En algún momento de sus casi tres años de gobierno, Javier Milei aspiró a convertirse en el líder de una derecha latinoamericana que, efectivamente estaba en ascenso por una serie de victorias regionales en el contexto de sociedades muy polarizadas.
Tras el despido de la ex canciller Diana Mondino y de un equipo más tradicional en el sentido diplomático, el Presidente le llegó a pedir a su ex ministro Gerardo Werthein y a su sucesor Pablo Quirno que le armaran incluso una cumbre en Buenos Aires de líderes que pensaran como él. Hasta soñó con Donald Trump como figura estelar. Pero ni el Presidente lideró ese bloque que nunca se homogeneizó, ni se hizo una cumbre en Buenos Aires.
Milei se encuentra hoy ante el dilema de haber implementado desde que asumió una política exterior que resultó ser una variable de su política interna, que estuvo atravesada por sus preferencias personales e ideológicas basándose en un error de diagnóstico del sistema internacional.
Y son las estrepitosas derrotas de sus amigos Trump, en Estados Unidos; Bolsonaro, en Brasil; Viktor Orbán, en Hungría, y la caída ahora de Santiago Peña, lo que deja ahora “desnudo” en política internacional al León. Milei elogiaba a viva voz el “modelo paraguayo” como uno que “tantos frutos le ha dado al pueblo paraguayo”. No ha dicho ni una palabra sobre la crisis que afecta a 3 millones de ahorristas ni por la renuncia y pedido de juicio político a su aliado.
No resulta extraña entonces su aparición solitaria en la XXX Cumbre Iberoamericana que tuvo lugar en Madrid este miércoles y jueves. Lo de “extraña” se explica porque al final, Milei ni participó de la inauguración ni de la cena y apenas se sacó una nueva foto -la segunda en quince días- con la presidenta de la comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso -que lo atendió en jeans- y otra con Santiago Abascal, de Vox — cuya elegancia contrastaba con la remera buzo y zapatillas del presidente de los argentinos-. Una ola de ironías y memes inundó las redes sociales con la foto de Milei apurado y la cabeza baja al tener que dar la mano a su odiado Pedro Sánchez al que llamó cantidad de veces “impresentable ladrón”, “corrupto” y fracasado, “comunista dictador”, sin contar los insultos a su esposa.
Más chistes estallaron en las redes con la foto del rey y Sánchez riéndose y un Milei al lado con cara serie e incómida.
“Se puede ser más fino. La política exterior exige intentar llevarse bien con los demás, piensen como piensen. Es la única manera de manejarse por el mundo”, dijo Mariano Rajoy, ex primer ministro del Partido Popular por Radio Mitre. También criticó a Milei el actual aspirante a premier por el PP, Alberto Nuñez Feijoo.
Milei podría sufrir las consecuencias en este último tramo de su mandato —aspira a ser reelecto— de haber implementado una política basada en privilegiar relaciones personales por sobre los vínculos de Estado a Estado. De haber aplicado el insulto constante a jefes de Estado y de Gobierno considerados por él como “enemigos” y además en la casa de ellos. Y tal como se vio en la reciente cumbre iberoamericana en España, adonde su participación fue ínfima, apelar a una única forma discursiva de enfrentar el comunismo y el socialismo a su idea de la libertad, aunque el auditorio estuviera lejos de ese debate y de esos principios en cuestión.
Para el Presidente y su entorno, Estados Unidos seguía siendo el único hegemón global, una lectura que los llevó a subestimar el peso de China, de la Unión Europea y de potencias regionales como Brasil.
En ese esquema, la alianza personal con Donald Trump se convirtió en el eje ordenador de la diplomacia argentina, mientras que los vínculos con otros gobiernos quedaron subordinados a una lógica de amigos y enemigos. Las derrotas y dificultades de varios de los dirigentes a los que Milei respaldó personalmente exponen ahora los riesgos de esa apuesta. No se trata simplemente de que algunos de sus aliados hayan perdido elecciones, sino de que la Argentina pudo haber comprometido parte de su margen de maniobra internacional detrás de liderazgos y proyectos políticos cuyo futuro no dependía de Buenos Aires.
Todo data desde el principio. Y la situación es de lo más incómoda. Estando el demócrata Joe Biden en el poder, en febrero de 2024, un Milei recién asumido, con la imagen muy alta adentro y afuera —los grandes diarios del mundo lo veían como un fuerte influencer del ultraliberalismo que venía a domar la inflación, combatir la corrupción y revertir el fracaso del kirchnerismo en Argentina—, viajó a Estados Unidos para decirle a Trump que esperaba saludarlo ya como presidente.
Los demócratas estaban en campaña, pero no levantaron la voz. Tampoco cuando las tribus libertarias los acusaban de woke y de estar “perdidos” en las ideas de la izquierda y el socialismo globalista.
Milei y sus huestes evitaron insultar a los demócratas como sí lo hicieron con los gobernantes del PT en Brasilia y el socialismo español.
A partir del triunfo de Trump, la alianza con el líder republicano fue total. Para la cumbre del G20 en Mar-a-Lago de mediados de diciembre próximo, Milei habrá ido a los Estados Unidos veinte veces. En algunos casos por una hora sólo. Los otros viajes reiterados los hizo a Madrid y Jerusalén.
Con Washington Milei y sus ministros firmaron cantidad de documentos, algunos de los cuales contravienen los límites de la ley de Defensa y Seguridad en Argentina. Se firmó el Escudo de las Américas, que involucra al país en una lucha contra el narcoterrorismo más allá de las fronteras, y también la Junta de Paz por Gaza, que nunca funcionaron. A cambio, Milei encontró una fuerte ayuda política y financiera de Trump y su ministro del Tesoro, Scott Bessent, que fue clave para el triunfo libertario en las elecciones de medio término. Cómo será todo ello ahora tras la pérdida de control de los republicanos de la Cámara de Representantes y la Cámara del Senado es un misterio.
Y aunque los analistas consultados sostienen que los objetivos de Washington se mantendrán en la Argentina con los republicanos o los demócratas —sobre todo el de alejar la influencia local de China, que con Milei se aceleró notablemente en lo político, lo económico, lo militar y logístico—, hay asuntos que podrían caer en un compás de espera: el acuerdo de comercio e inversiones bilateral que Argentina y Estados Unidos firmaron y que el Congreso de este país no acompaña y al que ni siquiera llegó el texto. O el formato de inversiones comprometidas por la administración republicana a través de agencias y bancos, como las del corredor Andes-Atlántico, y sobre las que hay comprometidos, pero no efectivizados, más de U$S 7.000 millones.
Fue muy sugestivo el mensaje que emitió este viernes la AmCham (Cámara de Comercio de los Estados Unidos en Argentina) como buscando despegar el intenso factor ideológico Trump-Milei. “La relación entre Argentina y Estados Unidos tiene fundamentos que exceden la afinidad política y personal entre los presidentes Javier Milei y Donald Trump. Responde también a intereses geopolíticos, estratégicos y económicos compartidos que mantienen su vigencia más allá de los resultados electorales,” escribieron.
Por Trump y Netanyahu Milei cambió votos históricos y posiciones tradicionales de la Argentina ante las Naciones Unidas. Si bien condenó siempre el terrorismo, sus alianzas incondicionales lo hicieron olvidar máximas de paz y contra los excesos. Pero, a diferencia de lo mal que está visto Milei entre los demócratas, la caída de Netanyahu —que no pareciera estar en condiciones de obtener una coalición para volver a formar gobierno— no cambiará su popularidad entre la comunidad judía. Lo ven lisa y llanamente como un amigo. Para el caso, recibió un millón de dólares de la Fundación Génesis que debía utilizar para lobby y diplomacia que generara más amigos para Israel en Latinoamérica.
Milei fue a Hungría en marzo para hacer campaña en persona por Viktor Orbán. Un mes después el premier perdía las elecciones frente a Péter Magyar, con quien el libertario no despertó ni simpatías. Más jugada fue su apuesta por Flavio Bolsonaro en agosto, en San Pablo, con Milei bailando e insultando a Lula en el escenario mientras Quirno y Karina Milei aplaudían en primera fila.
La escalada contra el líder del PT no tiene precedentes. Entre medio, Milei y Quirno se vieron artífices, junto a la política del Departamento de Estado que comanda Marco Rubio, de los triunfos que tuvieron José Antonio Kast, en Chile; Rodrigo Paz, en Bolivia; Keiko Fujimori, en Perú, y Abelardo De la Espriella, en Colombia. Milei fue el único en felicitarlos en sus primeras vueltas. Es el único de la ola azul que no tiene relaciones con Lula, que venció a Bolsonaro en segunda vuelta el 25 de octubre y asestó un duro golpe al libertario. Toda la “ola azul”, la de los líderes conservadores, son respetuosos y se llevan bien con Lula; más bien se vieron incómodos con el presidente argentino, que hasta osó sumar a su hermana Karina Milei a una foto de jefes de Estado en Lima. Un gesto que a pocos cayó bien, supo este diario.
El último frente de tormenta fueron las legislativas de Estados Unidos, donde los demócratas tomaron control de la Cámara de Representantes y el Senado. Y ahora la renuncia de Santi Peña.
Para Milei existe una civilización moralmente y estéticamente superior, que es la occidental, que él identifica con la judeocristiana. Pareciera ignorar que dicha civilización se nutrió de otras civilizaciones para su configuración. Además, la religión judeocristiana pregona el amor al prójimo, la misericordia, el perdón de los pecados, la opción por los pobres, lo que está muy lejos de los discursos de odio del presidente y de las tribus digitales libertarias, que hasta llegan a burlarse de las personas con discapacidad.
La relación entre Argentina y Estados Unidos tiene fundamentos que exceden la afinidad política y personal entre los presidentes Javier Milei y Donald Trump. Responde también a intereses geopolíticos, estratégicos y económicos compartidos que mantienen su vigencia más allá de los…
— AmCham Argentina (@AmChamArgentina) November 6, 2026
En ese contexto, la llegada del papa León XIV a Buenos Aires introduce un contraste que excede lo religioso. Frente a un Presidente que hizo de la confrontación, el insulto y la batalla cultural una marca de su política exterior, el Papa representa otra concepción de Occidente y de la relación con los demás: la del diálogo, la prudencia, la misericordia y el respeto. No es menor que su mensaje llegue después de una etapa en la que Milei intentó imponer su relato ideológico incluso en territorio ajeno, muchas veces a costa de las formas diplomáticas más elementales. Quizás León XIV pueda mostrar, precisamente en Buenos Aires, que se puede defender una visión del mundo y de los valores occidentales sin convertir cada diferencia en una guerra política.
