Hace casi un siglo, un puñado de ciervos axis llegó a la Argentina como curiosidad de estancia: ejemplares importados desde la India para lucir en parques privados de Buenos Aires. Nadie imaginó entonces que esa decisión ornamental terminaría convirtiéndose, cien años después, en una de las invasiones biológicas más extendidas de Entre Ríos.

Un estudio que se acaba de publicar en la revista Nótulas Faunísticas encabezada por los científicos Muzzachiodi (UNL) y Sabattini (UNER-CONICET) reconstruyó, a partir de 412 registros georreferenciados relevados entre 2005 y 2025, la expansión de esta especie exótica en la provincia. El resultado es contundente: el axis ya está presente en los 17 departamentos entrerrianos, desde el Parque Nacional El Palmar hasta las islas del Ibicuy, pasando por campos de producción, reservas naturales y, cada vez con más frecuencia, zonas urbanas.

La historia de esta invasión no es la de un desastre repentino, sino la de una acumulación silenciosa de decisiones y omisiones. El ciervo cruzó el río Uruguay en los años 80, ingresó al PN El Palmar a mediados de esa década y, desde entonces, se multiplicó a través de al menos tres fuentes: el avance desde cotos de caza correntinos por el norte, el ingreso desde el sur a través de las islas del delta, y —quizás la más determinante— el escape y abandono de establecimientos privados dedicados a la caza mayor, muchos de los cuales cerraron sus licencias sin controlar qué pasaba con los animales que quedaban sueltos.

Durante dos décadas, la respuesta institucional fue fragmentaria. Hubo resoluciones, leyes que declararon al axis “especie plaga”, autorizaciones de caza controlada y algún taller ocasional. Pero nunca existió un plan de manejo integral, sostenido en el tiempo, con monitoreo sistemático y coordinación real entre Nación, provincia, municipios y productores. Tampoco, los órganos académicos fueron del todo contundente en los últimos años sobre los riesgos potenciales en los aspectos ecológicos. El resultado está a la vista: pese a más de 15 años de caza autorizada en áreas protegidas, la especie sigue siendo abundante y su distribución no dejó de crecer.

Hoy, con el ciervo instalado en la totalidad del territorio provincial, los escenarios de erradicación completa ya no son técnicamente viables. Es, en los hechos, muy probablemente un punto de no retorno: por tanto, queda solamente reducir densidades y minimizar daños, no eliminar la especie.

Y acá conviene correr el eje del debate. Es frecuente escuchar que el ciervo axis ocasiona un daño severo en la producción agropecuaria —por competencia con el ganado, y/o pérdidas millonarias en cultivos— y ese impacto no sería cuantioso. Pero el problema más urgente, el que ya está costando daños sobre humanos, es otro: los accidentes viales. Las rutas entrerrianas, como otras de nuestro país, registran de forma creciente colisiones entre vehículos y ciervos, con autos destruidos y heridos menores y de gravedad, hasta incluso fatales. No es un fenómeno aislado: es un patrón que se repite en distintos puntos de la provincia, mes tras mes, y que va a empeorar mientras la población siga en expansión y sin manejo activo.

El segundo riesgo, menos visible pero potencialmente más grave, es sanitario. El axis puede actuar como reservorio y vector de enfermedades que afectan tanto al ganado como, en algunos casos, a las personas. En un contexto de convivencia cada vez más estrecha entre ciervos y zonas periurbanas, ese riesgo deja de ser una hipótesis de laboratorio para convertirse en un problema de salud pública.

Entre Ríos no está sola: la provincia de Buenos Aires y varias otras provincias, incluso de la Mesopotamia enfrentan procesos similares. Pero la lección entrerriana es clara y exportable a otras provincias que hoy tienen poblaciones incipientes de axis o de otras especies exóticas: la ventana para actuar con eficacia se cierra rápido, y una vez que se cierra, ya no hay política pública, por ambiciosa que sea, capaz de revertirla del todo.

Lo que sí está en nuestras manos es evitar que la historia se repita. Eso exige monitoreo sistemático, señalización y prevención vial en las rutas más críticas, control focalizado en los frentes de expansión, y sobre todo, la voluntad política de sostener un plan a largo plazo —algo que, hasta ahora, nunca tuvimos.



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