En 1910, Buenos Aires quería mostrarse al mundo como una capital moderna y próspera durante los festejos por el Centenario de la Revolución de Mayo. En ese escenario, el Teatro Colón, inaugurado en su locación actual apenas dos años antes, era el gran símbolo de una Argentina que buscaba consolidarse entre las principales potencias culturales.
Sin embargo, detrás de la postal de lujo, el país atravesaba un clima de fuerte conflictividad social. Las organizaciones obreras reclamaban mejores condiciones laborales, cuestionaban la Ley de Residencia y denunciaban la persecución contra dirigentes sindicales. El gobierno de José Figueroa Alcorta había respondido con el Estado de sitio y una creciente presión sobre grupos socialistas y anarquistas.
En ese contexto llegó la noche del domingo 26 de junio de 1910. Sobre el escenario del Colón se representaba Manon, la célebre ópera de Jules Massenet de cinco actos y seis escenas que cuenta la historia de una pareja de enamorados.
En los palcos y la platea se mezclaban políticos, familias tradicionales y amantes de la música académica. Nadie imaginaba que aquella función terminaría convirtiéndose en uno de los episodios más impactantes de la historia del teatro.
A las 21.50, cuando todavía el público se estaba acomodando, una explosión sacudió la sala. El artefacto detonó en la fila 14 de la platea, entre las butacas 422 y 424. Por una coincidencia que evitó una tragedia mayor, los asientos estaban vacíos. Aun así, las esquirlas alcanzaron a espectadores cercanos y el estallido provocó escenas de desesperación.
Los gritos comenzaron a multiplicarse mientras cientos de personas intentaban alcanzar las puertas de salida al mismo tiempo.
La niña Susana Escalada, que ocupaba la butaca 420, sufrió heridas en el rostro, mientras que Lucrecia Escalada, sentada en la 418, recibió un corte provocado por el impacto de un balín, según relató la revista Caras y Caretas. Otros espectadores también resultaron heridos por esquirlas, golpes y cortes durante la desesperada huida. Afuera, una multitud de curiosos comenzó a reunirse frente al teatro para intentar entender qué había ocurrido.
En medio de la confusión ocurrió una escena que quedó registrada en las crónicas de la época. Para evitar una estampida aún mayor, el teniente de bomberos Nicanor Viñas pidió a la orquesta que interpretara el Himno Nacional, mientras la soprano Rosina Storchio y Giuseppe Anselmi, bajaban del escenario.
Mientras tanto, médicos y practicantes de la Asistencia Pública ingresaban al edificio para atender a los heridos. Las ambulancias de entonces, carros tirados por caballos, comenzaron un incesante ir y venir por la entrada destinada a los carruajes.
La investigación arrancó de inmediato. Algunas versiones sostenían que la bomba había sido colocada debajo de las butacas. Otras afirmaban que había sido arrojada desde el paraíso, el sector más popular y económico del teatro.
La policía detuvo a cerca de un centenar de personas durante las horas siguientes. Sin embargo, la mayoría recuperó la libertad por falta de pruebas. Dos anarquistas, Juan Romanoff y Salvador Denuncio, quedaron demorados, aunque nunca pudo demostrarse su participación en el atentado. De hecho, los autores materiales jamás fueron identificados.
Tras el atentado, el gobierno impulsó la Ley de Defensa Social, que reforzó el control sobre el anarquismo, restringió el ingreso de extranjeros considerados peligrosos y amplió las facultades del Estado para detener y expulsar militantes obreros.
Más de un siglo después, el atentado permanece como una de las páginas más oscuras del Teatro Colón y un reflejo de las profundas tensiones que atravesaban al país.















