“Le pido a la gente que no esté triste porque yo no lo estoy”.
En una sala del Madison Square Garden, hace exactamente 30 años y minutos después de la conferencia de prensa en la que anunció su retiro, Gabriela Sabatini le dejó al enviado de Clarín a Nueva York una frase tan dolorosa como la que había pronunciado minutos antes, en inglés, al sentarse frente a más de 100 periodistas (“Quiero informarles mi decisión de dejar el tenis”). ¿No estar triste? Imposible.
Se acababa de retirar, joven a los 26 años, la mejor tenista argentina de la historia, la que tomó la posta de Guillermo Vilas y le dio impulso a su enorme legado, la referente de generaciones de tenistas entre los que están muchos que nunca la vieron jugar, la campeona del US Open, de dos Masters y medallista olímpica, la que generó tanta admiración por su habilidad dentro de la cancha como por su carisma fuera de ella. Y el impacto fue gigantesco.
Nueve días antes, en Zúrich, Anne Person Worcester, por entonces directora de la WTA, se quedó helada cuando Gaby le comunicó intempestivamente que acababa de disputar el último partido de su gloriosa carrera. Había debutado en el torneo suizo, apenas unas horas antes, con derrota por 6-3 y 6-4 frente a una joven Jennifer Capriati, de 20 años, y confirmó una idea que había rondado por su cabeza durante los últimos cinco meses: el adiós definitivo al tenis, su gran pasión que la convirtió en estrella y que la llevó por un camino vertiginoso.
“Ahora está entera, pero no sabés lo que lloró durante los días que pasamos en Zúrich”, reveló en aquel momento Betty Garófalo, su mamá, fallecida en 2021. Eso se sumaba a una lesión en los músculos abdominales que la llevó irremediablemente a perder su lugar entre las mejores del mundo y que la desgastó física y emocionalmente. Años después confesó que “estaba empezando a odiar el tenis”.
“Necesitaba una distancia en el momento en que dejé de jugar porque ya venía un poco agotada mentalmente. De hecho, esa fue la decisión por la cual dejé de jugar. Tomé un poco de distancia, un tiempito. Lo necesitaba”, responde ahora Sabatini a Clarín, con una sonrisa a 30 años de haber derramado muchas lágrimas.
Pasaron los años en que estuvo alejada de los courts, sanaron viejas heridas y pronto volvió, a su manera, a ser una habitué del mundillo de la raqueta: estuvo presente, este año en la ciudad estadounidense de Newport, en la inducción de Roger Federer al Salón de la Fama, acompañó en 2025 a Juan Martín Del Potro en su partido despedida frente a Novak Djokovic y disputó dos veces (2022 y 2023) el torneo de leyendas de Roland Garros junto a Gisela Dulko, además de aceptar año tras año la invitación para presenciar el Argentina Open y ocupar su lugar en uno de los palcos del Buenos Aires Lawn Tennis.
“Estuve un tiempo alejada, pero después me di cuenta que el tenis es todo para mí. Es maravilloso todo lo que me dio, todo lo que soy hoy, todo lo que aprendí, la posibilidad de conocer gente. Por eso hoy me gusta estar cerca y siempre lo voy a estar. Es parte de mi vida”, agregó.
Gabriela Sabatini, cuyo primer contacto con una raqueta fue a los 6 años en el frontón de River, se presentó en el circuito grande del tenis femenino a los 14 y lo hizo con victoria en sets corridos frente a la italiana Raffaella Reggi Concato, la número 33 del mundo y primera preclasificada en el torneo de Río de Janeiro. Al año siguiente cayó con la legendaria Chris Evert en la final del WTA de Hilton Head y levantó su primer título en el Pan Pacific de Tokio luego de derrotar a Linda Gates.
Aquellas primeras pinceladas demostraron sus enormes condiciones y, a la vez, la cargaron de una presión difícil de sobrellevar para una jugadora tan joven, especialmente en una época en que los deportistas no tenían la contención ni las herramientas por parte de sus equipos de trabajo para lidiar con una carga así de pesada a tan temprana edad.
“La crítica se convirtió en algo normal. En ese momento no me daba cuenta de la expectativa que se creaba en la gente, pero volvía de un torneo, leía los diarios y ahí estaba todo. Y te va afectando. Por qué no fui número 1, por qué no gané tal torneo, eso siempre está. Ojo: es cosa de la prensa, jamás lo sentí de la gente, al contrario, siempre sentí muchísimo cariño”, recordó, siempre políticamente correcta.
Su entrenador de los últimos años, sin embargo, apuntó sin vueltas contra la prensa. “Yo pienso que ustedes tienen gran parte de la culpa de lo que se produjo en Gabriela porque ella es una persona muy sensible, un gran ser humano que no tomó las críticas cuando no llegaba a ser la número uno como las hubiese tomado otra jugadora, es decir, como parte de las reglas del juego, sino que se autopresionó porque veía que no ganaba y no conformaba, y se aceleró hasta terminar así, sin ganas de entrar a la cancha”, disparó en aquel entonces el chileno Juan Núñez, presente en la conferencia de prensa de despedida.
Sabatini, aliviada y feliz tras anunciar su retiro. Foto: archivo Nadie imaginaba a comienzos de 1996 que ese sería su último año en el circuito. Ni siquiera la propia Gaby. Tenía 25 años, había iniciado la temporada como top ten y con la ilusión de recuperar su lugar entre las mejores del mundo luego de un 1995 sin grandes títulos. Sin embargo, abruptamente fue perdiendo ese fuego interno que la había llevado tan alto y la derrota con Capriati le sacó las pocas ganas que todavía le quedaban de seguir levantándose a la mañana para entrenar y competir, competir y entrenarse, los viajes, la atención a la prensa y demás. Y nunca se arrepintió de aquella drástica decisión.
“No sé si fue solo alivio, sino también felicidad. Lo que sentía es que era el momento de hacerlo. Venía pensando en la posibilidad de retirarme desde hace algún tiempo, unos cinco meses antes, pero en esos últimos días comprendí que la idea ya había madurado en mí como para hacerlo”, respondió al recordar aquella jornada en Nueva York, sitio que no fue elegido al azar. En esa ciudad consiguió sus tres títulos más importantes: el US Open de 1990 y los Masters de 1988 y 1994. Y ese mismo torneo, hoy conocido como WTA Finals, le rindió homenaje previo al comienzo de la edición de 1996.
Nueve largos días pasaron desde el martes 15 de octubre en que Sabatini perdió con Capriati hasta el tristemente recordado jueves 24, el día del anuncio final. El retiro era un secreto a voces, aunque no había habido una confirmación oficial y nadie se animaba a darlo por cerrado. O no querían hacerlo. Hasta que una carpeta que entregó a los periodistas una encargada de prensa de la WTA, en el Madison, reveló en una de sus primeras páginas el obvio motivo de aquel encuentro.
Se trataba del retiro de la número 1 del tenis argentino, heredera directa de una rica tradición entre las mujeres que tuvo como antecesoras a Norma Baylon (la única top ten antes de la era profesional), Raquel Giscafré (semifinalista de Roland Garros) e Ivanna Madruga (17° del mundo en 1983). Fue, además, la tercera medallista olímpica del país tras las atletas Jeanette Campbell y Noemí Simonetto. También se alzó con un poco recordado título de Wimbledon junto a Steffi Graf en 1988. Y consiguió triunfos frente a la propia Graf, Martina Navratilova, Chris Evert y Mónica Seles, cracks de todos los tiempos.
En esta historia, sin embargo, no solo cuenta la estadística, sino todo lo que representó en cuanto a su imagen profesional, su conducta intachable (jamás recibió una sanción en sus 821 partidos) y su carisma. Resistió estoica y siempre con una sonrisa a las críticas que el tiempo transformó en puros elogios. Ese es su mayor legado.
