Manchester City, con Enzo Fernández como pieza clave, no se detiene. Ni siquiera en Anfield, uno de esos estadios que suelen transformar cualquier partido en una prueba de carácter. El equipo que conduce Enzo Maresca goleó 3-0 a Liverpool de Alexis Mac Allister, por la sexta fecha de la Premier League, y prolongó un comienzo de temporada perfecto: seis partidos, seis victorias, 18 puntos, 16 goles a favor y apenas cinco en contra. Una campaña impecable que este domingo tuvo un capítulo especial, porque la victoria llegó en territorio enemigo, después de superar momentos complicados y con tres golazos que desataron el festejo de los hinchas visitantes. Erling Haaland, Jérémy Doku y Rayan Cherki fueron los encargados de ponerle cifras definitivas a un resultado que, de todos modos, no terminó de reflejar lo que había ocurrido durante buena parte del encuentro.
Porque hubo partido. Y mucho. Liverpool, empujado por su gente, le discutió la pelota y el protagonismo al líder de la Premier League. Especialmente en el comienzo del segundo tiempo, cuando consiguió llevar el juego hacia el arco visitante y exigió a Gianluigi Donnarumma, decisivo con varias atajadas que mantuvieron el cero. Mac Allister fue uno de los responsables de ese buen momento. El campeón del mundo en Qatar 2022 tuvo una actuación de enorme despliegue, recuperó, distribuyó y empujó a los Reds hacia adelante. Pero todo cambió cuando Ryan Gravenberch vio la tarjeta roja. Con diez hombres, el equipo local perdió equilibrio y Manchester City encontró los espacios que hasta entonces le habían faltado.
La diferencia empezó a construirse con la voracidad de Haaland. El noruego, siempre atento a cualquier pelota suelta en el área, capitalizó un rebote en Mac Allister y fulminó a Alisson Becker para romper el cero. Fue el golpe que desarmó la resistencia de Liverpool y abrió la puerta para que el City desplegara todo su repertorio ofensivo. Después apareció Doku, que se acomodó para sacar una definición combada al segundo palo, imposible para el arquero brasileño. Y el cierre quedó reservado para Cherki, autor de una jugada colectiva extraordinaria que coronó con una definición a la altura de su talento. Tres apariciones demoledoras, todas en el complemento, para convertir un encuentro exigente en una goleada.
Enzo Fernández también dejó su marca en la tarde de Anfield. El argentino fue una pieza importante en el mediocampo de Maresca, participó de la circulación y ayudó a sostener el funcionamiento de un equipo que no perdió la paciencia cuando Liverpool parecía acercarse al gol. Su actuación fue buena, con intervenciones inteligentes y una presencia constante en la construcción del juego. Salió reemplazado a los 35 minutos del segundo tiempo, cuando la victoria ya estaba encaminada. Del otro lado, Mac Allister también había cumplido un papel destacado, sobre todo por su despliegue y su influencia en el mejor tramo de Liverpool. La expulsión de Gravenberch terminó por condicionar una actuación que merecía un desenlace menos cruel.
Pero la historia de esta victoria había empezado mucho antes del pitazo inicial. Anfield fue una caldera desde varias horas antes del partido. Miles de hinchas de Liverpool coparon las calles aledañas al estadio para recibir al Manchester City entre bengalas rojas, enormes banderas y una catarata de insultos. El clima tenía un condimento adicional: era el primer encuentro de los Citizens desde que una comisión independiente los declaró culpables de irregularidades financieras cometidas entre 2009 y 2018. Las acusaciones por haber inflado artificialmente sus ingresos y reducido sus costos en más de 900 millones de libras alimentaron la bronca y también la creatividad de los simpatizantes locales.
“¡Tramposos!” y “¡Al descenso, al descenso!” fueron algunos de los cánticos que acompañaron la llegada del micro del City, que había modificado su recorrido habitual para evitar incidentes. No alcanzó para escapar de las provocaciones, pero al menos esta vez no se repitieron las escenas de violencia de 2018, cuando el autobús del equipo de Manchester fue atacado con botellas antes de un partido de Champions League. También hubo banderas y productos alusivos al escándalo. Uno de los más llamativos mostraba a Pep Guardiola, el exentrenador del City, vestido de presidiario, acompañado por la inscripción “114 cargos” y la palabra “culpable”.
Los hinchas visitantes, sin embargo, también tenían preparada su respuesta. Y fue tan insólita como colorida. La tribuna del Manchester City se llenó de bananas inflables, una tradición que nació a fines de los años 80, cuando el club estaba muy lejos de convertirse en la potencia multimillonaria que es hoy. Todo empezó en 1987, cuando Frank Newton, un simpatizante de los Citizens, llevó una banana inflable al viejo estadio Maine Road después de una apuesta con un amigo. La ocurrencia se volvió contagiosa y terminó convertida en una seña de identidad de una hinchada que, en tiempos mucho menos felices, había encontrado una manera de divertirse incluso con sus propias desgracias deportivas.
Aquella moda también quedó asociada a Imre Varadi, un delantero cuyo apellido inspiró el juego de palabras “Imre Banana”. En una época en la que el fútbol inglés convivía con la violencia del hooliganismo, los simpatizantes del City comenzaron a llenar las tribunas de bananas y otros objetos inflables. Casi cuatro décadas después, la costumbre volvió a cobrar protagonismo en Anfield, esta vez con un mensaje de resistencia frente al escándalo financiero: recordar que Manchester City existía mucho antes de la llegada de los capitales de Abu Dhabi en 2008 y que su historia no empezó con los millones ni con los títulos.
El contraste fue extraordinario. Mientras los hinchas de Liverpool gritaban por un castigo ejemplar y se burlaban de la posibilidad de que el City terminara descendiendo, los visitantes agitaban sus bananas y se reían de una amenaza que, para un club que conoció las divisiones inferiores del fútbol inglés, no resulta completamente ajena. Era una batalla de símbolos, cargadas y recuerdos que se disputaba en las tribunas mientras los futbolistas se preparaban para jugar uno de los partidos más esperados de la temporada.
Y cuando llegó la hora de la verdad, el equipo de Maresca respondió con fútbol y contundencia. Supo sufrir cuando Liverpool lo puso contra las cuerdas, encontró en Donnarumma un respaldo fundamental y aprovechó la superioridad numérica para liquidar el encuentro con una eficacia demoledora. No fue una victoria construida desde el dominio absoluto, sino desde la capacidad de resistir primero y golpear después. Una virtud que también distingue a los equipos que aspiran a pelear por todo.
Manchester City se fue de Anfield con el andar ideal intacto y números que impresionan: seis jugados, seis ganados, 16 goles convertidos y cinco recibidos. Liverpool, en cambio, se quedó con la frustración de haber competido de igual a igual hasta que la expulsión lo dejó sin respuestas. Y los hinchas visitantes se marcharon celebrando entre bananas inflables, como si el tiempo hubiera retrocedido casi cuarenta años. Con una diferencia sustancial: aquel City que aprendió a reírse de sus desgracias hoy también sabe ganar. Y no para de hacerlo.
