Son varios los trabajos y autores que asocian pasar más tiempo frente a las pantallas con menor capacidad de atención y peores resultados académicos en los adolescentes. Pero esta vinculación podría no ser tan directa y el impacto negativo de la tecnología en los escolares estar más relacionado con cómo se usa que con cuánto.

Eso es lo que revela la investigación que ha liderado el sociólogo Jonas Radl, profesor de la Universidad Carlos III de Madrid, a partir de datos del informe PISA. “Los adolescentes que son más perseverantes son los que sí usan la tecnología, no los que no utilizan pantallas”, resume Radl en conversación con La Vanguardia.

“Los que están mejor situados en términos de acabar sus trabajos, de no abandonar si encuentran obstáculos y de voluntad para insistir en una tarea aunque sea difícil son los adolescentes que usan la tecnología con fines educativos, para temas relacionados con la escuela y también para otros aprendizajes, para temas que les interesan”, detalla el investigador, que ayer participó en un coloquio organizado por el Centre d’Estudis Demogràfics de la Universitat Autònoma de Barcelona (CED-UAB).

En el otro extremo, los peores niveles de perseverancia -un rasgo de personalidad que se asocia a tener mejores resultados académicos– se observan en los estudiantes que utilizan las pantallas con fines recreativos (juegan mucho a videojuegos, usan mucho las redes sociales…), seguidos de cerca por los “sin pantallas”, aquellos que no usan la tecnología.

Utilizando datos del cuestionario TIC PISA 2022 (que preguntó por 40 usos diferentes de la tecnología a más de 126.000 estudiantes de 25 países, incluida España), Radl y sus colegas Atefeh Bagherianziarat y Alfonso Echazarra han identificado seis grandes perfiles de adolescentes en función de su interacción con las tecnologías digitales.

El grupo más numeroso (28,5% del total) lo conforman los “administrativos”, aquellos que usan las pantallas sobre todo para temas relacionados con la escuela y muy poco por cuestiones de ocio. Hay un segundo grupo de usuarios orientados al aprendizaje (17%) que, además de utilizar las aplicaciones escolares, aprovechan las pantallas para aprender otras cosas por su cuenta, ya sean idiomas, música…

Otro grupo de tamaño medio lo conforman los desconectados, aquellos que usan los dispositivos digitales muy poco, significativamente menos que el promedio.

A continuación figura el grupo de los que usan las pantallas fundamentalmente para el ocio, con fines recreativos (videojuegos, redes sociales), que suponen aproximadamente el 10,6% de los adolescentes.

El grupo más pequeño (9,7%) lo conforman los que Radl denomina “omnívoros digitales”, los que usan la tecnología para todo: comunicarse con la escuela y con sus compañeros, chatear, jugar, participar en redes sociales… Y, por último, están los “instrumentales”, aquellos que usan los dispositivos para navegar o comprar, con finalidades concretas.

Y cuando se analizan los niveles de perseverancia que reportan estos adolescentes, “los que se enfocan en el ocio son los únicos que están peor que los desconectados”, apunta el investigador de la Universidad Carlos III. Reconoce, no obstante, que esas diferencias observadas en perseverancia según los perfiles de uso de las pantallas “no son muy grandes”.

En todo caso, considera que el tipo de uso que hacen los menores de los dispositivos digitales puede ser tan determinante o más que el tiempo que pasan en ellos, siendo este un elemento a tener en cuenta ahora que tanto se debate sobre restringir o no las pantallas a los escolares.



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