Ese Roger Federer que está sentado en un palco VIP de cualquier torneo del circuito luce el traje de un corte perfecto, los zapatos impecablemente lustrados y brillantes, el cabello bien peinado y unos espléndidos anteojos de sol (si es de día, claro). Y aun luciendo una corbata, como cuando ganaba partidos, títulos y gloria, no transpira y mantiene la sonrisa blanca y perfecta cuando lo saludan los famosos y los no tanto.

La escena sucedió en las últimas semanas en Nueva York, Londres y Shanghái. Allí el suizo fue más allá de lo terrenal y jamás perdió la compostura. Pero, atención: tampoco lo hizo cuando en la ciudad china donde ganó dos veces y acaba de abrir un restorán con una carta inspirada en sus notables estadísticas, se presta al desafío del impossible shot que la ATP les propone a los jugadores y que consiste en pegarle a la pelota desde unos 10 metros y embocarla en un agujero. El dato es que la pelota tiene un diámetro de entre 6,35 y 6,67 centímetros y el del orificio es de 7,50 centímetros. Federer acertó el tiro imposible en su… quinto intento. A su lado, otro ex número 1 del mundo, el ruso Marat Safin, no podía creer lo que acababa de ver.

A los 45 años, cumplidos en agosto, Federer muestra un aire de galán de cine y todos los que se sientan a su alrededor se sienten unos privilegiados. Pero, a la vez, todo lo que Federer toca lo convierte en oro. Y glamour, que no es lo mismo pero casi.

Lo hizo, incluso, cuando contra todos los pronósticos apostó por la Laver Cup en pleno auge de la nueva Copa Davis que tanto promocionaron Gerard Piqué y su empresa Kosmos. ”Tengo claro que no puede convertirse en una Copa Piqué”, dijo allá por 2018 para dejar clara su posición con respecto al negocio del exfutbolista que duró apenas cinco años de los 25 arreglados originalmente con la Federación Internacional de Tenis. Y casi terminó ganándole porque, más allá de la tradición que tiene la mayor competencia del tenis por equipos, el propio torneo que creó con su agencia de marketing Team8 se convirtió en un éxito. No hay jugador en el mundo que no quiera disputarla. Todas las estrellas, excepto el italiano Jannik Sinner, se pusieron al menos alguna vez la camiseta de “Europa” o de “Mundo” pese a que la Laver no entrega puntos para el ranking aunque forma parte del calendario de la ATP.

¿Y cómo lo logró Federer cuando en aquel 2017, el año de la primera edición del torneo, estaba en plena vigencia, era el escolta de Rafael Nadal en el ranking mundial e incluso todavía le quedaba por ganar su último Grand Slam, que obtuvo en Australia en 2018? Se puso a trabajar ya como el hombre de negocios que es y comenzaron a llover los auspiciantes: Uniqlo que lo vestía y On que lo calzaba abrieron el grifo de sus generosas y amplias billeteras y a esas dos empresas les siguieron Rolex, Mercedes-Benz, UBS, Perplexity, Alipay+ y Boss, entre tantas otras.

El mundo del tenis cobijó a Federer, apoyó a ese hombre tan inteligente como amado, tan diplomático como hermético en sus decisiones, tan amigo de todos como ajeno a cualquier polémica. Y la ATP también le abrió la puerta. Al cabo, tanto había hecho Federer por la entidad que de alguna manera había que pagarle. Y así la asociación que nuclea a los jugadores -a él mismo, en realidad- lo invitó a su calendario y este año, por ejemplo, la Laver se jugó en el inicio de la gira asiática y compartió la semana con los ATP 250 de Chengdu y Hangzhou. La diferencia estuvo en que a su invitación accedieron cinco jugadores del top ten (Zverev, Alcaraz, Cobolli, De Minaur y Fritz) y entre los dos torneos chinos sólo pudieron convencer a uno (Medvedev, que terminó siendo campeón en Hangzhou).

Un formato atractivo inspirado en la Copa Ryder de golf; un juego veloz y ágil en una superficie rápida y partidos que se juegan al mejor de tres sets, pero con el tercero definido en su súper tie break; escenarios cerrados y oscuros ajenos a los del tenis tradicional, pero con luces que, cuando se encienden, encandilan; capitanes carismáticos y legendarios (fueron Borg y McEnroe al principio y ahora lo son Noah y Agassi) que dejan hablar a todos para que cada cambio de lado sea una Babel de opiniones y consejos de los que más saben; celebraciones en las que muchos terminan abrazados y en el piso… Y momentos irrepetibles como aquel del adiós del propio Federer y el llanto de Nadal y del resto como si fueran niños de carne y hueso y no campeones intocables.

Todo lo pensaron Federer y su socio Anthony Lewisohn Godsick, el empresario estadounidense que lo acompaña desde que terminó Flushing Meadows en 2005 y que cinco años antes de casarse con la ex tenista Mary Joe Fernández se convirtió primero en su agente (había sido el de Monica Seles, a quien conoció a los 20 años cuando trabajaba en IMG) y siete años más tarde en su socio de Team8. Juntos llevaron adelante, además, la idea de jugar la Laver en ciudades que no forman parte del circuito. Entonces pasaron por Praga, Chicago, Ginebra, Boston, Vancouver y Berlín, además de Londres. Y en 2027 desembarcarán en Los Ángeles.

Todo lo que hace lo hace bien, Federer. Mientras tanto, él regala esa sonrisa blanca y perfecta detrás de sus espléndidos anteojos de sol. Si es de día, claro…



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