“La literatura y la filosofía son las únicas que apelan al ser y no al yo. El yo es el target número uno del mercado, el yo narcisista que siempre está planeando metas. Del ser no habla nadie, como si no existiera más –analiza Betina González sentada en uno de los sillones de un coqueto café en el barrio de Colegiales–, pero sabemos que, por detrás del yo, lo que sostiene todo es el ser”.

Con una trayectoria que no la deja encasillar, Betina (Buenos Aires, 1972) despegó públicamente cuando ganó el Premio Clarín de Novela en 2006 con Arte menor, obra sobre la que José Saramago escribió una frase que la sigue acompañando: “De esta novela se puede decir que sólo en su título es arte menor; lo que viene después del título es arte mayor”.

Tras cursar una maestría en Escritura Creativa en la Universidad de Texas y doctorarse en Literatura Latinoamericana en la Universidad de Pittsburgh, regresó a la Argentina para consolidarse como una de las voces más ricas de su generación, y en 2012 se convirtió en la primera mujer en obtener el Premio Tusquets de Novela por Las poseídas.

Para abrir su última ficción Un amor sin futuro, González eligió un epígrafe de Anaïs Nin que funciona casi como una declaración de principios: “Y todo se empaña, se distorsiona y magnifica por el gran demonio que nos arrebata, el demonio de la literatura”.

–Esta es una novela breve, pero de una intensidad demoledora, que le declara la guerra al guion tradicional del amor y la familia.

–Es chiquita pero intensa, porque creo que para ser intensa tenía que tener pocas páginas. Y también desde la escritura hay que sostener esa intensidad; en un largo aliento, me parece que eso no iba. Tiene también mucho ensayo.

Existir de otra manera

En Un amor sin futuro la protagonista es una mujer de 49 años, una profesora universitaria que decide responder a los mensajes de un alumno que, con sus textos, comenzó a “existir” de otra manera. “Me interesaba explorar la mirada que nuestra época tiene sobre las mujeres de esa edad que no siguieron mandatos. A veces esa mirada proviene de otras mujeres. En el texto uso a las amigas como un coro griego medio exagerado –reconoce–. Me servían para encarnar que el patriarcado no son los varones nada más, que está en toda la sociedad”.

–Hay una frase de la voz narrativa que funciona casi como diagnóstico de época: “a algunas mujeres el feminismo se les acaba con la maternidad”.

–Esta ola hizo como una especie de santificación de la maternidad. Beatriz Sarlo lo analiza muy bien en La intimidad pública, donde habla de las celebrities que se redimen de todos sus pecados cuando tienen un bebé. Se levanta esa figura otra vez, que era la del ángel del hogar, la mujer dulce, el derecho de maternar. Yo decidí no ser madre y, para mí, la familia es un terreno infértil donde no florecen los talentos y los deseos, porque es un terreno desequilibrado de culpas, de pases de factura y de mandatos de los padres o de los abuelos. Me ayudó mucho entender que, para empezar a amar, hay que dejar la familia atrás. Uno puede volver después y amarlos como personas, no como tu padre o tu hermano, sino entenderlos como la persona que son.

–En el libro escribís: “Todo lo que tiene para ofrecer son tres palabras: menopausia, madurez, señora”.

–Me parece que fue casi un error de la novela haber puesto esa palabra, porque enseguida cualquiera la agarra y arma el título de la nota como si fuera una novela sobre la menopausia. No lo es: es una novela sobre qué pasa cuando una mujer se corre del guion esperado. Vivimos en una época que trata de envejecer como si fuera una enfermedad; si sos vieja, sos algo que no se puede mostrar, igual que ocultamos la muerte. El otro día una amiga de 49 me decía que se siente estafada, porque por dentro se sigue sintiendo de 30. Ahí pensé: si hoy cualquiera puede autopercibirse como se siente, ¿por qué no me puedo autopercibir de 15, de 20…?

Un amor sin futuro narra el enamoramiento que se construye casi enteramente a través de la palabra y el intercambio de lecturas. Un cortejo hecho de citas.

–Escribir sobre el amor es ir al cliché más grande del mundo, pero yo tenía muy en claro que iba a hablar solo de la parte del enamoramiento, del cortejo. No quería escribir una crónica de “conocí chico, conocí chica” y después se pelean. Me puse a leer ensayos y volví a lecturas muy viejas, como la de Ficino, que además de escribir sobre el amor era astrólogo. Los neoplatónicos eran los más ardientes: se inflamaban ante el amor humano igual que los místicos, como San Juan de la Cruz o Teresa de Ávila, se inflamaban ante la presencia divina.

–El deseo está en las palabras…

–Vivimos en una época donde la palabra parece que no vale nada, mediada por las apps y los influencers que te dicen si alguien es “tóxico”. En realidad, cuando te enamorás de alguien, se te quema todo; todos esos manuales no sirven. Para mí lo único que te enseña a vivir es la literatura y la filosofía. La literatura es pensamiento y es una educación de la sensibilidad; mis libros fueron educándome en cómo ser un ser humano y qué es esto que siento.

La escritora Betina González, jurado de Honor del Premio Clarín Novela 2026. Foto: Fernando de la Orden.

–Elegiste para narrar la segunda persona, una clara distancia de la llamada “literatura del yo”.

–La “literatura del yo”, para mí no existe como género. O escribís una novela o escribís una crónica que diga “esto es verdad”. Esta es una novela y por eso está en segunda persona, para romper con ese concepto y porque la segunda persona interpela. Me aburren soberanamente las novelas que te cuentan la vida cuadro por cuadro. Si no aportás nada desde la forma, ¿para qué escribir?

–¿Qué te llevó a explorar la tensión: la de la belleza y el mal?

–Es algo que surgió también de otras lecturas, como El crepúsculo celta de Yeats, sobre los mitos celtas en torno a la belleza: para ellos, la belleza siempre estuvo asociada a una desgracia. Y tiene que ver con nuestra época, porque frente al objeto bello hay dos reacciones posibles. La primera es el deslumbramiento, ese no saber qué hacer del que hablaba Ficino, como si la divinidad emitiera su luz a través de esa belleza. Y en ese no saber qué hacer, una de las primeras reacciones es la envidia, que es destructora: lo que quiere es destruir el objeto. La envidia se puede transmutar en admiración, pero no todo el mundo puede hacer ese pasaje.

–Hay, además, un par de escenas de sexo muy intensas. ¿Qué necesitabas que pasara ahí que no pudiera pasar en la palabra?

–No las escribí porque “hay que tener una escena de sexo”: cumplen una función. Toda relación sexual es una relación de poder. Cuando dos personas fueron realmente interpeladas, los roles se vuelven intercambiables y ya no importa tanto quién es más grande, más lindo, del campo o de la ciudad. Ahí pienso en la idea de Alain Badiou del acontecimiento, algo que te interpela y hace que tu vida ya no sea la misma.

–También está Emily, una alumna con un talento que la desborda, como parte de una generación que no sabe qué hacer con el dolor y que no tiene fe en el futuro.

–Hacía mucho que quería escribir sobre el vínculo maestro–alumno y acá fue natural. Emily está basada en una alumna mía, ficcionalizada. En la post–pandemia, la relación que vi con algunos alumnos fue muy fuerte: venían con ganas de la presencialidad pero con mucho miedo, muy patologizados, medicados y derrotados para ser tan jóvenes. Hay un tema de inercia preocupante. Esta sociedad no sabe qué hacer con el talento porque no es algo que se puede monetizar necesariamente. Es terrible decirle a un joven “esto sirve solo si podés hacer plata”. El talento tiene el sinónimo del don, es algo que te ayuda a vivir la vida, pero el discurso del wellness y la mercantilización de los vínculos lo asfixia. No tienen fe en el futuro, ni en el arte, ni en la ciencia.

–Recientemente publicaste con la editorial Fera La muñeca y otros textos espectrales, de Vernon Lee (seudónimo masculino de Violet Paget), una autora a la que definís “compleja y prolífica”.

–Cuando escribí con Esther Cross, La aventura sobrenatural, nos encontramos con Vernon Lee. Es una escritora reinteresante de fin de siglo. Me fasciné con ella y empecé a traducirla por amor. Era queer, nunca se casó ni tuvo hijos, una inglesa viviendo en Italia con opiniones muy fuertes y beligerantes. La edición de Fera incluye dos cuentos, una narración de viajes y un ensayo sobre los fantasmas. Tiene marcas de lectura, flechitas y, al final de cada texto, un pequeño ensayo mío sobre cómo lo leí y cómo lo conecto con otras lecturas.

–Ganaste el Premio Clarín hace 20 años, cuando ni siquiera tenías la esperanza de publicar. ¿Qué significó ese galardón?

–Escribía desde muy chica, desde los 8 años, siempre sin la esperanza de ni siquiera publicar. Publicar mi primera novela ya me parecía un montón. No esperaba que el primer libro se ganara un premio como ese, que te daba un nivel de exposición muy grande. Fue una gran oportunidad. Ahora sí lo puedo ver; en el momento fue abrumador. Cuando lo pienso ahora, yo tenía 34 años y me sentía vieja; todos decían “qué joven la que ganó”, y para mí yo ya era revieja, tendría que haber publicado hace 10 años. No me gustó nada la exposición mediática, pero también me dio una seguridad: que, si a Saramago le había gustado y le había dicho cosas tan lindas, podía ser que eso que yo estaba haciendo sola en mi casa no estuviera tan mal.

La escritora Betina González, jurado de Honor del Premio Clarín Novela 2026. Foto: Fernando de la Orden.

–Este año volvés al Clarín, pero como jurado de honor. ¿Qué importancia tienen los premios literarios?

–Me parece que el Premio Clarín es una gran oportunidad y es muy transparente. Que se hayan anotado 1.400 novelas muestra que a la gente le sigue importando tanto leer como escribir; los libros no son vencibles. Qué importante que lo sigan sosteniendo. Pensá que la primera edición tuvo como jurado a Bioy Casares y que lo ganó un muy joven Pedro Mairal.

–¿Ese lugar de la creatividad y el talento genuinos te parece que está en discusión en tiempos de Inteligencia Artificial?

–Todo este discurso es otra forma del discurso de la envidia frente al talento: “ya no serán necesarios los escritores porque los vamos a reemplazar con esto”. Pero la copia no vale nada. La fascinación con la copia es destruir el objeto bello creando 70 objetos iguales. El arte siempre se pudo desmarcar de eso; cuando llegó la fotografía, la pintura se volvió abstracta. En el arte siempre hay imaginación y pensamiento, y ya está probado que la IA no puede pensar, solo analiza.

Betina González básico

  • Es magíster en Escritura Creativa por la Universidad de Texas El Paso y doctora en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Pittsburgh.
  • Enseña en la Universidad de Buenos Aires y en la Maestría en Escritura de la Universidad de Tres de Febrero.
  • Es autora de las novelas Arte menor, Las poseídas, América alucinada y Olimpia.
  • Sus libros recibieron los premios Clarín Novela, Tusquets y Fondo Nacional de las Artes, entre otros.
  • También publicó los libros de ensayos La obligación de ser genial y Cómo convertirse en nadie, además de varias colecciones de cuentos.

Un amor sin futuro, de Betina González



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