Todos los días pensamos dónde conseguir comida, qué vamos a comer, tal vez si es saludable o encaja con nuestras expectativas de tener un cuerpo cómodo o saludable.
Durante años, la cultura y la ciencia repitieron un mensaje tan simple como inocente: “para perder peso, solo hace falta fuerza de voluntad”. Sin embargo, para millones de personas con obesidad, ese consejo es tan inútil como pedirle a alguien con miopía que se esfuerce para ver mejor.
Gracias a los avances científicos y a la experiencia con los nuevos fármacos para la obesidad análogos del GLP1, a este pensamiento recurrente le hemos puesto nombre: food noise o ruido alimentario.
Este fenómeno describe la presencia persistente de pensamientos no deseados sobre la comida que pueden causar problemas sociales, mentales o físicos. Se diferencia de los pensamientos rutinarios sobre la comida por su intensidad e intrusividad, y se asemeja a la rumiación.
Video
¿Qué es el “food noise”?
Aclaremos que pensar en comida es normal. Pero cuando esos pensamientos se vuelven constantes, intrusivos y difíciles de apagar, hablamos de ruido alimentario: una experiencia que puede afectar la concentración, las tareas cotidianas, el bienestar y la relación con la comida.
No es hambre física, es un zumbido mental que te pregunta qué vas a cenar mientras todavía estás almorzando, o que te empuja a la heladera por puro impulso, incluso cuando ya te sentís lleno. Para quienes viven con este ruido, la comida no es combustible: es un fenómeno que consume la energía mental.
La neurociencia detrás del ruido alimentario
El ruido alimentario no tiene que ver con la falta de voluntad ni con un problema de carácter. El cerebro de estas personas posee una hipersensibilidad a la comida. Pensar, ver imágenes de comida, manipularla, escuchar ruido del papel de paquete de galletas, ver comer a otros, son acciones que generan señales amplificadas de placer y recompensa con curvas de dopamina gigantes que dirigen a buscar esa comida.
Simultáneamente, el cerebro frontal (el que está detrás de la frente y que se dedica a inhibir la ingesta) genera señales debilitadas de saciedad que no alcanzan para detener el consumo de alimentos.
¡Qué difícil vivir esta experiencia constantemente, en un entorno con kioscos en cada cuadra, redes sociales promocionando locales de comidas o recetas todo el día!
¡Qué absurdas las frases que nos comentan nuestros pacientes que muchas veces reciben de su entorno más cercano!: “Esto no lo compré para vos, ¡controlate!” “Los chicos son flacos, vos no comas el chocolate y listo”.
¡Qué poca mirada a que la obesidad es una enfermedad que involucra cambios neurocognitivos del cerebro y es un asunto de familia!
Suscribite a Buena Vida
Cada quince días, Florencia Cunzolo te cuenta lo último para cuidar tu salud y sentirte bien. Registrate acá.
En las personas que viven con obesidad, el ruido alimentario puede experimentarse en todo momento, incluso habiendo recién terminado de comer y puede convertirse en una carga cognitiva constante que influye en las decisiones alimentarias y en la calidad de vida.
Muchas personas lo describen como un “zumbido de fondo” que acompaña la rutina diaria. Está ahí mientras se trabaja, se descansa o se comparte tiempo con otros.
Qué puede intensificarlo
En algunas personas, este ruido se intensifica cuando hay desorden en los horarios de comida, períodos prolongados sin comer, ayuno intermitente, o reglas muy estrictas sobre qué alimentos “se permiten” y cuáles no (como la dieta keto, ejemplo). En esos casos, el cuerpo y la mente responden intentando compensar, manteniendo la comida en primer plano.
También es frecuente que el ruido alimentario complique la adopción de hábitos saludables. No porque falte información, sino porque tomar decisiones cuando la mente está saturada se vuelve mucho más difícil. Como siempre les digo, en este caso: no se trata de no saber qué hacer, sino de no poder hacer lo que se sabe.
Además, convivir con ruido alimentario puede generar culpa, ansiedad o frustración.
¿Cómo mejorarlo?
Abordar el ruido alimentario implica una mirada integral, que contemple no solo qué se come, sino también cómo se vive la alimentación. Abandonar las dietas restrictivas que sacan todas las harinas o todo lo preferido, dietas basadas en permitido/prohibido, en alimentos buenos y malos. Organizar las comidas, tener un plan, elegir las comidas con calma y registrar las señales internas de hambre y saciedad, también puede ayudar a reducir el ruido y a recuperar claridad y confianza en las propias elecciones.
Cuando la mente está menos saturada, resulta más fácil distinguir entre hambre real, el impulso, el hábito y el hambre emocional, así como sostener rutinas, dormir mejor y manejar el estrés.
El papel de los fármacos para bajar de peso
Los medicamentos análogos de GLP-1, como la semaglutida y la tirzepatida, han demostrado ser una herramienta única porque, en muchas personas, reducen de manera notable ese ruido. Actúan sobre receptores relacionados con la regulación del apetito y la saciedad, activan el cerebro frontal encargado de controlar la porción, disminuyen la elevada sensibilidad al placer de comer y ayudan a restablecer una comunicación más estable entre el cuerpo y el cerebro.
Por primera vez, muchas personas que están medicadas con estos fármacos describen la experiencia de sentir una verdadera ausencia de ese zumbido constante, una especie de indiferencia ante la comida cuando no tienen hambre real, es decir, cuando pasó muy poco tiempo desde la última ingesta. Silenciar el ruido biológico puede ser el primer paso no solo hacia perder peso y mejorar la salud cardiometabólica, sino para mejorar la calidad de vida.
¿Y qué pasa con el hambre emocional?
Muchas personas han usado la comida como anestesia para calmar emociones o estados emocionales negativos, la tristeza o el cansancio. Cuando el fármaco quita el impulso biológico de comer impulsivamente, queda espacio mental para trabajar sobre esos disparadores emocionales sin la interferencia del ruido constante. Ese espacio puede ser el comienzo de un trabajo psicológico más profundo y más consciente.
Una mirada distinta sobre la obesidad
Hablar de ruido alimentario es, en definitiva, ponerle nombre a una experiencia compartida por muchas personas. Cabe aclarar que no siempre los que experimentan ruido alimentario viven con obesidad, a veces padecen de trastornos por atracón.
Reconocer el ruido alimentario es el primer paso para construir una relación más saludable con la comida. Luego, el acompañamiento profesional tanto nutricional como psicológico es fundamental. Y también el farmacológico, si fuera necesario.
Aunque aún falta una definición formal consensuada o incluida en los manuales de psiquiatría como el DSM-5 y un método de evaluación universal, el debate sobre el tema ya puso en evidencia su importancia.
Eso representa un enorme primer paso porque entender que la obesidad tiene una base neurobiológica cambia las reglas del juego. Cuando los profesionales, los decisores en salud y las personas comprenden que la lucha no es contra una “falta de voluntad” sino contra un desequilibrio hormonal y cerebral, la culpa desaparece. Y es ahí, sin el peso de la culpa, donde empieza la verdadera recuperación.
Recordá siempre consultar con un médico, un nutricionista y pedir acompañamiento psicológico cuando sea necesario, porque el ruido alimentario o food noise hoy se trata y se cura.
➪¿Tenés alguna duda sobre salud y bienestar que te gustaría que abordemos en notas de la sección? Escribinos tu consulta a buenavida@clarin.com
