Máximo Huerta volvió a las librerías a comienzos de 2026 con una historia especialmente cercana. En Mamá está dormida (Planeta), su undécima novela, el escritor valenciano construye una ficción alrededor de una madre enferma y un hijo único que se ocupa de cuidarla.

La historia tiene una raíz evidente en su propia experiencia. Desde hace tres años, Huerta cuida a su madre enferma en Buñol, Valencia. Aunque la novela no es estrictamente autobiográfica, la realidad familiar del escritor atraviesa sus páginas y le da a la ficción una carga emocional particular.

Hay amor, ternura y humor, pero también cansancio, desesperación, dolor y aceptación. La novela pone además el foco en una situación que viven muchas familias: el cuidado de una persona dependiente y el desgaste que puede producir en quien queda a cargo.

“Nunca pensé que sería tan fuerte”

Huerta habló del proceso que atraviesan sus personajes y de su propia experiencia como cuidador. “Cuidar es empezar a despedirse”, explicó a Ana Trasobares, de la revista Esquire.

El escritor, nacido en Utiel en 1971, reconoce que la enfermedad de su madre le permitió descubrir una fortaleza que desconocía. “Nunca pensé que sería tan fuerte. Es ahora con la enfermedad de mi madre cuando lo estoy descubriendo. Soy más fuerte de lo que creía”, contó.

La publicación de Mamá está dormida tampoco fue para él como la de sus anteriores libros. De sus once novelas, aseguró que esta fue la que más nervios le provocó.

La historia surgió de una frase pronunciada por su madre y está construida sobre un escenario que, aunque no reproduce literalmente su vida, tiene una fuerte conexión con ella. “Me gusta tanto que me habría gustado no escribirla, sino leerla”, reconoció.

La razón tiene que ver con una sensación que, según explicó, comparten muchas personas que cuidan a familiares: la soledad. “Porque la gente que cuida se siente muy sola. No hay épica en la labor de cuidador”, señaló.

Cuidar sin amor

La experiencia con su madre también se contrapone a la que vivió con su padre. Huerta sostiene que no es necesario amar a una persona para cuidarla.

Lo descubrió con su padre, con quien mantuvo una relación distante. “No nos queríamos”, reconoció. “No nos encontramos jamás”.

Su padre murió en 2017 después de padecer un alzhéimer que avanzó rápidamente. Finalmente fue ingresado en una residencia.

Aunque Huerta aclara que no es enfermero, asegura que nunca dejó de ocuparse de él. Con el tiempo llegó además una forma inesperada de reconciliación.

El escritor habla de un “perdón final” que no necesitó grandes esfuerzos ni conversaciones preparadas. Simplemente apareció y lo vivió como un regalo.

Una de las imágenes que conserva de aquellos últimos años tiene para él un valor especial: durante ese período consiguió hacerse algunas fotografías con su padre, algo que prácticamente no había ocurrido antes.

Una infancia marcada por el miedo

En otra entrevista, Huerta recordó una infancia que estuvo lejos de ser idílica.

“Mi casa olía a puro y gasolina. Mi padre era camionero, un hombre rudo y con una manera de querer difícil”, relató al pódcast A solas con, presentado por Vicky Martín Berrocal.

El recuerdo de aquella época está asociado a una sensación concreta: el miedo. “No todas las infancias son felices. Yo la viví con miedo, miedo a que sonaran las llaves”, recordó.

La frase resume una parte de su infancia y ayuda a entender cómo la imaginación terminó convirtiéndose en una forma de refugio.

“¿Cómo no iba a salir escritor si me tenía que inventar historias para no oír el ruido del salón?”, explicó.

Huerta se encerraba en su habitación y construía sus propios cuentos para escapar de aquello que ocurría fuera. “Me metía en la habitación para hacerme mis cuentos y mis cosas”, recordó.

El desgaste invisible de cuidar a un familiar

En la mencionada novela, el hijo va perdiendo protagonismo a medida que la enfermedad de la madre avanza.

El desgaste de cuidar sin apoyo.

Ese desplazamiento funciona también como una representación de lo que ocurre con muchos cuidadores: su propia vida comienza a quedar en segundo plano mientras toda la atención se concentra en la persona dependiente.

Para Huerta, una de las mayores dificultades consiste precisamente en esa pérdida progresiva de espacio personal.

“El hijo se va desdibujando, como todos los cuidadores”, explicó a la entrevista concedida a Esquire.

La enfermedad y la ficción también le permitieron abordar una cuestión social que considera poco visible: la responsabilidad del cuidado que durante generaciones recayó principalmente sobre las mujeres.

“A los gobiernos les ha venido muy bien que el cuidado haya sido una cosa de casa”, cuestionó.

En su opinión, esa situación ayuda a explicar la falta de suficientes residencias de calidad y de ayudas para la dependencia.

“Cuidar es algo que no hace ruido, no tiene ninguna épica. Es algo que han hecho solo las mujeres”, sostuvo.

En su caso, el escenario tiene una particularidad: es un hombre quien ocupa el lugar del cuidador principal.

La culpa y la paciencia en el día a día

Huerta tampoco presenta el cuidado como una experiencia idealizada. Habla de cansancio, de momentos de desesperación y de situaciones en las que pierde la paciencia. Reconoce que puede tener “arranques” o responder mal y que después se arrepiente.

Pero también rechaza la idea de que quien cuida deba comportarse como alguien capaz de soportarlo todo sin quebrarse.

“No soy el Santo Job”, afirmó. Para el escritor, cuidar está compuesto por pequeñas batallas cotidianas que suelen ofrecer pocas recompensas visibles.

“La paciencia no se tiene, se llega a ella como solución”, explicó.

La vejez y la dependencia, un debate que no ocupa suficiente espacio

La experiencia personal también llevó a Huerta a cuestionar la escasa presencia de la vejez, la dependencia y los cuidados en el debate político.

Considera que se trata de cuestiones cada vez más importantes en sociedades donde aumenta la población mayor y, al mismo tiempo, disminuye el número de hijos por familia.

Sin embargo, según su mirada, son asuntos que reciben menos atención porque no generan titulares ni producen el mismo impacto inmediato que otros problemas.

“Ojalá” la novela pudiera contribuir a abrir ese debate, respondió cuando le plantearon si el libro podía funcionar como una llamada de atención para las familias y las instituciones.

Para Huerta, el problema no afecta únicamente a quienes tienen actualmente a un familiar dependiente.

Es una cuestión social que tendrá cada vez mayor peso a medida que cambie la estructura de las familias y aumente la expectativa de vida.

“Ojalá hubiera tenido hermanos”

El hecho de ser hijo único aparece como otra de las dificultades que atraviesa su experiencia.

Huerta reconoce que muchas veces imaginó cómo habría sido contar con hermanos para compartir las responsabilidades.

Ojalá hubiera tenido hermanos para compartir el cuidado de mi madre y también para discutir, claro”, expresó.

La ausencia de alguien que pueda asumir el turno de cuidado también condiciona su vida cotidiana.

Contó que incluso cuando viaja a Madrid permanece pendiente de la cámara instalada en su casa.

El cuidado, explicó, no se limita a las tareas físicas. También implica una responsabilidad moral y emocional que lleva prácticamente solo, aunque cuenta con ayuda durante algunas horas.

Una autocaravana para viajar con la imaginación

En Mamá está dormida, madre e hijo emprenden un viaje por carretera. La elección podría parecer inesperada para una historia que podría haberse desarrollado íntegramente dentro de una casa.

Pero para Huerta ese desplazamiento tiene un significado íntimo: representa un viaje que nunca pudo realizar con su propia madre y que la literatura le permitió imaginar.

El escritor tampoco había viajado en autocaravana ni conocía Vera de Bidasoa, uno de los escenarios de la historia. Precisamente ahí encuentra una de las posibilidades más poderosas de la ficción: inventar experiencias que nunca ocurrieron.

La ficción nos permite hacer lo que queramos, incluso vengarte del pasado”, explicó.

La autocaravana, además, adquirió para él una dimensión simbólica. La imaginó como una especie de útero, un espacio cerrado y protector en el que solo están la madre y el hijo.

De los cuentos infantiles a una biblioteca propia

Su pasión por la lectura comenzó mucho antes de convertirse en escritor.

Huerta atribuye esa influencia principalmente a su abuela y a su madre. Entre los primeros libros que recuerda haber recibido están Platero y yo y La guerra de los mundos, una combinación que él mismo recuerda con humor.

“¡Menuda mezcla!”, bromeó a Esquire. Finalmente, aquel recorrido lector se inclinó más hacia Platero y yo. Durante su infancia también acumuló numerosos cuentos que todavía conserva. Uno de ellos se llamaba La noria.

Los libros eran objetos que protegía celosamente y que no quería prestar a sus amigos. “Entonces era muy posesivo”, reconoció. Con el tiempo, aquellos cuentos fueron dando paso a las novelas y a una biblioteca que creció junto con él.

Su familia no tenía una gran biblioteca en casa, algo que Huerta recuerda al compararse con las tradicionales bibliotecas británicas que admira.

Pero sí tenía acceso a la biblioteca de su pueblo. Décadas después, el vínculo adquirió una forma circular: actualmente, en aquella misma biblioteca están sus propios libros.



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