El fútbol, el deporte más popular del mundo, puede interpretarse de distintas maneras: desde el aspecto técnico, táctico, desde el punto de vista político, como un espectáculo deportivo y, por supuesto, desde un modo pasional ¿Qué ocurre si lo trasladamos al campo de la filosofía? El escritor, filósofo, ensayista y también docente Pablo Cillo publicó Filosofía del fútbol (Editorial Del Nuevo Extremo), en la que propone una mirada filosófica sobre el fútbol que parte de una distinción clave: la diferencia entre la ficción del juego –los discursos y prácticas atravesados por la pasión– y su dimensión práctica, basada en las reglas y la técnica. Según su mirada, ambos espacios no son independientes, ya que la manera en que se vive y se piensa el fútbol incide directamente en cómo se lo juega.

Su ensayo toma como interlocutores dos posiciones opuestas: la del filósofo noruego Steffen Borge (autor de Philosophy of Football), centrada en la defensa del juego bello, y otra perspectiva pragmática, orientada al resultado, la que Darío Sztajnszrajber desarrolló en distintas conferencias en la Argentina. Sobre estos ejes es que el autor habló con Clarín.

–¿Cómo se entiende el fútbol a través de la filosofía?

–Hay que separar los grandes problemas. Como la filosofía tiene distintas ramas, Filosofía del Fútbol también debería tener lo mismo. Una aborda las causas, lo que sería la metafísica del fútbol, es decir, lo que va más allá del fútbol en términos prácticos: cuál es la causa para que exista el juego, que nos guste y disfrutemos verlo. La segunda parte tiene que ver con lo práctico: sería lo ético y político del fútbol en términos del juego, el dominio de un espacio y un tiempo. El libro está dividido en cuatro grandes partes: las causas, es decir, la metafísica, donde me refiero a la ficción del fútbol propiamente dicho. Después está el concepto práctico del fútbol. La tercera parte sería la estética y la cuarta y última sería la más especulativa: pensar qué podría suceder con el fútbol si cambian las condiciones. Esto es, si un jugador como Messi está rindiendo a los 39 años de una manera que hace 30–40 años atrás hubiera sido totalmente imposible. Hay toda una evolución en los procesos de entrenamiento, en la alimentación, entre otros aspectos, que permite que un futbolista pueda rendir mucho más ahora que antes. Eso también está cambiando en el juego.

–En tu libro te basaste en dos filósofos: el noruego Steffen Borge y el argentino Darío Sztajnszrajber, que tienen miradas opuestas ¿Qué conclusión sacaste al respecto?

–Me quedo con la mirada de ambos según las circunstancias. Si la Argentina juega contra un rival inferior, te vas a poner en la postura de Borge: querés que la Selección se luzca, que juegue bien, que supere táctica y estratégicamente al rival, que la técnica brille. Entonces, te ponés en modo idealista. Borge diría que no hay competencia ya que también habla de la pasión aunque separa desde el punto de vista de un conocedor, de un fanático del fútbol y no del equipo. Entonces, cuando aparece el tema de la pasión tenés que cruzarte al lado de Sztajnszrajber, que dice que está todo bien con el idealismo, con jugar bien. Dice que directamente sufre al fútbol. En lo personal, lo sufrí cuando era joven, cuando estaba más alineado a la postura de Sztajnszrajber, pero a medida que me fui madurando aprendí a despegarme un poco y a ponerme en sintonía con la del filósofo noruego.

–¿A qué te referís cuando hablás de la espectacularización pornográfica del fútbol?

–La espectacularización es el proceso por el cual, a través de la evolución de los medios de comunicación, el fútbol despegó del espectáculo en vivo y en directo –los hinchas que van a la cancha– y pasó a proyectarse primero por la radio, luego a través de la TV y por último a través de miles de pantallas. Ahí es donde el fútbol se convierte en un espectáculo. En ese proceso de espectacularización se va manipulando la imagen, se va recortando, hay escenas que se repiten: una falta o una muy buena jugada se abarca desde distintos ángulos y se repite hasta el hartazgo. Si un jugador tiene un exabrupto lo repiten una y otra vez. A eso lo defino como una espectacularización pornográfica, y no cuando se repite lo bello desde distintos ángulos, que tendría una finalidad estética. Tiene como único objetivo excitar al ojo y motivarte a que lo veas, no para ver algo bello, estético, para fomentar un sentimiento elevado sino para fomentar la porquería. Un caso extremo sería cuando el fútbol sale del campo del periodismo deportivo e ingresa en el campo de espectáculos o el de la farándula. Te muestran a Maradona cuando lo meten preso por drogas. Eso es la espectacularización pornográfica. No tiene nada que ver con el juego sino con un negocio que fomenta lo peor de la gente. Otro ejemplo es la campaña de que Argentina es racista. Utilizar una imagen donde los jugadores parecen que son… –sabemos que no todos son descendientes de alemanes– y empezar a lavar la cabeza a la gente, a fomentar odio y resentimiento con un pueblo como el nuestro, donde nuestro principal problema dista de ser racista. También están las apuestas, otro caso donde la espectacularización se vuelve pornográfica: salís mirando el espectáculo como algo obsceno, donde interesa más si Messi convierte un gol en el segundo tiempo que si anota un gol y Argentina gana el partido.

Fotografía de una estatua de Diego Maradona, el 28 de octubre, en el Barrio de la Paternal de la ciudad de Buenos Aires (Argentina).  EFE/Juan Ignacio Roncoroni

–¿Por qué estamos en la elite del deporte más popular de todos (somos campeones del mundo en 2022 y subcampeones en 2026) y, sin embargo, no nos sucede lo mismo a nivel país?

–Es la tragedia de la Argentina, una sociedad conformada con gente que fue huyendo de distintas situaciones: los nativos fueron huyendo de las persecuciones de la milicia y los inmigrantes, de la pobreza en Europa. Es una sociedad conformada por gente que no estaba conforme. En segundo lugar, llegó a ser un país con enormes riquezas: energía, petróleo, tierras fértiles, gente con capacidad de trabajo inconforme creó un entorno donde grandes porciones de la población pudieron comer bien y educarse. Tenés gente bien alimentada que piensa, pero como un poco les sobró y no tuvo guerras ni grandes problemas raciales, empezamos a matarnos por tonterías. No nos ponemos de acuerdo en lo mínimo y en lo básico. Eso generó que durante los últimos cien años, Argentina va “banquinando” de una cuestión a otra. Es como un milagro inverso: hablan del milagro japonés y también del milagro argentino: cómo un país con todas las condiciones le puede ir tan mal en lo económico, político y social. En los últimos años, en lo político más o menos lo ajustamos: afortunadamente a nadie se le ocurre que esto se va a resolver con un Golpe de Estado, pero somos un país joven. Si hacemos lo mismo que hicimos en el fútbol, es decir, si pensamos en dejar de ser salvadores que va a venir alguien y nos va a salvar a todos, entonces no es el camino. Hay que ver lo que pasó con Scaloni: un tipo simple, tranquilo y del interior que no vino a decir “yo la tengo más clara que todos ustedes”. No vino a prepotear a nadie sino que vio qué recursos tenemos. Tenemos al mejor jugador del mundo, será grande pero sigue siendo el mejor. Tenemos jugadores repartidos por todo el mundo pero son los mejores, pongámonos de acuerdo en dos o tres cosas básicas, veamos cuál es nuestro estilo, cuál es nuestro potencial, y los resultados están a la vista. Si logramos hacer eso como país, y estoy convencido de que lo vamos a hacer, porque ya más bajo no podemos ir. Esto es como River: necesitó irse a la B y después de la B, resurgió. Aunque no haya salido campeón del mundo, Argentina en los últimos 50 años salió tres veces campeona, dos veces subcampeona, ganó varias Copas América, ganó seis mundiales juveniles y siempre estuvo peleando. No salimos campeones durante mucho tiempo porque nosotros somos tremendamente exitistas. Nos aferramos mucho a eso.

–¿Qué significa jugar bien al fútbol desde el campo de la filosofía?

–El problema es que la filosofía no es toda una. Si tenés un enfoque idealista te vas a poner en la posición de Menotti. Jugar bien al fútbol tiene que ver con tratar de tener la tenencia de la pelota, generar circuitos de juego, tener variedad en el aspecto ofensivo y defensivo, ser un equipo flexible. Eso desde el punto idealista puro donde el resultado no es lo que importa sino jugar bien a la pelota. Desde un punto de vista más pragmático o materialista, todo muy lindo con jugar vistoso pero el objetivo del juego en el fútbol, que es una competencia deportiva, es obtener un resultado. Entonces, todo lo demás está bien mientras esté acompañado de efectividad. Para un enfoque pragmático o materialista, lo central es la efectividad: no importa tener tantos recursos ofensivos y tener tanto la posesión del balón sino que cuando la tengas la metas en el arco contrario. Es la naturaleza del juego: el que gana es el que hace más goles que el rival.

–¿Jugar mal y ganar o jugar bien y perder?

–Jugar mal y ganar. No tenemos que perder. Jugar al fútbol no es igual a casarse: te casás con una mujer y decís, “bueno, perdí pero en el vínculo crecí”. Lo mismo ocurre con un amigo que, de repente, pasó esto y me cagó, pero en ese vínculo crecí y lo disfruté un montón. El fútbol no es así: puedo jugar un partido con los amiguitos de mi hija, perdí y listo, pero perder contra España no me agrada. Cuando juego, quiero ganar, pateo, araño, aplico lo más impuro sin hacerle daño al otro. Voy al frente. En el fútbol profesional hay muchísima plata en juego: no es un chiste ganar o perder, la diferencia es millonaria entre el que gana y el que pierde un Mundial. Además, el que pierde no se lleva la Copa. Bilardo decía que el subcampeón es el primer perdedor. No voy a caer en eso que salir segundo no sirve. En el deporte uno juega para ganar. El límite es lastimar al otro, en arruinarle la carrera.

La seleccion argentina de futbol de 1978. Foto: archivo Clarín.

–¿Al final, se juega como se vive?

–Sztajnszrajber dice que esa metáfora es peligrosa y sostiene que no es así. En mi caso, jugamos como vivimos para lo bueno y para lo malo. Los argentinos podemos tener muchísimos problemas pero en ciertas circunstancias nos ponemos de acuerdo, jugamos en equipo y podemos sostener grandísimos resultados. En muchas disciplinas y en deportes como el básquet, hockey, automovilismo o tenis, entre otros, en el campo de las ciencias o en el de otras artes, jugamos como vivimos en el sentido que jugamos con una enorme pasión, a veces más sucios y en otras, más echando lo malo de lo impuro y otras veces más echando mano de lo puro, de la técnica más limpia o la más polémica. Tenemos la capacidad de improvisar, de atarlo con alambre, por eso creo que jugamos como vivimos. Esto no significa que vivamos como jugamos en estos últimos años con Scaloni. Argentina no siempre jugó así; tenía todo para ganar pero en 2002 se volvió en la primera rueda. Por eso, desde ese punto digo que jugamos como vivimos para lo bueno y para lo malo.

Pablo Cillo básico

  • Nació en la Ciudad de Buenos Aires, en 1982.
  • Es Profesor de Filosofía (UBA), Rector del Colegio Palermo Sounder, bachillerato con formación en música y arte, ensayista y también escritor.
  • Publicó Filosofía Ricotera (2013), donde analiza las letras del grupo de rock Patricio Rey y los Redonditos de Ricota; Filosofía Borgeana (2015), en el que analiza el cuento “El Sur” de Jorge Luis Borges, y la novela de aventuras La última de las sabinas (2019).

Filosofía del fútbol, de Pablo Cillo (Editorial Del Nuevo Extremo).





Source link

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *