Vivimos en una sociedad en la que, muchas veces, la apariencia o la destreza física es sinónimo de éxito, incluso más allá de la moda o el deporte. Uno de los más grandes filósofos de la historia, Aristóteles (384-322 a.C.), con sus ideas, invita a reflexionar sobre la importancia de la conducta en esas fórmulas que llevan al triunfo.
La frase completa adjudicada a Aristóteles es la siguiente: “Así como en los Juegos Olímpicos no son los hombres más guapos o fuertes quienes se coronan con la victoria, sino los competidores exitosos, así en la vida son quienes actúan correctamente quienes se llevan todos los premios y recompensas”.
En los antiguos Juegos Olímpicos, los competidores alcanzaban la victoria por su desempeño. De allí proviene la comparación de esta paráfrasis que habría surgido de las ideas expresadas por Aristóteles en su obra Ética a Nicómaco.
En el centro del pensamiento de Aristóteles, como sugiere el título de una de sus obras más conocidas, está la ética. Sostenía que la felicidad (eudaimonía) se logra a través de la práctica constante de la virtud, tomando decisiones justas, moderadas y racionales, incluso, en situaciones difíciles.
Así, una persona puede tener cualidades excepcionales, pero si no las traduce en acciones correctas, difícilmente alcanzará resultados que valgan la pena. Por el contrario, alguien con menos condiciones naturales puede destacar si actúa con disciplina, responsabilidad y perseverancia.
Estas ideas pueden aplicarse en acciones concretas:
- Priorizar las acciones sobre las apariencias: lo que hacemos tiene más peso que cómo lucimos o lo que prometemos.
- Construir hábitos positivos: la excelencia nace de repetir conductas correctas día tras día.
Considerado junto con Platón como uno de los filósofos más destacados de la Antigua Grecia, Aristóteles nació en Estagira, en una familia de médicos que atendía a la familia real de Macedonia. Su padre, Nicómaco, murió cuando él tenía 17 años. Entonces, fue confiado a Proxeno, quien detectó sus grandes cualidades intelectuales.
Inscrito en la Academia de Platón, en Atenas, pronto se convirtió en uno de sus mejores alumnos. El propio Platón le puso el apodo de “el lector” por la avidez con la que devoraba las obras de la biblioteca.
Pero Aristóteles fue mucho más que el mejor alumno de Platón. Mientras su maestro estaba más interesado en las ideas, él eligió estudiar el mundo tangible. Así, dedicó gran parte de su vida a aprender sobre biología, botánica y medicina. También se interesó por la política y la historia.
Al morir Platón, no pudo sucederlo en la Academia. Establecido en Asia Menor, el rey Filipo II de Macedonia lo designó preceptor de su hijo, Alejandro Magno. De regreso en Atenas, fundó el Liceo, pero se ganó muchos enemigos por su relación con la monarquía de Macedonia. Entonces, tuvo que huir a la isla de Eubea, donde falleció.
