Los mayores de 65 años representaban en el año 2019 el 16% de la población a nivel global y se espera que sean el 22% para el año 2040. Por eso el envejecimiento es un tema que nos debe importar a todos.

Hay un dato que debería inquietarnos más aún: en 2020 se llegó a una rotunda conclusión: existe una brecha de 9 años entre la edad cronológica (es decir, cuántos años tenemos) y la biológica (cuántos de esos años estamos sanos o libres de enfermedad).

Es tremendo pensar que la mayoría de nosotros vive 9 años sin salud. No es una anécdota estadística: es el problema central del envejecimiento moderno.

Duración vs. calidad

Durante décadas, la medicina se ha concentrado en extender la duración de la vida. Pero la pregunta que hoy ocupa a la ciencia del envejecimiento, la biogerontología, es otra: ¿podemos extender los años de vida saludables? La respuesta, cada vez más respaldada por evidencia, es sí. Y la clave no está en un fármaco milagroso, sino en entender qué es lo que realmente envejece a nuestras células.

El envejecimiento tiene nombre y apellido. Durante mucho tiempo lo pensamos como algo inevitable e indivisible. La ciencia lo ha desarmado en piezas concretas: los llamados hallmarks o sellos distintivos del envejecimiento. Son varios procesos biológicos y cada vez se agregan más.

¿Cuáles son esos sellos? El daño acumulado en el ADN, el desgaste de los telómeros (terminales de los cromosomas que se acortan con la edad), la pérdida de eficiencia de las mitocondrias que ya no regulan correctamente la energía celular, la inflamación crónica, el desequilibrio de la microbiota y la epigenética, entre otros.

En conjunto, explican por qué dos personas de la misma edad cronológica pueden tener edades biológicas y estados de salud radicalmente distintos.

Y aquí encontramos la primera buena noticia: si el envejecimiento puede descomponerse en procesos identificables, también puede medirse. Y si puede medirse, se puede intervenir.

El reloj que no miente

Entre los avances más interesantes de la última década están los llamados relojes epigenéticos. Te estarás preguntando, ¿de qué se trata todo esto?

Para empezar a entenderlo, tenemos que saber qué es la epigenética: el estudio de los cambios en la actividad de los genes que se producen sin alteración de la secuencia original de los cromosomas.

Y eso se relaciona con los llamados relojes epigenéticos, herramientas que permiten estimar la edad biológica, es decir, cuánto han envejecido nuestras células más allá de los años que marca el calendario. Para calcularla analizan ciertos cambios químicos en el ADN, llamados metilación, que no modifican nuestros genes, pero sí pueden influir en cómo funcionan múltiples procesos del organismo.

Estos patrones de metilación son modificables y reversibles. Cambian según el entorno, el estilo de vida y, por supuesto, la nutrición.

Esto no es un dato menor. Significa que, aunque nuestra edad cronológica es inamovible, la edad biológica no es un destino fijo, sino que responde a lo que hacemos todos los días. Podemos tener cierto control sobre esa edad para poder acortar esa brecha de 9 años y vivir más años con salud.

Un ejemplo reciente lo ilustra bien: el estudio COSMOS siguió durante dos años a adultos mayores de 65 años y encontró que la suplementación con un multivitamínico y mineral enlenteció el envejecimiento biológico medido por relojes epigenéticos en el equivalente a cuatro meses, en comparación con el placebo.

Quiere decir que la nutrición, que depende de nuestras decisiones, y en particular el aporte de algunas vitaminas como la B12, el ácido fólico, la B6, junto con la colina, que es un nutriente parecido a las vitaminas del grupo B, resulta clave para sostener los procesos de metilación que regulan la expresión de nuestros genes.

El cuerpo elige sobrevivir, no envejecer bien

Hay una teoría que explica por qué las deficiencias nutricionales leves, sostenidas en el tiempo, pasan desapercibidas hasta que ya es tarde: la teoría del triaje.

Cuando la ingesta de nutrientes no cubre el mínimo, el organismo prioriza las funciones de supervivencia inmediata y posterga silenciosamente las tareas de mantenimiento celular y reparación del ADN. El daño no es visible ni inmediato, pero se acumula.

Solo cuando los nutrientes superan un umbral óptimo, el cuerpo destina recursos a la regeneración que previene la enfermedad crónica a largo plazo. Dicho de otro modo: no sentir síntomas hoy no significa que no se esté gestando el problema de mañana.

De reactivos a proactivos

Ninguna de estas piezas (nutrición, ejercicio, sueño, vínculos sociales, manejo del estrés) actúa de forma aislada.

Caminar media hora al día no solo cuida el corazón: modula la inflamación.

Dormir entre siete y nueve horas no es un lujo: es el momento en que el cerebro y el cuerpo reparan el daño acumulado.

El aislamiento social, cada vez más frecuente entre los adultos mayores, no es solo un problema emocional: se ha vinculado con mayor deterioro cognitivo.

Y el estrés crónico, lejos de ser solo una sensación incómoda, eleva de forma sostenida el cortisol y reconfigura estructuras cerebrales asociadas a la memoria.

El desafío, entonces, no es solamente médico. Es cultural. Seguimos actuando como sociedad de forma reactiva: esperamos a que la enfermedad se instale para intervenir.

La evidencia científica de los últimos años sugiere que existe una ventana amplia, sostenida, cotidiana para mantener el envejecimiento en un estado subpatogénico, es decir, antes de que se convierta en enfermedad.

El tiempo, es cierto, pasa para todos por igual. Pero cómo envejecemos dentro de ese tiempo sí depende, en buena parte, de nosotros.

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