Roxana tiene 56 años, se divorció tras casi dos décadas de matrimonio y tuvo que regresar a la casa de sus padres junto a su hija, Camila, de 17. Su situación financiera no le permitía continuar viviendo en el departamento que alquilaba junto a su ex, por lo que luego de un largo tiempo de analizar soluciones, llegó a la que más le cerraba económicamente.
Sus padres, Carmen y José, ambos de 80 años, fueron quienes le ofrecieron a Roxana que se mudaran con ellos. “Me vieron desesperada. La relación con mi ex ya no se podía sostener, pero dilataba la decisión de separarme porque sabía que no podía afrontar los gastos sola“, cuenta la mujer, que trabaja 9 horas por día como empleada administrativa.
El caso de Roxana no es el único. De hecho, la psicóloga Analía Mitar, especialista en familia y pareja, asegura que es algo que está sucediendo bastante, no solo en Argentina, sino en varias partes del mundo. “Sobre todo en ciudades muy grandes, porque generalmente en las más pequeñas la gente va construyendo en un mismo lugar. Va ampliando su casa“, sostiene.
Y agrega: “Es una nueva tendencia. Así como el concepto de familia ha ido cambiando a lo largo de estos últimos años (familias monoparentales o ensambladas), ahora también se empieza a hablar de hogares multigeneracionales donde viven en una casa más de una generación”.
Una nueva convivencia
Para Carmen y José tampoco fue fácil. Llevan 58 años de casados y desde que se fue su hijo menor a vivir solo, no volvieron a compartir su techo con nadie más. Tienen sus costumbres, sus tiempos y, sobre todo, sus libertades. Por supuesto que con la llegada de Roxana y Camila todo esto cambió y tuvieron que adaptarse a nuevos hábitos.
Según Mitar, fundadora de Family Hold, para los padres que reciben a sus hijos suele haber dos caminos: que se alegren con el cambio o que no les guste para nada. “A algunos les molesta, pero como son sus hijos, aceptan el regreso. Otros se ponen contentos, generalmente quienes ya no tiene actividad y se sienten muy solos. Con la nueva compañía encuentran otra vez una motivación, algo para hacer.”
La profesional sostiene que ambas situaciones son válidas y que lo más importante es siempre armar acuerdos antes de que aparezcan los conflictos. “La gente suele hacerlo cuando está discutiendo. Los padres se sientan a comer y ahí bajan línea. No, no es el momento. Y hay que entender que va a haber distintos tipos de conflicto según el lugar que ocupa cada uno en la familia.”
Por eso Mitar recomienda generar un espacio de varios encuentros para reuniones familiares bien específicas. La primera, antes de la mudanza, para poner pautas entre todos. Luego, ir renovándolas porque hay ciertas cuestiones que van a ir cambiando o que quizás no se tienen en cuenta, se van viendo en el día a día.
La clave es el diálogo
La especialista hace hincapié en que todos estén con predisposición a sentarse a conversar. “Para que haya diálogo tiene que haber dos personas que estén dispuestas a escucharse y respetar la emoción y el pensamiento del otro sin querer imponer el suyo.”
Como temas principales a plantear, sugiere por un lado el de las rutinas, los horarios, la limpieza y los espacios de la casa. “Es decir, hay espacios que se van a reorganizar y sería importante que además de los comunes haya algunos individuales, incluso algo pequeño, como una repisa”.
Por otro lado, la psicóloga recomienda hablar de las cuestiones económicas sin tapujos y de la crianza y los roles. “Entender que ahora los hijos que vuelven no son los niños que eran cuando vivían en esa casa, sino que ya son adultos igual que sus padres. Y que tienen también pautas y formas de entender las cosas.”
Entonces, destaca la importancia de evitar frases como: “En mi casa se hace lo que yo digo”, para no entrar en una situación de conflicto ni imponer reglas.
“Respetar que es un adulto que está viviendo con otro adulto, no infantilizarlo“, manifiesta Mitar. Y agrega: “Al aceptar que vengan a vivir a la casa de uno, también se debe aceptar que hay algo de la intimidad, de los tiempos, de los espacios y de las rutinas que se va a tener que resignar. Claro que todo esto en función de que se va a ganar algo, como compañía, afecto y una red familiar más amplia. Todos pierden y ganan algo“.
—¿Acudir a una terapia familiar es recomendable?
—Sí, yo trabajo mucho con familias, cada vez más. Y si atendiera a la gente como lo hacía hace 36 años, no tendría ningún paciente. Hoy las personas necesitan respuestas, una contención, un abrazo. La terapia vincular supera lo individual.
—Porque cuando se trabaja con una sola persona (que es válido) se lo hace con su realidad psíquica, con lo que ella ve. Pero cuando se trabaja, en este caso, con un hermano, con el otro, con la abuela, con el abuelo, con la madre, es como armar un rompecabezas. Cada uno es una ficha y se va entendiendo por qué funciona de determinada manera, cuáles son las pautas de crianza o cuáles son los traumas que se van trasladando de generación en generación.
Aun así, la profesional sí recomienda terapia individual para quienes vuelven a la casa de sus padres con un sentimiento de frustración. “Me parece que ese es un tema que lo tienen que trabajar en un espacio de ayuda terapéutica: hacerse cargo de esa frustración, de lo que le sucedió y no echarles en cara a los padres la necesidad de su regreso a casa”, concluyó.
