Comer bien, hacer ejercicio, dormir entre 7 y 9 horas cada noche, controlar el peso corporal, cumplir con chequeos médicos, llevar una vida social activa y evitar el estrés son, a grandes rasgos, las pautas más repetidas para aspirar a un envejecimiento saludable. A esa lista hay que sumar la vacunación, probablemente la más fácil y accesible. Y, a menudo, la más subestimada.
Asociadas con frecuencia a la infancia, alguien podría preguntarse qué tienen que ver las vacunas con el objetivo de envejecer bien. La respuesta es: mucho.
Hace más de 15 años que se promueve el concepto de vacunación en el curso de la vida (es decir, en todas las etapas). Sin embargo, en el imaginario social todavía cuesta romper con la creencia de que es algo exclusivo de la niñez. Persiste la idea de que, al entrar en la adultez, la vacunación ya no es algo de lo que haya que ocuparse.
Error. No solo porque se pierde el beneficio directo de evitar infecciones o reducir complicaciones derivadas de ellas que pueden poner en riesgo la vida, sino que también se prescinde de los efectos positivos indirectos que ejerce sobre el sistema inmune.
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“Hay mucha gente de más de 60 que está absolutamente saludable, pero por dentro su sistema inmune va envejeciendo”, señala a Clarín el médico infectólogo Pablo Bonvehí. “Así como uno hace ejercicio, cuida su dieta y tiene vida social, las vacunas forman parte del combo de protección que favorece el envejecimiento saludable que hoy tanto se pregona. Tenerlas al día permite enlentecer el deterioro de nuestro sistema inmune”.
La inmunosenecencia es un proceso inevitable. Así lo explicaba la médica Inés Morend, especializada en envejecimiento saludable y nueva longevidad. “Por más que hagamos las cosas bien, en nuestro cuerpo, alrededor de los 34 años empiezan unos procesos que se acentúan alrededor de los 50 que hacen que la capacidad de las células para defendernos decaiga. Por eso –ejemplificaba– se han diseñado vacunas adjuvantadas contra la gripe que, a partir de los 50 años, le ayudan al sistema inmune a fabricar un plus de defensas”.
Bonvehí, miembro del comité de vacunas de la Sociedad Argentina de Infectología (SADI) e integrante de la comisión directiva de la Sociedad Argentina de Vacunología y Epidemiología (SAVE), sostiene que, “en general, prevalece la idea de la vacuna para prevenir una enfermedad determinada y punto. Pero hoy cada vez más se ve que las vacunas tienen otros efectos que van más allá” y que hay que hacer foco en ellos.
El “se ve” hace referencia a la evidencia científica que muestra esos beneficios adicionales.
—¿Cuáles son esos efectos indirectos?
—Por ejemplo, tenemos vacunas como la antigripal, la del COVID, entre otras, que no solo previenen la enfermedad respiratoria, sino que también previenen las complicaciones cardiovasculares que están asociadas. Durante la temporada de influenza, el virus de la gripe, hay mayor tasa de infartos de miocardio, eso está claramente asociado (con complicaciones de la infección). Está demostrado que la vacuna disminuye esa tasa de eventos cardiovasculares. Además, ayudan a evitar una hospitalización por neumonía o un herpes zóster, que también es una enfermedad muy impactante y que deteriora mucho al adulto.
Y también se ha visto que las vacunas, de alguna forma, van en entrenando al sistema inmune, lo van preparando, le van dando lo que nosotros llamamos inmunofitness, que es como una preparación, una mejora en su disponibilidad para defenderse.
Eso es clave, según Bonvehí, porque los adultos vivimos (y viviremos) más gracias a los avances de la medicina, entre los cuales están las vacunas, “pero no se trata solo de vivir más, sino bien, con buena calidad de vida”.
La intervención más fácil
En un artículo publicado en el New York Times (NYT) titulado 9 cosas que aconsejan que hagas a partir de los 40 para aumentar tu longevidad, Ezekiel Emanuel, profesor de ética médica y políticas de salud en la Facultad de Medicina Perelman de la Universidad de Pensilvania, destaca a la vacunación como “lo más fácil de hacer porque, a diferencia de casi todo en el bienestar, lo hacés una vez y listo”.
La nota hace especial hincapié en la vacuna contra el herpes zóster, ya que sostiene que hay cada vez más evidencia de que además de prevenir la “culebrilla”, también protege contra la demencia porque reduce el riesgo de deterioro cognitivo en aproximadamente un 20 por ciento. “Son datos que tenemos que seguir validando con más estudios, pero hay evidencia que está surgiendo en forma bastante importante”, respondió Bonvehí.
El artículo del NYT destaca que otras vacunas como la antigripal, la antineumocócica y la triple bacteriana acelular (todas incluidas en el calendario nacional, a diferencia de la del herpes zóster), también pueden ofrecer beneficios.
Más vacunación, menos inflamación
¿Cómo se explica este efecto indirecto de las vacunas? Además del inmunofitness, hay otro concepto del que se habla cada vez más, relacionado con un proceso que, en lugar de ayudar, atenta contra el envejecimiento saludable: el inflammaging.
“El inflammaging es una inflamación crónica de todo nuestro organismo”, explica Bonvehí. Y añade que, entre otros factores, a lo largo de la vida, “nos vamos exponiendo a distintos agentes que nos agreden, que pueden ser enfermedades infecciosas que adquirimos, y eso va generando una inflamación crónica. A su vez, eso dispara una serie de mediadores químicos llamados citoquinas, que también van acelerando un poco nuestro envejecimiento”.
La relación, entonces, se hace evidente: “Estar menos expuesto a esos antígenos a través de la prevención por vacunas ayuda a disminuir ese proceso de inflammaging, la inflamación crónica que todos vamos sufriendo a lo largo de la vida y que se asocia claramente al envejecimiento de nuestro sistema inmune o inmunosenescencia”.
Vacunas para adultos
Existen varias enfermedades prevenibles por vacunas en adultos, pero aquellas asociadas al virus de influenza y al neumococo, son las que comprenden el grupo más extenso, escribían Bonvehí y Mirta Roses en un artículo publicado en la revista Medicina en 2019. Desde la pandemia en adelante, se sumaron las que protegen contra COVID.
Diversas recomendaciones incluyen, además de estas vacunas, otras dirigidas a prevenir difteria, tétanos, tos convulsa, hepatitis A y B, meningococo, varicela, sarampión, rubéola, parotiditis (paperas), herpes zóster, virus del papiloma humano (VPH), virus sincicial respiratorio (VSR), dengue, entre otras enfermedades. Algunas están incluidas en el calendario nacional (ver abajo), por lo que se aplican en forma gratuita en hospitales y centros de salud públicos, y otras solo pueden adquirirse en forma privada.
Adultos jóvenes, los más reacios
Dentro de la población adulta, las coberturas de vacunación están muy lejos de alcanzar cifras óptimas. Pero si hay un grupo más díscolo, ese es el de los adultos jóvenes (entre los 30 y 50 años), respondía Iris Aguilar, jefa del Departamento Provincial de Inmunizaciones de Mendoza e integrante de la SAVE. “En general, a partir de los 50 consultan con mayor frecuencia por su propio interés para vacunarse”.
En ese sentido, Bonvehí pone el foco en un grupo que puede quedar particularmente desprotegido: adultos que todavía no llegaron a edades avanzadas, pero que tienen enfermedades o condiciones (obesidad, diabetes, enfermedades respiratorias o cardiovasculares, cáncer, entre muchas otras) que aumentan el riesgo frente a una infección.
La vacunación es una herramienta efectiva contra la inflamación crónica. Foto ilustración Adobe Stock.Por eso, insiste, uno de los principales desafíos está en que quienes ya tienen alguna condición de base incorporen la vacunación como una herramienta más para evitar descompensaciones y complicaciones.
Y añade que también hay que seguir trabajando para que el adulto mayor tenga mayor conciencia de la importancia de la vacunación, aunque reconoce que existen muchas barreras, como la distancia hasta el vacunatorio, los horarios limitados, entre otras. “Pero también hay mucha gente que desconoce, minimiza o subestima el impacto que tienen enfermedades prevenibles.”
Vacunas no incluidas: cuánto cuestan
Para quienes tienen recomendación de vacunas que no están contempladas de manera gratuita por el calendario para su edad o condición, el precio de lista de cada dosis de las vacunas contra el herpes zóster o el VSR (gratuita para embarazadas), por ejemplo, ronda los $400 mil pesos. No obstante, el monto que se abona puede ser menor, en función de descuentos que aplican algunas obras sociales y prepagas.
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