A la selección de Burkina Faso le dicen Les Étalons, o Los Sementales. Y el origen de ese apodo tiene que ver con el mito de una princesa escapando a caballo, un símbolo fundacional para su país. Este sábado, este modesto conjunto africano que nunca jugó un Mundial y ocupa el puesto 62° del ranking FIFA, fue protagonista de otro viaje que promete quedar en la historia hasta convertirse en leyenda.

Algún día se hablará de esto que pasó un sábado de octubre en Buenos Aires. El rival de la Selección Argentina se declaró en rebeldía, tuvo que convocar de emergencia a juveniles Sub-23 y viajó 12 horas desde Marruecos para cruzar el Atlántico. Llegó a Ezeiza recién a las 3 de la tarde y a las 9 de la noche ya estaba jugando contra la Scaloneta. Como si fuera poco, a la madrugada tenía programado el vuelo de regreso a su tierra. Increíble, pero real.

El partido que sirvió de antesala para la despedida de Messi fue un canto a la improvisación, y la incertidumbre recién se terminó cuando la delegación burkinesa bajó del avión. El paso por migraciones fue fugaz, y no hubo tiempo (posiblemente tampoco dinero) para detenerse en el free shop. Con el pasaporte en mano, uno a uno se subieron a un micro que los llevó hasta el hotel céntrico que aguardaba por ellos desde hacía unos días.

Comieron una vianda, algunos estiraron las piernas en el lobby, y a las 6 volvieron a subirse al micro para ir al estadio Monumental. En otro transporte, los utileros llevaron los bolsos directo desde Ezeiza a Núñez, como si trabajaran con Colapinto en la Fórmula 1. Lucían barbijos, poco abrigo, ojotas, y una cara de cansancio indisimulable.

La primera sonrisa de los chicos africanos se dio cuando pisaron el césped. Los hinchas amagaron silbarlos casi como por reflejo, pero enseguida les regalaron un aplauso cerrado. Se sacaron selfies, y los más desvergonzados se acercaron al vestuario argentino en busca de algún souvenir.

El partido fue igual de breve, porque a los 10 minutos la Scaloneta ganaba 2-0, y cuando terminó el primer tiempo ya eran cinco los goles. En la zona de prensa, los periodistas estaban más desorientados que los defensores de la visita: a la hora de acertar algún apellido, también perdieron por goleada.

En el banco de suplentes de Burkina Faso, los jugadores miraban sorprendidos el espectáculo que regalaba la gente en las tribunas, especialmente cuando se saltó por las Malvinas. Vale decirlo, los que entraron se bancaron el baile de la Scaloneta sin pegar patadas, corrieron y saludaron con una mezcla de admiración y respeto a los argentinos.

Esperaron respetuosamente que los futbolistas de la Albiceleste saludaran al público y luego ellos mismos dieron una especie de vuelta olímpica, donde volvieron a ser ovacionados por los hinchas en las tribunas.

En los vestuarios, hubo canje de camisetas. Muchos lo pidieron durante el mismo partido, como cuando se retiró Enzo Fernández del campo de juego reemplazado por Exequiel Palacios. Según publicó en redes sociales como ejemplo Ousmane Camara, el más reconocido de los jugadores que llegaron a Buenos Aires, se llevó dos casacas alternativas: una de Nico González y otra con la 10 de Lionel Messi.

En definitiva, cumplieron su papel. Este domingo, apenas 18 horas después de aterrizar, volvieron a despegar rumbo a su país. Todo lo que rodeó a estos 90 minutos en Núñez fue un papelón.



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