Tenía seis llamadas perdidas. Dando una charla en un colegio el celular no paraba de vibrar. Y un mensaje de WhatsApp “Broder, llamame urgente cuando puedas”.

Lo llamé de inmediato. Del otro lado, desesperado, me contó que su hija adolescente había hecho un intento de suicidio y por los detalles que me da, serio y grave. Le pedí que fuera a una guardia de inmediato y que no aceptara ninguna indicación que no fuera la internación. No había margen para “vamos a ver cómo sigue en casa”.

Al día siguiente, le dije con la voz quebrada: “Respirá, hay mucho por hacer y estoy para acompañarte”. Empezó el tratamiento psicológico que la ayudó a sostenerse y hoy, casi un año después, está muy bien apoyada por su familia y por el equipo terapéutico.

Esta historia no es una excepción. Es, lamentablemente, una entre tantas que los que trabajamos con adolescentes vemos a diario. Y por eso la cuento: no para exponer el dolor de mi amigo ni el de su hija, sino porque hay una idea que sigue circulando y que hace daño: la de que hablar de suicidio “da ideas” o “empeora las cosas”.

Es exactamente al revés. Lo que empeora las cosas es el silencio. Hablar de esto, con cuidado, con información, sin sensacionalismo, salva vidas.

El silencio, en cambio, deja a los chicos solos justo cuando más necesitan que alguien les pregunte cómo están.

Una emergencia de salud pública

A veces los datos duelen más que cualquier argumento, pero sirven para entender la magnitud del problema:

  • En la Argentina, en 2025 se registraron 5.209 suicidios, un 22,6% más que el año anterior, con una tasa que alcanzó los 11,8 casos cada 100.000 habitantes, el número más alto de toda la serie histórica.
  • El suicidio es, desde 2022, la principal causa de muerte entre las personas de 15 a 24 años en el país, desplazando a los accidentes de tránsito.
  • Del total de víctimas de suicidio en 2024, el 45,3% correspondió a adolescentes y jóvenes.
  • Un estudio del Ministerio de Salud encontró que en la Argentina se producen casi 24 intentos de suicidio por día: por cada muerte, hay muchísimos intentos que no se ven.
  • Según un informe de la Universidad Austral, el 9% de los adolescentes de 13 a 17 años dijo haberse sentido deprimido y el 13%, angustiado durante 2024.

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En cuanto al vínculo con las pantallas, la evidencia también es contundente. Un metaanálisis internacional publicado en JAMA Pediatrics que revisó 153 estudios con datos de más de 363.000 niños y adolescentes, confirmó una asociación persistente entre el tiempo en redes sociales y un mayor riesgo de depresión, ansiedad y autolesiones.

En la misma línea, un informe regional iberoamericano señala que uno de cada cinco jóvenes de la región presenta algún trastorno mental vinculado al uso intensivo de redes sociales, y que la exposición a redes sociales por más de tres horas diarias duplica el riesgo de síntomas de ansiedad y depresión.

Estos números no explican, por sí solos, ninguna historia individual. Pero confirman algo que quienes trabajamos con adolescentes venimos viendo hace años en el consultorio y en las escuelas: esto dejó de ser una excepción para convertirse en una emergencia de salud pública.

Los factores de riesgo

No hay una causa única. El intento de suicidio en la adolescencia suele derivarse de la conjunción de varios factores que se van acumulando.

  • Antecedentes de intentos previos o autolesiones, el predictor de riesgo más importante y el que menos debemos minimizar.
  • Cuadros de depresión o ansiedad no tratados, muchas veces invisibilizados detrás de la irritabilidad, el aislamiento o la caída del rendimiento escolar.
  • Situaciones de acoso, tanto presencial como virtual.
  • Rupturas afectivas vividas con una intensidad que a los adultos puede parecernos desproporcionada, pero que para un adolescente es el centro de su mundo emocional.
  • Consumo problemático de sustancias.
  • Un clima familiar de alta conflictividad o, por el contrario, de mucha desconexión emocional.

Digo siempre que la salud mental de los chicos está en caída libre en los últimos años, dopamina por doquier, adultos desconcertados y un contexto que no ayuda.

A esto le agregamos la soledad, el gran denominador común. Si hay un hilo que atraviesa la mayoría de estas situaciones es la soledad. No la soledad de estar sin compañía, sino la soledad de sentir que nadie los ve de verdad, que nadie tiene tiempo ni ganas de sostener una conversación incómoda con ellos.

Mucho de lo que les decimos a nuestros hijos tiene que ver con lo que no hacen o lo que tienen por hacer.

Las pantallas ocupan un lugar central en esta ecuación. No porque el problema sea el dispositivo en sí, sino por lo que reemplaza: horas de sueño, encuentro cara a cara, aburrimiento productivo, tiempo para procesar emociones sin la anestesia inmediata de un scroll infinito.

El uso intensivo de redes sociales viene asociado, en buena parte de la evidencia disponible, a un aumento de los cuadros de ansiedad y depresión en la adolescencia, sobre todo cuando funciona como comparación constante o como escenario de exposición y validación externa.

Lo digo una vez más: los tiempos cambiaron la esencia es la misma. Nuestros chicos nos precisan.

Factores protectores

La buena noticia es que también sabemos qué protege.

  • Un adulto de referencia disponible, que pregunte, que no juzgue y que sostenga la conversación, aunque sea difícil.
  • Vínculos escolares y sociales positivos, con al menos un espacio donde el chico sienta que pertenece.
  • Acceso a tratamiento psicológico oportuno, sin la demora que a veces impone la vergüenza o el “ya se le va a pasar”.
  • Límites claros y presencia parental, que no es lo mismo que control asfixiante: es estar ahí, disponible, atento a los cambios.
  • Hablar del tema con naturalidad, en la escuela y en casa, sacándolo del terreno del tabú.

Preguntar no lastima, salva. Si algo aprendí en estos años de trabajo con adolescentes y familias es que preguntarle a un chico si pensó en hacerse daño no lo empuja a hacerlo. Al contrario: lo alivia. Le muestra que ese pensamiento, por aterrador que sea, se puede decir en voz alta y que del otro lado hay alguien dispuesto a escucharlo sin espantarse.

Muchas veces en mi ejercicio profesional con pacientes que manifestaban ideas autolesivas les pedía que al mínimo atisbo de ese tipo de ideas me escribieran inmediatamente. Hablarlo pone distancia, al menos la necesaria para el rescate al pasaje al acto. Y en esto tenemos que saber que los adolescentes, por la inmadurez del sistema prefrontal tienen un pasaje al acto más corto desde la ideación.

Por eso insisto tanto en esto: hablemos del suicidio adolescente. Con responsabilidad, sin morbo, pero hablemos. El silencio nunca cuidó a nadie.

Y si tu hijo expresa ideas de autolesionarse o dejar de vivir hacele lugar, a pesar de tu angustia, no niegues, no te enojes, habilitá una charla adulta acompañada de un pedido de ayuda puede ser la diferencia entre la vida y la muerte.

No siempre las señales están a la vista, pero debemos en estos tiempos que corren agudizar nuestra mirada sobre la salud mental en infancia y adolescencia.

Con responsabilidad, con ayuda profesional, con amor y con cuidado hablemos del suicidio. En septiembre y siempre.

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