Crónica de Las Compuertas: La Odisea del Agua, el Cemento y el Milagro de Volver a Casa
Hay algo profundamente poético en la forma en que los gobiernos modernos entienden el progreso. Para el ciudadano común, el progreso suele ser una mejora: llegar más rápido, vivir mejor, tener agua en la canilla y poder entrar a su casa sin romper el tren delantero. Pero para la entente cordiale entre la política municipal y la patria contratista, el progreso es, ante todo, un acto de fe. Una fe ciega, irracional y sostenida a base de paciencia estoica. Y si no que le pregunten a los sufridos vecinos de la Ruta Provincial 82, en la zona de Las Compuertas, departamento de Luján de Cuyo. Allí, la modernización vial se ha transformado en un fascinante ejercicio de supervivencia medieval donde el agua potable es un bien suntuario, los accesos a los lotes son una mera sugerencia estética y el asfalto promete la eternidad, aunque sea sobre los restos náufragos de la dignidad ciudadana.
Hagamos un poco de historia reciente, si es que la memoria no se nos borra antes por deshidratación. Año 2020: en plena pandemia, con el mundo conteniendo la respiración, los vecinos de esta zona comprendieron que el Estado municipal y las empresas prestadoras jugaban a las escondidas con los servicios básicos. Ante la desidia oficial, y siguiendo estrictas indicaciones de las entonces autoridades de Aguas Luján —encabezadas por su recordado presidente, el señor Franklin—, los vecinos se metieron la mano en el bolsillo. Con esfuerzo, organización comunitaria y fondos propios, financiaron y construyeron sus propias cisternas y redes de abastecimiento.


Pensaron, ingenuos de ellos, que cumplir con las reglas del juego bastaba. Pagaron religiosamente sus impuestos durante años, creyendo que el tributo era el pasaporte a una contraprestación lógica. ¡Qué equivocados estaban! En la Argentina profunda del real estate y la planificación urbana improvisada, pagar impuestos es simplemente un acto de fe patriótica, un subsidio al optimismo fiscal que no garantiza trivialidades tan molestas como la hidratación humana.
El intendente de los grandes silencios y la constructora invisible
Hoy, la Ruta 82 es el escenario de una obra de remodelación faraónica. Del otro lado del mostrador estatal se encuentra el intendente Esteban Allasino, cuya capacidad para el silencio operativo roza lo místico. Uno imagina al jefe comunal mirando mapas desde su despacho, evaluando el impacto del cemento sobre el paisaje cordillerano, inmune al clamor popular. Para Allasino, al parecer, los vecinos no son ciudadanos con derechos, sino una molestia estadística que interrumpe el libre fluir de las palas mecánicas.



Y al lado de la gestión municipal camina, con paso firme y chequera en mano, la empresa constructora Paolini Hnos. S.A. La soberbia de esta firma es de manual corporativo moderno: no responde, no informa, no dialoga. Los obreros avanzan como un ejército de ocupación extranjero, rompiendo caños, bloqueando entradas y dejando tras de sí un tendido de cordones cuneta de hormigón monolítico que es una auténtica obra de arte abstracto. Tan abstracta que, al verla terminada, a los vecinos les asalta una duda existencial y desesperada: ¿Por qué milagro de la física moderna van a volver a subir a sus casas?

Porque claro, los genios de la ingeniería vial que diseñaron el cordón cuneta se olvidaron de un pequeño detalle menor: la gente vive arriba de los montes, en terrenos colindantes. Al construir semejantes murallas de cemento sin respetar las entradas, bajadas y subidas vehiculares hacia los lotes, la empresa ha transformado las viviendas en fortalezas sitiadas. Para entrar a la propia casa ahora no hace falta la llave, sino una garrocha de salto en alto o un vehículo anfibio. ¿Quién informó a los vecinos sobre estos trastornos? Absolutamente nadie. El derecho a la información previa es, en el diccionario de Paolini Hnos. y de la comuna, un concepto tan exótico como el oro en polvo.
El caño maestro y el lucrativo negocio de la sed
Pero el clímax de esta tragedia burocrática ocurrió cuando las máquinas y operarios, en su frenesí modernizador, decidieron cortar las conexiones de las cisternas al caño maestro de Aguas Luján. De un plumazo y una orden directa: “Nosotros hacemos lo que nos Ordenan”, cortaron el suministro. Las cisternas que los vecinos pagaron de su propio bolsillo en 2020 quedaron convertidas en piletas secas, monumentos al esfuerzo comunal abandonados a su suerte.

Y aquí es donde la tragedia deviene en un brillante negocio redondo. Sin agua en las canillas, la pregunta del millón recorre cada grupo de WhatsApp de Las Compuertas: ¿Cómo nos suministran agua ahora? La respuesta es indignante: mediante camiones cisterna. Pero la sorpresa no es que venga el camión, sino que… ¡deben pagarlo los vecinos!
Es un modelo de negocio perfecto. Primero, la Municipalidad y la Provincia permiten que te corten el servicio esencial por una obra mal planificada. Segundo, te dejan sin el agua que vos mismo pagaste. Y tercero, te cobran el flete del camión cisterna para traerte el líquido elemento que el Estado tiene la obligación constitucional de proveer. Kafkiano es un piropo para semejante esquema de expoliación. Si Franz Kafka viviera en Luján de Cuyo, escribiría comedias musicales.
El festín inmobiliario: vender humo con vista a la cordillera
Mientras tanto, la maquinaria del Real Estate mendocino no se detiene. La especulación inmobiliaria en la zona es un festival de optimismo ciego. Se siguen vendiendo terrenos a precios siderales, promocionándolos como el paraíso terrenal con vistas privilegiadas a la montaña. Se comercializan lotes en zonas que no son aptas para vivir, ocultando con maestría publicitaria esos pequeños detalles burocráticos: la falta absoluta de agua potable, la inexistencia de tendidos eléctricos seguros y la imposibilidad de acceder por vía terrestre de manera civilizada.
En este punto, la complicidad es simétrica y escandalosa. Por un lado, la Municipalidad avala, fracciona y cobra tasas por metros cuadrados en zonas declaradas virtualmente inaccesibles o carentes de infraestructura básica. Por el otro, las inmobiliarias dibujan realidades paralelas en sus folletos a todo color, donde el silencio de la montaña tapa el ruido de las tuberías rotas y las billeteras vacías. Venden espejitos de colores modernos a compradores desprevenidos, mientras los antiguos residentes, aquellos que apostaron por el lugar hace años, hoy hacen malabares con bidones de cinco litros para lavarse la cara.



La Ruta 82 en Las Compuertas avanza, sí. El hormigón gris se extiende como una lápida sobre el paisaje, prometiendo una velocidad vehicular que pocos podrán disfrutar si no logran salir de sus propios terrenos. El intendente Allasino cultiva su perfil de administrador ausente; Paolini Hnos. factura sus certificaciones de obra con la elegancia de los que no dan explicaciones a la chusma; y el mercado inmobiliario sigue buscando al próximo incauto dispuesto a pagar una fortuna por un lote donde el agua se compra por litro y la entrada a casa requiere un curso de alpinismo.
Los vecinos, mientras tanto, contemplan sus flamantes y costosos cordones de hormigón con una mezcla de furia y desconcierto. Siguen pagando impuestos, siguen pagando el camión cisterna, y se hacen la misma pregunta cada atardecer, mientras miran hacia arriba, buscando el camino invisible que los devuelva a su hogar: ¿Hasta cuándo el progreso será solo el eufemismo elegante para encubrir la estafa de la desidia?
