En el último informe de AtlasIntel y Bloomberg, se agregó un capítulo titulado “Perspectivas sobre Estados Unidos”. Ese módulo se incorporó en distintos países de la región a partir de la reciente decisión de Donald Trump de colocar nuevos aranceles, un tema con especial relevancia en Brasil.

El período de recolección de la muestra fue entre el 30 de julio y el 3 de agosto, con lo cual aquí captó el clima post mundial, el reverdecer nacionalista y la previa del debate de la venta de tierras a extranjeros. En la Argentina, casi el 49% de los consultados respondió que tiene una mala imagen de Estados Unidos (contra 34,5% de positiva), un nivel de rechazo que lo ubica primero, encima de México, Chile y Colombia.

Como contracara, la mejor valoración se dio en Venezuela, con un pico de popularidad de 55%, después de la intervención y el encarcelamiento del dictador Nicolás Maduro. De hecho, el secretario de Estado, Marco Rubio, podría pasearse en andas por allí: tiene 54% de imagen positiva y apenas 22 de negativa.

En cambio, en el país el estudio contempla una mirada crítica acerca de la influencia de Trump en la gestión de Milei (66% opina que es “mucha” y el 15% “moderada”). Entre los asuntos peor conceptuados de las políticas estadounidenses están la guerra en Medio Oriente, el trato a los inmigrantes allá y el respeto por la soberanía argentina. AltasIntel viene de acertar resultados electorales, incluido 2023, cuando pocos advirtieron la victoria libertaria.

Javier Milei hace gala de no gobernar bajo el dictado de las encuestas y, en este contexto, se presenta como la voz del líder de MAGA en América latina. Promociona la creación de una “liga azul” que nuclee a los presidentes de derecha y, para eso, viajó la semana pasada a Perú y pasó estos días en Ecuador, donde se reunió con Daniel Noboa. Ayer estuvo en la asunción del ousider Abelardo de la Espriella, en Colombia.

Mientras transcurría esa mini gira simbólica, en el Senado y en la calle se escuchaba la consigna “la patria no se vende”. No era sólo un cantito del kirchnerismo y la izquierda, sino una convocatoria más amplia, que abarcó el respaldo de artistas que no suelen pronunciarse en política (Tini Stoessel y Emilia Mernes, por ejemplo) y sectores inorgánicos.

La primera derrota fue que el proyecto bautizado oficialmente como “ley de inviolabilidad de la propiedad privada” pasó a llamarse popularmente “ley de venta de tierras a extranjeros”, más allá de que involucraba seis temáticas diferentes. La segunda es que se tradujo rápidamente en las redes, ecosistema en el que mandaban los libertarios y en el que están perdiendo la batalla. Según un informe de Ad Hoc, las menciones a Milei durante el debate el jueves registraron un 54% de negatividad, y la segunda palabra más asociada a su figura fue “Trump”.

Las interpretaciones sobre qué fibra activó el momento colectivo de la Copa del Mundo y la bandera de Malvinas son sólo eso: miradas, algunas interesadas, para capitalizar la narrativa. El Gobierno, que supo encauzar las emociones sociales el primer año, ahora está más desconectado de las demandas de la gente. Pierde la iniciativa y cuando la gana, no puede sostener sus planteos. Nada que no haya pasado en otras administraciones, pero sí es un signo de alarma cuando el bolsillo está muy golpeado.

El Gobierno debió dar marcha atrás con el apartado de un proyecto que quitaba restricciones para la adquisición de inmuebles rurales a extranjeros. Triunfó la percepción de que Milei quería “entregar” el país a los ricos de afuera. Eso en detrimento de los pobres de adentro. Es secundario cuán real es cada una de las afirmaciones en tanto es lo que dejó como impresión y lo que volcó a los aliados de La Libertad Avanza a no dar los votos necesarios.

El asunto merecía un gran debate, como también otros proyectos. En esa lista están las concesiones del Super RIGI, la ley de sociedades y la firma de acuerdos que comprometen al país en la cadena global de suministros, temas que afectan más la noción de autonomía y son determinantes hacia delante.

Hoy el concepto de soberanía está en discusión. Acá se expuso por lo más tangible: el territorio. La jurisdicción moderna se ordenó en base a la división política de las fronteras de tierra, mar y aire. La autoridad de los Estados se rigió por ese parámetro que en el siglo XXI es obsoleto. La tecnología introdujo la invención de la red, la nube, la interfaz, que no reconocen límites. El ciudadano de un país es usuario del mundo.

El oficialismo nunca pudo explicar por qué promovía desregular completamente la venta de inmuebles rurales, y tampoco puso énfasis en el resguardo de las zonas estratégicas y de frontera, algo básico. En los argumentos, hacían comparaciones sin relación, como recordar que Lázaro Báez había comprado miles de hectáreas en la Patagonia: ahí el problema era de donde sacaba los fondos, no era un asunto de integridad territorial. El anclaje kirchnerismo – antikircherismo no es útil para ganar todas las peleas, en especial, en las generaciones más jóvenes que no forman parte de esa grieta.

La Casa Rosada fracasó en su misión legislativa ya que se aprobó a duras penas un proyecto que sufrió amputaciones, al punto de que solo quedaron en pie los desalojos exprés –con alcance en la Ciudad de Buenos Aires– y el endurecimiento de la posibilidad de expropiaciones. El problema para el Gobierno es si ese traspié empantana otras iniciativas y pone a revisión qué beneficios se dan y para quiénes.

Se vuelve muy interesante en este panorama una jornada organizada por la Fundación Libertad y Progreso para los próximos 1 y 2 de septiembre. Está confirmado como orador el influyente Peter Thiel, fundador de Palantir. El misterio que generó su presencia en el país, su instalación temporaria en Barrio Parque, aún no fue disipado. Es uno de los jugadores de un orden mundial que está en transformación y en el que la empresas tecnológicas detentan mayor poder que los gobiernos.

Una descripción del proceso en desarrollo lo ofrece el libro “Muskismo”, de Quinn Slobodian y Ben Tarnoff. Los autores sostienen que Henry Ford al introducir la cadena de montaje en su fábrica fue la inspiración para la cosmovisión de un capitalismo de producción y consumo en masa que dominó el siglo XX. Ahora, es Elon Musk quien con su nombre pone el sello al sistema operativo del XXI: la infraestructura tecnológica autosuficiente y de integración vertical. Del “fordismo” al “muskismo”. Lo hacen desde una lectura crítica, pero lo relevante más que esa posición, es cómo sustentan la hipótesis.

Musk no es solo un empresario que vende cohetes, satélites, autos, modelos de Inteligencia Artificial, X. Dio el salto cuando se valió de contratos con el Estado para crear servicios de los que se convirtió en un proveedor excluyente. En 2025, Space X realizó el 95% de los lanzamientos de satélites orbitales en Estados Unidos y más de la mitad de todos los lanzamientos mundiales.

“La paradoja es que, al hacer eso, uno se vuelve dependiente de él. Lo que se vende como tecnosoberanía es entrar en el jardín amurallado de Musk, y él tiene la llave de ese jardín. Tanto el Pentágono como la NASA dependen de SpaceX; Starlink se ha vuelto indispensable en los campos de batalla y en la naturaleza salvaje; X y Grok se entretejen con el Estado. Al intentar desconectarse de Musk, uno se da cuenta de que él es el dueño del enchufe”, afirman Slobodian y Tarnoff.

Eso convive con la feroz carrera por la IA entre Estados Unidos y China, un rival que combina el aceleracionismo capitalista con un sistema de partido único e inapelable. Cada bloque busca fichar sus propios proveedores confiables. Ahí la Argentina, cuyo atractivo es el potencial energético y las tierras raras, se alineó con Trump. Es un compromiso de Milei difícil de cumplir porque no puede desandar lo que ya tejió con paciencia Xi Jinping hace más de dos décadas.

El Banco Central renovó esta semana el swap con China, extendiendo el plazo de 3 a 5 años. O sea, ambos asumen una sociedad por más tiempo frente al desagrado estadounidense. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, dijo públicamente que el respaldo al Presidente en octubre pasado tuvo como condición “sacar” a los chinos del país, algo que no se ha plasmado.

En este escenario, debe leerse una historia un tanto estrafalaria. El youtuber libertario Mariano Pérez y el panelista del streaming oficialista Carajo, Nicolás Promanzio, asistieron a una cumbre en Taiwán, en la que se fotografiaron con el presidente Lai Ching-te. Argentina no lo reconoce como país independiente, al igual que la mayoría, y entablar relación es cruzar una línea roja para China.

Promanzio tuvo un breve paso por el Ministerio de Defensa y se acaba de incorporar al equipo de Geopolítica y Seguridad Nacional de la Fundación Faro, que responde a Santiago Caputo. El viaje fue gestionado formalmente por Pablo Viana, dirigente uruguayo que participa de los foros de CPAC, una especie de “club de la derecha”, motorizado por Trump y cuya pata local es el asesor presidencial.

La embajada de China no ha comentado al respecto por ahora. No se trató de una incursión de funcionarios, ni tampoco hubo participación de la Cancillería. La peripecia a Taipei, reflejada por ambos influencers jocosamente en sus redes, lleva las huellas dactilares de Caputo, quien tampoco ocupa un cargo y cuyo estatus es el de la simulación permanente. El propósito no sería más que el de enviar una señal personal a Estados Unidos.



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