Evelin Bauer Pegoraro revuelve un café en un bar del microcentro porteño. Llegó desde Tigre por una Panamericana rara, despejada. Está contenta porque salió su libro, Quién está ahí. Afuera la gente pasa apurada; ella toma un sorbo, sin apuro. En esa escena está todo: una historia tremenda, de expediente judicial, metida entre el ruido de las tazas y la gente que va y viene. A ella le interesa eso: cómo encajar algo tan difícil en la vida común y corriente. En enero pasado, ejemplares de Quién está ahí (Metrópolis) terminaron desperdigados sobre la arena de la costa atlántica. Mientras sus hijos adolescentes leían el texto bajo el sol, interrumpían la lectura con preguntas que desarmaban cualquier sintaxis judicial: “¿Por qué no hiciste nada para que el abuelo no esté preso?”, “Mami, ¿qué es revelar?”.
Narrado en primera persona, el libro quiebra el relato habitual sobre la restitución: saberse hija de desaparecidos, pero negarse a que el ADN se vuelva una prueba judicial contra el hombre que la crió. Mientras la Argentina de los años 2000 refundaba su gramática política bajo la trilogía de Memoria, Verdad y Justicia, la autora atrincheró su subjetividad para reedificar su idea de identidad.
Todo empieza con un timbre
Es 1999, un sábado a la tarde. Suena un timbre en una casa de clase media de Mar del Plata.
Allí vive Evelin con Policarpo Luis Vázquez, exsuboficial de la Armada y exencargado de contrainteligencia de la Base Naval de Mar del Plata, y Ana María Ferrá, expersonal civil de la Marina. El matrimonio la había criado desde bebé y la había inscripto como hija biológica, aunque la beba había sido apropiada.
“El timbre era una figura literaria muy gráfica que podía representar lo que yo había experimentado en esa situación. Creo que pasó por ahí, por tratar de traer al lector la cotidianeidad, las vidas siempre son extraordinarias, pero yo necesitaba y tenía el deseo de hacerlo bien común, bien normal”.
La llegada de la orden de detención opera en su texto como una figura de ruptura, el instante exacto en que la vida ordinaria es atravesada.
“Creo que fue lo primero que escribí cuando me senté a escribir. El proceso de escritura fue bastante largo. El objetivo fue siempre compartir esto: quiero que alguien lea y sepa lo que yo viví. Pero cada vez que yo me sentaba tenía una connotación muy emocional desde lo sanador. Así que escribí de modo cronológico por cómo arrancó todo, ese primer día que para mí fue clave, fue un punto de inflexión entre una etapa y la siguiente”.
Evelin Bauer Pegoraro, hija de desaparecidos y autora del libro Quién está ahí. Foto: Guillermo Rodríguez Adami.El ADN
Inocencia Luca de Pegoraro y Angélica Chimeno de Bauer, las abuelas que buscaban a la niña, iniciaron la querella contra Vázquez y Ferrá en 1999. Para la Justicia, el cuerpo de Evelin podía convertirse en una prueba. Para ella había algo que esa prueba no podía resolver. “Mi negativa al ADN no implicaba a esta altura el desconocimiento de mi origen. Lo que no quería era que me obligaran a condenar a mi papá”.
Hay una tensión invisible en esos primeros años de los 2000: mientras el país volvía sobre su pasado (“Memoria, Verdad y Justicia”, el fin de las leyes de impunidad, los juicios), Evelin hacía el movimiento contrario. Se resistía a que su ADN se convirtiera en una prueba contra el hombre que la había apropiado y que ella reconocía como su padre. Afuera se abría la memoria. Adentro, ella todavía estaba tratando de entender qué hacer con la suya.
“Entiendo que hay personas que suponen que yo estuve equivocada, pero si podemos trascender las ideas de cada uno y entender que también así yo lo viví y que hay otras experiencias… Yo tengo un allanamiento en mi casa a las 5 de la mañana y no soy un delincuente. Es rarísimo, fue una situación muy violenta emocionalmente y eso no es menor. Lo perdono pero me quedaron heridas. Yo siempre estuve en modo defensa respecto al Estado”, reflexiona.
El 14 de febrero de 2008 la jueza ordenó recoger objetos personales de su casa para obtener muestras de ADN. Dos meses después llegó el resultado: el análisis estableció con un 99,9 % de probabilidad que Rubén Santiago Bauer y Susana Beatriz Pegoraro eran sus padres biológicos.
Fachada de la Ex ESMA. Foto: Luciano Thieberger.Aceptar la prueba de sangre hubiera sido la salida fácil pero para Evelin la restitución biológica no resolvía el estropicio subjetivo; apenas lo nombra con el lenguaje del fuero penal. Para ella disputar ese vocabulario no implicaba haber llegado a un puerto seguro, sino habitar una incomodidad, el libro cuenta qué hizo ella con eso.
“Nací en cautiverio”
Una tarde de 1977, Susana Beatriz Pegoraro tenía cinco meses de embarazo cuando la secuestraron, el 18 de junio, en Constitución. Dos días antes habían secuestrado a Rubén Santiago Bauer, el hombre con quien esperaba a esa hija. Después vendrían la ESMA, la Base Naval de Buzos Tácticos de Mar del Plata, La Cacha y, otra vez, la ESMA.
La fecha que quedó asentada para la autora fue el 29 de octubre de 1977. El lugar verdadero, la ESMA. Sus padres biológicos eran Susana Beatriz Pegoraro y Rubén Santiago Bauer. Pero durante los años siguientes esos datos no formarían parte de su vida.
La bebé salió de la ESMA. Susana no. Después apareció otra familia, otro apellido, otra partida de nacimiento. “Me interesa lo humano, entender cómo el humano busca y necesita respuestas y a veces no las encuentra. Yo, por ejemplo, no sé mi fecha de cumpleaños”, dice.
Policarpo Vázquez fue detenido y, ante la jueza María Servini de Cubría, reconoció que Evelin no era su hija biológica. Declaró que había recibido a la beba de manos de otro suboficial de la Armada en 1977. En el libro, ella cuenta que Vázquez sostuvo hasta el final de su vida que Dios había puesto a la beba en sus manos.
Interior de la ESMA. Foto: AP Photo/Natacha Pisarenko.Evelin estaba corrida del relato político de esa historia. Estudiaba ingeniería informática. Lo que sabía sobre la dictadura era lo que había aprendido en la escuela y lo que veía en televisión.
“Lo que yo sabía sobre la dictadura es lo que me llegaba de la escuela, lo que veía en la tele y lo que podía escuchar en la casa. Estudiaba ingeniería informática y estaba corrida de ese ámbito. Lo que yo en general sabía era lo que vimos en la escuela y la TV de fondo transmitiendo un programa donde se hablaba de política mientras se comía”.
Un nuevo diccionario
Para sobrevivir a la captura del discurso público, la autora tuvo que inventar un idioma privado. Escribir el libro no fue un ejercicio de reparación institucional, sino la búsqueda de un tono.
“Sí, un nuevo diccionario. En los procesos fui viendo cuál es el significado que le estamos poniendo a las palabras. La palabra desaparecidos en mí tiene un peso muy importante y yo trabajé mucho en poder alivianar un poco eso porque, si no, por ejemplo, desaparecía una lapicera en mi casa y no podíamos usar la palabra. Porque si alguien la usaba todo el mundo se quedaba frikeado”.
En Quién está ahí, el trabajo más delicado no es la reconstrucción de la trama policial, sino la minuciosa tarea de desactivar esa carga explosiva. La autora relata el modo en que el peso simbólico de palabras como sangre, cautiverio o desaparecido colonizaba la cotidianidad. Alivianar ese léxico no significó olvidar el crimen, sino disputarle al trauma la última palabra sobre el lenguaje cotidiano.
Evelin Bauer Pegoraro, hija de desaparecidos y autora del libro Quién está ahí. Foto: Guillermo Rodríguez Adami.“Hablamos mucho durante todo el proceso judicial de que soy víctima, por favor dejen de atacarme a mí, pero yo hoy no soy víctima y no es una energía que quiero para mí. Quiero todo el tiempo hacerme cargo de eso y no quiero que el otro me vea como ‘pobre lo que le pasó’. Yo quería lograr mostrar que sí, que lo que me pasó es un bajón pero que no soy víctima, yo quiero reconstruir desde ahí”.
Cuando salió el libro, dice, supo que estaba desnuda: ahora todo el mundo podía conocer su mundo interno.“¿A qué le tenía miedo? A quedar, otra vez, bajo la mirada de los demás”, reflexiona.
Dos cajas azules
Cuando volvió por segunda vez a la ESMA recibió dos cajas de archivo con información reunida a partir de conversaciones con amigos y familiares de sus padres. Había una distancia inevitable: no había vivido la época en la que ellos militaron en Montoneros, pero después del proceso judicial comenzó a sentir una conexión.
Al preguntarle por lo que piensa sobre las militancias de sus padres biológicos, Evelin busca una distancia que no niegue el afecto: “A mi mamá la fui perdonando y me fui perdonando yo. Cuando saqué todo eso, lo único que sentí fue amor. Entiendo su deseo de involucrarse y cambiar las cosas, pero yo no viví esa época; puedo empatizar, pero la entiendo de lejos”.
Ese ejercicio de no juzgar se vuelve su trinchera de supervivencia. Lo aplica a la militancia de sus padres y también al hombre que la crió tras la apropiación: “Esto no busca limpiar el proceso de nadie, sino entender que ellos tuvieron una mirada y yo puedo tener otra. No evalúo los caminos de nadie; de juzgar se encarga el Estado. Él hizo algo que no estaba bien y tuvo que hacerse cargo. Yo soy la hija, no un juez”.
Las cajas se convirtieron también en un ejercicio de escritura.
“Para mí eran dos cajas que tenían un montón de cosas más allá de los relatos escritos. Tenían energía adentro que era la vida de mis papás. Cada vez que yo abría esas cajas para sentarme a escribir se me venía todo eso hacia mí. A veces es mucho, a veces es poco, a veces era una foto de un cumpleaños, o los amigos de mis padres contando la visión que tenían de ellos. Está buenísimo porque los humaniza más, tus padres que no conocés, se hayan muerto como se hayan muerto, vas armando un rompecabezas”.
Abuelas apareció también en ese momento.
“Es muy fuerte también para ellas después de estar tanto tiempo buscando, una búsqueda común de muchas personas. Representa una comunidad de personas y por supuesto eso es superintenso. Pasamos todos un proceso muy doloroso, y es muy difícil acompañar ese dolor pero creo que hay algo que nos une a todos los seres humanos: la capacidad de sufrir y sentir un dolor enorme, y también de salir adelante, entonces ahí podés comprender el dolor del otro. Pero yo tengo mucho respeto, no me involucro porque no es mi camino pero tengo mucho respeto de lo que hacen”.
Museo Sitio de Memoria ESMA, ubicado en el ex Casino de Oficiales de la Armada. 23/03/2018. Foto: Francisco Rodríguez Pérez, gentileza Anccom.-¿Qué es para vos la identidad?
“A mí me viene una imagen de algo gelatinoso como un proceso flexible… creo que la identidad es una fuerza, una energía que es algo permeable pero que tiene una llamita interna como si fuese algo interno que te va permitiendo, un timón interno que si vos te vas para adentro igual sabés lo que te está pasando. Y después que la identidad no es una respuesta, es el camino de preguntarte para que vayan viniendo posibles respuestas que te van acercando pero no lo veo como una meta a lograr. Y en todas esas voces no estaba la mía, entonces por eso grité tanto… Por eso yo creo que el libro en su momento fue un grito y ahora es una voz cálida. Ya no me asusta sentir miedo, ahora el libro es una voz templada pero que se quiere hacer escuchar. Es otra mirada”.
Maricel Cioce es Socióloga de la cultura, docente y escritora.
