En el kirchnerismo de paladar negro, ese universo que responde de forma incondicional a Cristina Kirchner y a La Cámpora, el deslumbramiento con Axel Kicillof se transformó en desprecio. Visto desde afuera, el giro parece inentendible: ¿cómo fue que en poco más de dos años el economista que los encandilaba pasó a ser calificado de traidor? La paradoja es total, sobre todo porque para el grueso del electorado el gobernador sigue siendo K.

Los ataques contra el mandatario bonaerense por parte de sus supuestos socios políticos -el gabinete provincial está loteado con figuras del ala dura- escalan.

El camporista Facundo Tignanelli, mano derecha de Máximo Kirchner y presidente del bloque de Unión por la Patria en la Cámara de Diputados de la Provincia, graficó la actual pelea con trazos históricos: “Desde que Axel tomó distancia de Cristina, cada vez le fue peor al pueblo argentino”.

Para que no quedaran dudas de su bronca, remató: “Mis abuelos trabajaron para que Perón vuelva, no para encontrar una alternativa con Vandor”, en referencia al sindicalista asesinado y símbolo de la deslealtad porque pretendía un “peronismo sin Perón”.

Pero el “fuego amigo” contra el gobernador se transformó en cotidiano. Este sábado, la también camporista Mayra Mendoza cruzó a Kicillof, aunque sin identificarlo.

“A esos compañeros que creen hoy que pueden ser candidatos en nombre del peronismo, les falta lo que a Cristina le sobra: coraje”, disparó Mendoza.

Hay más. El ultra cristinista Oscar Parrilli calificó al gobernador de “ingrato” y Máximo Kirchner dijo el mes pasado: “Los que todos los días hablan de unidad ni siquiera son capaces de ir a verla (a Cristina) a San José 1111 para ver cómo está y si necesita algo, esa es la verdad”.Kicillof lleva mucho tiempo sin visitar a la ex presidenta, quien cumple en su domicilio una condena por corrupción.

Si las manifestaciones públicas son duras, lo que se dice en privado es la comidilla del PJ. En el peronismo bonaerense repiten que Cristina advirtió a los intendentes de la Provincia que la visitaron en su departamento de Constitución: “Si me traicionó a mí, ¿cómo no los va a traicionar a ustedes?”.

Cristina Kirchner. Foto: Marcelo Carroll.

Esa supuesta traición ocurriría el año que viene, cuando no desdoble las elecciones provinciales de las nacionales, tal como reclaman los jefes comunales.

Hay, además, facturas de tinte personal y estratégico. Cerca de la ex presidenta se desliza la acusación de que Kicillof, al adelantar la elección bonaerense el año pasado, terminó acelerando los tiempos del proceso judicial en su contra.

“Ella piensa: ‘Lo hice ministro, lo hice diputado, lo hice gobernador, le aseguré fondos cuando Alberto era presidente, lo hice reelegir y su respuesta fue desaparecer'”, relata un peronista con acceso a San José.

A eso le suman reproches por la falta de apoyo cuando ella buscó la presidencia del PJ y gestos que consideran de desatención humana, como en el verano pasado cuando fue internada por una apendicitis y -según el cristinismo- Kicillof ni se comunicó para interiorizarse por su estado de salud.

Máximo Kirchner. Foto: Marcelo Carroll.

En La Cámpora, además, catalogan al gobernador y a su entorno como “estalinista , faccioso y miope. Son unos paranoicos que siempre piensan que todos los quieren cagar”.

No al ojo por ojo

En la otra orilla, la mesa chica de la gobernación bonaerense opera bajo una lógica distinta: el poder se defiende y se construye desde la gestión y la territorialidad.

Para entender la emancipación de Kicillof hay que revisar una genealogía que en La Plata quedó grabada a fuego y que aún tiene eco en el presente. Las tensiones arrancaron en 2021, cuando tras la derrota legislativa, Cristina le impuso al gobernador el rearmado de su gabinete y el nombramiento de Martín Insaurralde como jefe de ministros.

Axel discutió esa decisión, pero en ese contexto accedió. Fue el primer mojón”, recuerdan cerca del gobernador.

La ruptura definitiva llegó en 2023, cuando Kicillof se plantó: desoyó la exigencia de Máximo Kirchner de ser el candidato presidencial del espacio y decidió buscar su reelección bonaerense.

Kicillofista Carlos Bianco.

Fue allí cuando pronunció la metáfora de las “nuevas canciones” que el kirchnerismo duro todavía tiene atragantada: “No tengo ninguna gana de ir a una elección a cantar una que sepamos todos… Tenemos que componer una nueva”, había sostenido el gobernador en aquel momento.

Dirigentes del peronismo bonaerense cercanos a Kicillof le han recomendado con insistencia al núcleo duro del gobernador -dos de sus principales operadores políticos son sus ministros Carlos “Carli” Bianco y Andrés “Cuervo” Larroque– que ante cada cuestionamiento que les hagan desde La Cámpora echen a uno de sus ministros del gobierno de la Provincia o les quiten alguna de las cajas provinciales que administran. La ley del talión, aplicada a la política.

Pero la respuesta conceptual de La Plata a los embates de sus socios no es el “ojo por ojo”. En el kicillofismo no quieren pasar a la ofensiva echando funcionarios camporistas o recortándoles los fondos que manejan.

“Ni mezclamos la gestión con la disputa interna ni hay loteo. Los ministros responden al gobernador”, argumentan. Del mismo modo, desechan una posible vinculación entre el adelantamiento electoral del año pasado y la situación judicial de Cristina. Hablan de “una narrativa construida” a posteriori, de que nunca se charló que la estrategia política debía estar atada a la judicial y de que el planteo es “contrafáctico”.

Resistencia a subordinarse

A interlocutores Cristina manifestó su deseo de que Kicillof convoque a una mesa política para discutir el camino a 2027. Pero en el kicillofismo la réplica es tajante: “¿En carácter de qué convocaría a esa reunión si no es candidato a presidente? Además, nos cansamos en su momento de convocar a reuniones y ellos siempre o las defaulteaban o no llevaban a nada”.

La cuestión de fondo, apuntan en el kicillofismo, es que Máximo Kirchner, con el aval de su madre, busca subordinar al gobernador y que su resistencia es la verdadera falta que no le perdonan.

“Máximo quiere dar órdenes y que Axel acate, es así de simple”, resumen sobre el origen del conflicto.

Facundo Tignanelli, mano derecha de Máximo Kirchner. Foto: Federico López Claro.

“Axel entiende que si no se planta va a ser un nuevo Alberto (Fernández) y que el año que viene le van a querer imponer hasta a su vice”, observa un dirigente de la Tercera Sección Electoral con buena llegada a los dos campamentos.

En La Plata rechazan, además, que el gobernador no se haya intentado comunicar con la ex presidenta cuando estuvo internada, aunque no dan precisiones acerca de qué fue lo que sucedió.

Así, intentan saltar la pelea: “Reivindicamos al kirchnerismo y hacemos el mayor kirchnerismo posible en la Provincia. No tenemos interés en jugar esa interna; lo nuestro es construir una alternativa federal para ganar el gobierno el año que viene, no para ganar una interna”.

La fractura, en el fondo, exhibe un síntoma político: la pelea se juega con dos manuales de comunicación contrapuestos. Mientras el cristinismo despliega una estrategia de desgaste con nombre, apellido y declaraciones en on, en la gobernación de La Plata se opta por el silencio y las respuestas en off como método de preservación. No jugar la interna en público es, para el kicillofismo, también una forma de jugarla



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