Hay una ironía generacional bastante evidente: muchas de las habilidades que hoy se presentan en cursos, terapias, libros de autoayuda o talleres de “resiliencia” fueron aprendidas de manera mucho más cruda por quienes crecieron en décadas con poca supervisión, menos protección normativa y mucha más necesidad de arreglarse solos.
La generación que hoy entra en los setenta y ochenta años suele recordar infancias donde el aburrimiento se resolvía sin pantallas, las discusiones entre chicos se arreglaban entre chicos y la vida cotidiana exigía una cuota de autonomía que hoy muchos menores de cincuenta mirarían con extrañeza.
La psicología del desarrollo ha estudiado bastante el valor del juego independiente y del llamado “risky play”, es decir, el juego físicamente desafiante o menos controlado por adultos.
Una revisión publicada en la revista International Journal of Environmental Research and Public Health, sostiene que este tipo de experiencias favorece el desarrollo social, emocional y físico de los niños, ya que los obliga a evaluar riesgos, resolver problemas y ganar confianza en su propio criterio. No se trata de idealizar el peligro, sino de reconocer que cierta libertad práctica funciona como entrenamiento de competencia y autonomía.
Más recientemente, estudios sobre desarrollo saludable a través del juego al aire libre reforzaron esta idea al señalar que las oportunidades de juego autónomo y no estructurado se asocian con beneficios en resiliencia, autorregulación y habilidades sociales. En otras palabras, muchas de las destrezas que hoy se buscan enseñar de manera explícita pudieron haberse construido antes de manera implícita, simplemente porque la infancia ofrecía más margen para tener que arreglárselas.
Eso no significa que toda esa generación haya tenido una infancia mejor ni que la falta de supervisión haya sido siempre saludable. Hay una diferencia importante entre libertad y negligencia.
Pero sí permite entender por qué tantas personas mayores describen una sensación de autosuficiencia práctica que no nació de una filosofía de vida, sino de la repetición cotidiana de resolver pequeñas cosas sin red inmediata: volver solo a casa, improvisar juegos, tolerar aburrimiento, gestionar una pelea, tomar decisiones simples sin pedir autorización a cada paso.
También importa mirar el contexto cultural. La autosuficiencia actual suele proponerse como una competencia elegida: aprender a poner límites, tolerar frustración, ser más autónomo, regular emociones. Para muchas personas hoy mayores, en cambio, eso no llegó como programa de mejora personal. Llegó como paisaje. Y cuando una habilidad se aprende durante años por necesidad, tiende a quedar mucho más incorporada que cuando se intenta adquirir en formato de seminario.
Por eso, la frase tiene una base psicológica plausible si se la limpia del dramatismo. La generación que hoy entra en los setenta y ochenta años probablemente desarrolló formas de autosuficiencia que surgieron de infancias menos guiadas y más exigentes en términos prácticos.
No porque fueran más sabios de entrada, sino porque el contexto les pedía a diario lo que hoy muchas personas intentan construir más tarde y de manera deliberada: confianza básica en que, al menos algunas cosas, pueden resolverlas por sí mismas.
