Tomarse un vaso de leche por la noche me transporta a cuando era pequeña. Aun así, sabemos que las molestias digestivas asociadas a los lácteos no siempre son la causa de una intolerancia. El momento en el que lo ingerimos y la postura al acostarnos pueden resultar tan relevantes como el propio alimento.

Nos produce hinchazón, gases, pesadez o ardor. Sobre todo cuando aparecen al final del día. El Instituto Nacional de Diabetes y Enfermedades Digestivas y Renales (NIDDK) recuerda, de hecho, que otras alteraciones digestivas pueden producir síntomas parecidos a los de la intolerancia a la lactosa.

Esta diferencia ayuda a entender por qué una persona puede tomar leche por la mañana sin problemas y, sin embargo, notar molestias después de beberla antes de dormir.

Patricia Yárnoz Esquiroz, dietista-nutricionista del Departamento de Endocrinología y Nutrición de la Clínica Universidad de Navarra y doctora en Medicina Aplicada y Biomedicina, apunta a factores como la cantidad ingerida, la cena que la acompaña, la existencia de intolerancia a la lactosa y, especialmente, el hecho de acostarse poco después.

Yárnoz explica que tomar leche después de una cena abundante y acostarse poco después puede ”favorecer una sensación de pesadez, de reflujo, o de malestar. La posición horizontal elimina parte de la ayuda que proporciona la gravedad para mantener el contenido gástrico en el estómago, circunstancia que puede facilitar el reflujo en personas predispuestas”.

De hecho, el problema no tiene por qué ser la leche. Si existe reflujo gastroesofágico, la proximidad entre la última comida y el momento de acostarse puede tener más peso.

En este sentido, el American College of Gastroenterology (ACG) aconseja evitar las comidas durante las dos o tres horas anteriores a dormir en personas con síntomas de reflujo y contempla elevar la cabecera de la cama cuando las molestias son nocturnas.

Cuando hay intolerancia, la lactasa es la enzima encargada de descomponer la lactosa en el intestino delgado. Cuando resulta insuficiente, parte de este azúcar llega sin digerir al colon, donde las bacterias lo fermentan y generan gases y líquido.

El NIDDK señala que la mayoría de las personas con intolerancia pueden consumir alguna cantidad de lactosa sin presentar síntomas, aunque el umbral varía de una persona a otra. Esto permite entender por qué un poco de leche en el café puede tolerarse mientras que un vaso grande desencadena molestias.

Yárnoz propone observar qué cantidad de leche se consume, a qué hora, con qué alimentos y cuánto tiempo pasa hasta que aparecen las molestias. Si predominan gases, distensión, diarrea y dolor abdominal tras consumir lácteos, puede plantearse una mala absorción de lactosa.

Una de las herramientas utilizadas para estudiarla es la prueba de hidrógeno en el aliento. Tras ingerir una cantidad determinada de lactosa, se mide el hidrógeno espirado durante varias horas, y un incremento acompañado de síntomas puede ayudar al médico a diagnosticar intolerancia.

Para quien tolere la leche durante el día pero sufra ardor o regurgitación al tomarla por la noche, es importante separar la ingesta del momento de acostarse. La recomendación del ACG de dejar dos o tres horas está específicamente vinculada al manejo del reflujo gastroesofágico.

Yárnoz, por su parte, aconseja consultar cuando las molestias sean frecuentes, progresivas, interfieran con el sueño o deterioren la calidad de vida. También requieren valoración síntomas de alarma como pérdida involuntaria de peso, sangre en las heces, dificultad o dolor al tragar, anemia, vómitos persistentes o dolor abdominal intenso.

Casandra Maggio, La Vanguardia



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