El 12 de septiembre de 1815 Martín Miguel de Güemes le anunció al gobierno central la creación de la División Infernal de Gauchos de Línea, refiriéndose a ellos como “defensores de su libertad” y “héroes bajo la denominación de gauchos”, que tenían como objetivo “asegurar la independencia de nuestras Provincias Unidas, defender la dignidad de su Gobierno, y los sagrados derechos de la patria”.
Les informó a las autoridades que los Infernales estaban armados de fusiles y bayonetas, lo que les iba a permitir pelear tanto a pie como a caballo, y envió para su aprobación los nombres de sus jefes y oficiales.
Como era previsible, el Directorio se opuso, alegando que no había motivo para crear “un cuerpo de línea en esa provincia donde no hace falta” y que ya tenían oficiales suficientes, dejando así en claro que no le interesaba defender las fronteras ni enfrentarse con los invasores.
Es que por entonces, todos los esfuerzos del gobierno central estaban destinados a frenar la revolución que había iniciado en la otra orilla José Gervasio Artigas, y que venía extendiéndose por el Litoral y amenazaba con llegar a Córdoba.
Los miembros del Directorio estaban empeñados en sofocarla para evitar lo que más temían: que el reparto de tierras y el federalismo cruzaran el charco.
Con la negativa del Directorio, Güemes entendió que debía seguir actuando por su cuenta y continuó organizando las Milicias Provinciales y el Cuerpo de Caballería en Jujuy, con particular atención a la División Infernal, porque estaba convencido de que necesitaba una fuerza propia, ya que era cuestión de tiempo para que el Ejército Auxiliar del Alto Perú fuera derrotado.
Estructuró a esta división junto a las unidades que ya comandaba, conformando con los Infernales dos escuadrones de dos compañías cada uno, que funcionarían como una unidad de infantería montada.
En su mayoría estaban integradas por los gauchos que ya eran parte de las milicias rurales y que venían luchando bajo su mando contra los realistas desde de 1814.
Hombres “amigados con la escasez”, que venían entregando por la causa lo poco que tenían y prestaban sus servicios como voluntarios, y que al integrar los Infernales pudieron tener una profesión, recibir un salario del gobierno de la provincia de Salta y, los más experimentados, la posibilidad de ascender militarmente.
En cualquier caso, hacerlos efectivos era un acto de justicia y para el caudillo salteño también un modo de consolidar su liderazgo.
En la División Infernal había también esclavos, algunos jóvenes para que fuesen instruidos por los oficiales; pequeños y medianos hacendados y arrenderos que se habían sumado como voluntarios, y una banda de músicos.
Los recursos eran escasos y como armamento contaban con lo que le habían podido quitar a los invasores en el Puesto del Marqués.
En cuanto a los uniformes que llevaban, para el imaginario popular los Infernales vestían bombachas de campo, pero por entonces ese tipo de pantalones no existían.
Los que llevaban eran de paño azul, al igual que las chaquetas y gorras con divisa grana. Por encima muchos se ponían ponchos del color que podían encontrar.
De todos modos, vestirse militarmente era un problema tanto para los oficiales como para el propio Güemes, lo que llevó a su amigo Manuel Belgrano a escribirle: “Me dicen que está usted desnudo, envíeme sus medidas, que no falta crédito para enviarle ropa y algo más que quiera, que pagaremos cuando se pueda”.
Aunque les faltaban alimentos, armas y ropas, a los Infernales de Güemes les sobraba coraje y se transformaron en una fuerza imbatible, capaz de frenar siete invasiones realistas.
Ellos serían quienes defenderían la frontera norte de las tropas españolas cuando el ejército de José de San Martín encaró el cruce de los Andes e inició su campaña libertadora.
