La despedida de Lionel Messi de la Selección dejó emoción, lágrimas y un sinfín de memes que dieron la vuelta al mundo. Pero, con el paso del tiempo, es posible que una de las imágenes más recordadas de la noche en el Monumental no sea la de Leo abrazado a sus hijos ni la de Soledad Pastorutti cantando “Brindis”. Quizás sea alguno de los pasajes que se volvieron virales y que demostraron las falencias de un festejo que estuvo lejos de la altura del último baile del capitán campeón del mundo en Qatar. El silencio inicial se transformó en un murmullo cada vez más fuerte y, como quedó claro por esas luces hipnóticas de los drones iluminando el cielo, los insultos dominaron la escena. Minutos después, tronó el hit que ya se pasea por todas las canchas: “Chiqui Tapia botón”. La pregunta quedó instalada: ¿estuvo la AFA a la altura de la despedida del mejor jugador del mundo? ¿O la improvisación terminó ganándole a la emoción?

Fue un adiós desprolijo, hay que decirlo. Y por momentos, para quienes estuvieron en el estadio y pagaron miles de pesos por una entrada, difícil de entender. La decisión de no montar un escenario en el centro del campo y la ausencia de pantallas gigantes hicieron complicado seguir el hilo de una celebración que, en teoría, debía ser inolvidable. La fiesta comenzó temprano, cuando se abrieron las puertas del Monumental y aparecieron Pinky (Juan Manuel Grossi), DJ Pipo (Gonzalo Leonardo) y Damo (Damián Martínez), los creadores de “Un Poco de Ruido”, el programa de cumbia que rompe los vestuarios con sus reversiones de clásicos del género. Después llegaron Sebastián Mendoza, Román El Original, Amar Azul, Santi Cairo y Q’Lokura. Y antes de que los jugadores salieran a realizar la entrada en calor, con el Monumental ya repleto, Damas Gratis cerró la primera tanda de shows. “Estamos acá a un costado de la cancha”, anunció Pablo Lescano para que la gente pudiera ubicarse. El problema fue que, sin pantallas por los arreglos en el Monumental, buena parte del público tuvo dificultades para ver qué sucedía.

Durante el partido también hubo una escena que dejó una sensación extraña. En el minuto 10, el juego se detuvo para que el Monumental ovacionara a Messi. Los futbolistas de Benín se acercaron a saludarlo y hasta uno de los jueces de línea tuvo que correrse para permitir que se lanzaran los fuegos artificiales. La intención era noble, pero la secuencia no pareció demasiado seria para un amistoso clase A de FIFA. Y lo más confuso todavía estaba por venir.

El verdadero problema apareció después del partido. Allí quedó más expuesta la falta de planificación. Es cierto que la AFA no tuvo demasiado tiempo para armar la fiesta: a Messi lograron convencerlo de continuar una semana antes de la fecha FIFA. Pero esa explicación no alcanzó para tapar algunos errores difíciles de disimular. La desilusión fue tan grande cuando apareció la publicidad que después resultó difícil recuperar el clima. El espectáculo aéreo de drones no estuvo mal, pero por momentos se hizo largo y repetitivo. Y al terminar cayó de nuevo el “Chiqui Tapia botón” más sonoro de los tres que se escucharon durante la noche en River.

Después habló Messi, presentado por Sergio Goycochea. La voz del Vasco puede resonar especialmente entre los periodistas y un poco menos entre el público, pero para los hinchas tuvo el valor de ser la voz de alguien que estaba ahí, en el centro del campo, frente a ellos. Goycochea le dio la palabra a Leo y entonces apareció uno de los momentos más emotivos de la noche. El otro había ocurrido durante el himno. Después de sus palabras, Messi comenzó a dar una vuelta al campo mientras sonaba a todo volumen Ulises Bueno. Quizás lo ideal hubiese sido otra cosa: que fueran los hinchas los que cantaran para acompañar, ellos mismos, la caminata del 10.

Y todavía faltaba la promocionada gran sorpresa de la jornada. El reencuentro de Sergio Torres y el grupo Cali no salió como se esperaba. Messi casi no llegó a darse cuenta de que sonaban Sergio Torres y Darío Zanco, de quienes Leo se había declarado fan en una de sus primeras entrevistas como profesional y se reencontraban en un espectáculo tras su separación hace varios años. Encima, hubo un desperfecto técnico y la actuación duró menos de un minuto. “Mil disculpas a todas las personas que estaban esperando este momento, había mucha ilusión y ganas de que la presentación saliera bien, pero lamentablemente cuestiones relacionadas con la organización hicieron que no pudiera desarrollarse como esperábamos”, explicaron los artistas en redes sociales. Y ampliaron: “Obviamente seguimos en el vestuario”.

Por eso, entre tanta desprolijidad, el mejor momento terminó siendo también el más sencillo. Soledad apareció para cantar “Brindis” y Messi, conmocionado, quedó junto a Antonela Roccuzzo y sus hijos Thiago, Mateo y Ciro. No hicieron falta drones, pantallas ni efectos especiales. Bastó con una canción, una familia y un hombre que entendió que esa noche no estaba despidiendo solamente a la Selección. Estaba despidiéndose, quizás para siempre, de una parte de su vida. Y esa emoción fue tan grande que logró sobrevivir incluso a una fiesta que, en demasiados momentos, estuvo lejos de estar a la altura de Messi.



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