Todos miran la economía. Javier Milei, especialmente, aunque no lo hace con la arrogancia de hace un tiempo, cuando anunciaba el éxito de un modelo inédito al que vendrían a rendirle pleitesía los líderes de las potencias extranjeras. Ya no se lleva el mundo por delante, por más que en público se vea obligado a sobreactuar y algún adulador le diga que es merecedo del Premio Nobel. El Presidente se convenció de que las cosas no marchan -ni marcharán- como él mismo había pensado. Ni la inflación fue pulverizada ni la actividad crece a niveles exorbitantes -al contrario, podría acumular dos trimestres consecutivos a la baja- ni su aura disruptiva lo preserva contra la realidad de los números de su popularidad.
