Sonia Díaz Rois propone mirar las interrupciones desde un lugar menos moral y bastante más práctico. Cuando alguien corta constantemente a otra persona, la reacción habitual es pensar que es impaciente, egocéntrico o simplemente maleducado.
Pero la coach especializada en gestión del enfado y comunicación consciente sostiene que, en muchos casos, hay otro mecanismo detrás: “La mayoría de las personas no interrumpen porque sean maleducadas, sino porque su cerebro va más rápido que la conversación”.
Su explicación gira alrededor de la capacidad de anticipación del cerebro. Esa habilidad resulta muy útil para reconocer situaciones conocidas, reaccionar ante un peligro o prever lo que puede suceder después. El problema aparece cuando trasladamos el mismo mecanismo a una conversación y empezamos a completar mentalmente las frases del otro.
Díaz Rois desarrolló este comportamiento en una entrevista sobre escucha y comunicación consciente citada en El Economista. Allí señaló que escuchar exige algo más que esperar nuestro turno. “Escuchar no consiste solo en callarse”, explicó, sino en frenar el impulso de construir la respuesta mientras la otra persona todavía está hablando.
Las interrupciones, de hecho, pueden comenzar antes de que alguien abra la boca. La coach sostiene que el proceso se activa cuando creemos haber entendido de antemano lo que el interlocutor quiere decir. En ese instante dejamos de escuchar información nueva y empezamos a preparar nuestra intervención.
Hay varias razones para hacerlo. A veces surge una idea que tememos olvidar y dejamos de prestar atención para conservarla hasta poder decirla. Otras veces interrumpimos para demostrar empatía: alguien cuenta una experiencia y nosotros respondemos rápidamente con otra parecida para hacerle saber que lo comprendemos. La intención puede ser buena y, sin embargo, el efecto resultar exactamente contrario.
Otro mecanismo frecuente es entrar en lo que Díaz Rois denomina “modo solución”. Alguien nos cuenta un problema y nuestro cerebro empieza inmediatamente a buscar una respuesta. Pero la coach advierte: “La otra persona no necesita un consejo” necesariamente; muchas veces solo necesita ser escuchada.
También están quienes sienten incomodidad ante cualquier silencio. Una pausa de dos o tres segundos parece demasiado larga y rápidamente la rellenan con palabras. Para Díaz Rois, aprender a escuchar implica también tolerar esos espacios y permitir que el otro organice lo que quiere decir.
El entrenamiento que propone es aparentemente sencillo: no dar por terminada mentalmente la frase ajena, observar cuándo aparece el impulso de responder y esperar unos segundos más. No es pasividad, sino autocontrol.
La coach lo resume con otra frase especialmente útil: uno de los mejores regalos que podemos hacer durante una conversación es “dejar que termine la frase”.
Su planteo no pretende justificar todas las interrupciones. Hay personas que sin duda utilizan esa conducta para imponerse o monopolizar una conversación. Pero en muchos otros casos, entender el mecanismo permite corregirlo. Escuchar bien no consiste solo en permanecer en silencio: consiste en seguir interesado en lo que el otro todavía no ha dicho.
