idea de Santucho de que el golpe militar aceleraría la lucha revolucionaria surge de un cuadro del ERP, Luis Mattini, conocido como Arnol Kremer, según éste narraría en ‘Hombres y mujeres del PRT-ERP’. En el ensayo de Pils-Sterenberg se revelan defecciones estratégicas y manifiesta indefensión ante los infiltrados que terminaban en desastres con numerosas bajas y deserciones, tal cual ocurrió en Monte Chingolo. Y quizá algo de eso hubo también en el operativo en la que moriría Santucho.

El periodista, investigador y profesor de Historia Marcelo Larraquy revela en su libro “Argentina, un siglo de violencia política/1890-1990” que cuatro días después del golpe de Estado, el Comité Central y cuadros dirigentes del PRT-ERP se reunieron en una casaquinta de Moreno, en el oeste del GBA, con la idea de delinear la línea del partido a futuro. Como Montoneros, creían que la política estaría inexorablemente dirigida a la lucha armada y decidieron basar toda su estrategia exclusivamente en los frentes de combate. A matar o morir. Larraquy señala “el error, que subestimaba el potencial de su enemigo” y recuerda que esa cumbre clandestina pensada por Santucho para recuperar músculo político en su devastada fuerza se había pensado para dar difundir en la militancia un documento “Argentinos, a las armas”, leído por el propio Santucho ante los 60 militantes y guerrilleros, algunos de los cuales habían llegado con pareja e hijos, como si se tratara de un festivo pic nic celebratorio. El cónclave terminó en desastre.

Según reconstrucciones posteriores, al día siguiente de comenzado un vecino alertó a la Policía, guiada por un dato elemental: la ropa humilde de los participantes, que habían llegado de regiones del interior del país, contrastaba con la de los habituales concurrentes de la quinta, gente de otro segmento social. Además, eran muchos para juntarse en un lugar no tan espacioso. “En la tarde del 29 de marzo de 1976 –describe Larraquy en su investigación- un grupo de policías bonaerenses ingresó a la quinta por el jardín de entada, mientras muchos dormían. Recibió fuego, se replegó y pidió asistencia al área militar correspondiente, en Ciudadela. El comando del Ejército continuó el combate asistido por un helicóptero, mientras la conducción partidaria lograba huir en un auto robado y en colectivo, y otros debían esconderse en las inmediaciones para escapar del rastrillaje.”

Roberto Santucho junto a Enrique Gorriaran Merlo.

Aquello fue apocalíptico, sólo explicable ante una fuerza política en desesperada actitud de huida crepuscular. En esa aventura de fallido adoctrinamiento, el PRT-ERP sufriría 12 bajas: siete muertos, cuatro en la quinta, tres en las rutas cercanas y cinco desaparecidos. El desbande continuaría los meses que siguieron. Entre abril y junio serían destruidas células en Rosario, Córdoba y Mendoza. Secuestros y desapariciones de cientos de cuadros, destrucción de imprentas y centros de estudio. Casas clandestinas y documentación clave caían en manos de las fuerzas represivas. El Ejército entraba a cazar militantes con su nombre y apellido verdaderos: ocurría en empresas, bancos públicos o privados, grandes fábricas o pequeñas pymes, aulas universitarias o secundarias. Una redada sin límites, productos de la información arrancada en las sesiones de tortura que obligaban a las humanas delaciones: un derrumbe drástico e imparable en todos los frentes. En un documento que titularía “Balance de 10 años de luchas y experiencias”, Santucho amagaría rectificar, pero no más que eso, la línea de la sublevación y el hostigamiento permanentes a la dictadura al advertir el grosero error de cálculo sobre la magnitud de la respuesta estatal.

El panorama era desolador y así lo escribiría en un paper autocrítico el propio comandante del ERP: “La locura asesina del enemigo causa profundas heridas en nuestras filas. Caen compañeros muy valiosos, caen familiares que nada tienen que ver, caen activistas o simples sospechosos. Ante ello, alguno que otro compañero vacila y teme. Pero la absoluta mayoría se yergue decidida a persistir y vencer cualquieras sean los obstáculos y sufrimientos. Esta elevada moral es nuestra principal arma, ella conmueve y moverá a millones de argentinos…” . Ese cuadro lo llevaría a considerar un repliegue que apuntaba a disminuir los estragos del fracaso, ya anticipado en el desastre de Monte Chingolo. Proponía “hacer un alto en el camino” hasta que se produjera “un nuevo auge”, sin explicar de qué se trataba ni de dónde provendría ese eventual renacimiento de las expectativas insurreccionales. Era tarde. Tardísimo. La dictadura recién asomaba y la insurgencia revolucionaria del ERP, y con ella la de Montoneros, estaba liquidada.

María Seoane, en su puntillosa biografía de Santucho, y Marcelo Larraquy, con su cuidada investigación, coincidirían en afirmar que el máximo jefe de la izquierda armada tenía previsto ese mismo día abandonar el país: iría a Brasil y luego a Europa para desembargar finalmente en Cuba. Permanecería en la isla por lo menos dos años, retornaría al país como clandestino durante ese tiempo, sólo para tomar contacto con el buró y actualizar estrategias a seguir y acciones a desarrollar.

Algunas investigaciones, no todas, revelarían, con el paso del tiempo y nuevos datos, que el jefe del PRT-ERP tenía prevista una reunión con el más alto mando montonero, en particular Mario Firmenich, que se venía postergando. Dos cuadros del ERP debían confirmar la realización en una cita previa con un militante montonero. Larraquy sostendría que Santucho y Firmenich tratarían los detalles finales de la constitución de la OLA (Organización para la Liberación de la Argentina) que “uniría a ambas fuerzas militares en la resistencia a la dictadura.” Todo indica que el objetivo final era avanzar hacia un “ejército revolucionario” y un “frente de liberación nacional” entre ambas organizaciones. El borrador del documento ya estaba escrito. Sólo faltaba que los caciques pusieran la rúbrica. Algo, o alguien, falló.

La cumbre guerrillera no se haría jamás. En los días previos había caído un secretario de Roberto Perdía, el número dos de Montoneros, quien había participado en reuniones iniciales por la OLA. Había ocurrido en una “cita envenenada”, conocida en la jerga de las orgas como la trampa de una “reunión anzuelo”, delatada por militantes quebrados a la fuerza por la tortura y ampliar así los alcances de la cacería. El domingo 18 nadie de Montoneros fue a la cita con el ERP ni tampoco avisaron que no se haría. El lunes 19 de julio de 1976 era el día previsto para que el jefe del PRT-ERP abandonara el país. Tenía pensado permanecer en el departamento hasta la hora de partir. Nunca pudo hacerlo. Finalmente, la maldición del séptimo hijo varón pareció haberse cumplido aquella tarde en Villa Martelli. Acorralada, la fiera tan buscada, el lobizón perseguido, terminaría acribillado por una patrulla de caza mayor. Bajaba el telón de lo que para algunos había sido un sueño emancipatorio y para la gran mayoría una pesadilla que ya no querían vivir.



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