Cuando se atrofia la imaginación, se termina por recurrir a cómodos atajos (Donatella di Cesare).

En diciembre del 2002, el crítico estadounidense Ken Hirschkop escribía lo siguiente sobre las reacciones al 11 de septiembre: Una de las cosas más impresionantes de las reacciones americanas fue el horror, no solo hacia las atrocidad que había sido cometida, sino también a las posibles motivaciones de sus autores. ¿Por qué nos odian tanto? demostraba, ademas de una muy lógica repulsión, la incapacidad de aprehender el entrelazado de motivaciones y acciones que caracteriza a la política en todas sus formas, tanto pacíficas como violentas.

De manera aún más sintomática, muchos observadores se abalanzaron contra cualquiera que se atreviese a sugerir que detrás de ese evento podía existir algo más que una incomprensible maldad, como si el mero tentativo de imaginar alguna motivación cualquiera pudiese poner en duda el horror de lo que había acontecido

Ese día la autoestima de occidente se averió letalmente , y la política de ahí en más se limitó, como suponía Foucault, a vigilar y castigar. La imaginación atrofiada, los cómodos atajos: una descripción muy atinada en tiempos de supremacistas esotéricos. Del odio de los otros en el 2001 pasamos al odio hacia los otros. Nuestra civilización se convirtió en un reducto de avaricia, de seres acomplejados y asustados, hasta perder el más mínimo indicio de su identidad, incorporando impunemente los peores rasgos del otro, esos que decimos combatir.

Estamos convirtiendo nuestras democracias liberales en crueles autarquías teocráticas (de saco y corbata) lideradas por lunáticos , que se auto perciben como el apogeo y el confín de nuestro proceso evolutivo. La superstición como ideología político religiosa

Esquilo escribió Los Persas, la tragedia más antigua que conocemos, ocho años después de la batalla de Salamina, en la que los atenienses, con fuerzas muy inferiores derrotaron al poderoso ejército del Imperio Persa, dueños del mundo conocido en ese entonces. Después de Maratón, era la segunda gran victoria de la democracia ateniense contra la tiranía de los bárbaros. Esquilo además de dramaturgo fue un noble y militar que participó en esa batalla.

En la tragedia, le da voz a los enemigos mortales de Atenas, los persas (esos que intentaron aniquilarla), que seguirían siéndolo por mucho tiempo más, hasta la autodestrucción de la civilización griega en esa “guerra civil” entre atenienses y espartanos que fue la Guerra del Peloponeso cuando la oligarquía militar espartana con la ayuda de los persas derrotó a la democracia ateniense decretando el final del dominio griego en la historia .

Dentro de su público se hallaban los ex combatientes de Maratón, Salamina y Platea. Había mutilados, familiares y amigos de quienes murieron en los campos de batalla. Pero quienes contaban su historia eran los otros, los enemigos, presentados en su desesperación en la derrota con total dignidad. Intentar reconocer en el enemigo los argumentos legítimos que los motivaron y saberlos escuchar a pesar de que sigan siendo enemigos. Por qué fue posible entonces, y es impensable hoy, es la gran pregunta que nos impone esta tragedia.

Quizás porque cuando se atrofia la imaginación se termina por recurrir a cómodos atajos. Escribiendo sobre Julio César, Bertold Brecht decía que no tenía que caer en el error de creer que las cosas tenían que salir necesariamente como salieron. Siempre es posible cruzar el Rubicón en el sentido contrario. Además ya sabemos que no es un río, es apenas un pequeño arroyo.



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