Llega la primavera, sacás la ropa liviana del placard y, de golpe, te acordás de que tenés cuerpo. Le pasa a mucha gente. La tentación inmediata es recurrir a una dieta muy baja en calorías o que elimine todo lo que te gusta.
El problema es que el cuerpo lleva la cuenta. El hambre que se reprime no desaparece: se acumula como una deuda. Y tarde o temprano, esa deuda se paga con comida.
Muchas personas alternan períodos de restricción estricta de calorías o placer con episodios de comida descontrolada. Los especialistas lo llaman ciclo de restricción y atracón, y tiene cuatro momentos que se repiten. Veamos.
La paradoja es central: cada intento de reparar el exceso con más restricción prepara el próximo atracón. Un cuento sin fin llamado yoyó o, en inglés, weight cycling, y asociado a rebote de peso o cada vez más grasa corporal.
No solo comemos por necesidad: también comemos por placer. Es lo que se conoce como hambre hedónica, y es tan humana como la otra.
Cuando una dieta prohíbe los alimentos sabrosos, ese deseo no se apaga. Al contrario: el sistema de recompensa del cerebro, regulado en buena parte por la dopamina, se vuelve más sensible a esos estímulos. El alimento prohibido aumenta su atractivo, ocupa más espacio en nuestra mente y se nos vuelve más difícil resistir.
El cuerpo se defiende: por la restricción, el organismo activa el modo supervivencia: sube la grelina, la hormona que estimula el apetito, y baja la leptina, que señala saciedad. El cerebro empieza a priorizar la comida.
Luego está la cultura de la dieta que promete resultados rápidos, impone estándares de belleza poco realistas y asocia el valor personal con la delgadez.
Las emociones, el estrés, la ansiedad, la baja autoestima o la tristeza pueden convertir la comida en una forma de calmarse, un corto alivio que dura poco y deja más culpa.
El pensamiento “todo o nada” perpetúa estas conductas. Frases del estilo “si como un dulce, ya arruiné la dieta” transforman un placer y un derecho innato en un fracaso.
La restricción puede permitirte bajar de peso, pero los atracones repetidos tienden a recuperarlo, y a veces a superarlo. ¿La razón? Se produce adaptación hormonal y metabólica asociada a síntomas depresivos.
Y no solo eso: aumenta el riesgo de un trastorno alimentario como “trastorno por atracón”, el comedor nocturno o hasta bulimia nerviosa.
Salir de la trampa no implica tener fuerza de voluntad, sino cambiar la relación con la comida. Te cuento cómo.
Romper el círculo de restricción y atracón no es fácil, pero es posible. La comida no debería ser una fuente de estrés ni de culpa, sino una fuente de nutrientes, un pretexto para encontrarte con gente, una fuente de placer y una manera de disfrutar de la vida.
Si sentís que este ciclo está afectando tu salud mental, no estás solo: hay ayuda disponible, y merecés vivir en paz con tu alimentación. Y recordá que la deuda de hambre no la pagarás con trabajo o dinero, sino con comida.
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