Cuando en la película Jurassic Park el multimillonario John Hammond tuvo la idea de armar un parque de dinosaurios clonados corriendo en libertad, soñaba con una atracción que tuviese algunas premisas básicas: que se pudiera “ver y tocar” y, sobre todo, que fascinara a su público objetivo, los más chicos.
Todo se descontroló. Las atracciones se escaparon, merendaron algún que otro personaje secundario y el sueño de Hammond quedó trunco en aquella obra maestra de Steven Spielberg de 1993. El filme, que además marcó una revolución desde lo visual, despertó en toda una generación la fascinación por los dinosaurios, animales enormes que volvían pequeñísimos hasta al más grande de los adultos.
Después vinieron seis secuelas, que lograron en mayor o menor medida recuperar los elementos que hicieron enorme al filme original. Quizás la más novedosa fue Jurassic World, que por unos pasajes se animó a jugar con la idea de cómo funcionaría en la práctica ese parque con que soñó Hammond, esbozando las atracciones de los gigantes prehistóricos.
Esa premisa, entre la escala y la cercanía, es la que recupera Jurassic World The Experience, una de las atracciones más fuertes que tiene el menú de las vacaciones de invierno. Se trata de una puesta en escena montada en el Complejo Al Río de Vicente López, que propone un recorrido por un parque funcionando. Olvídense de estar escapando de los dinosaurios, acá todo está bajo control.
Creada en conjunto con Universal Studios, la muestra estuvo presente en otras ciudades como México DF, Bogotá, Londres, Madrid, Milán, Munich o Singapur. En Buenos Aires abrió sus puertas a comienzos de junio y seguirá durante todas las vacaciones de invierno.
Los fanáticos de la saga van a disfrutar con los detalles y las referencias a las dos trilogías, pero la muestra está pensada para los pequeños. Son el público objetivo, como soñaba Hammond. En la entrada hay a la venta una guía de bolsillo para que vayan realizando tareas a lo largo de la muestra y se reciban de exploradores, un juego extra que los obliga a estar atentos a los pequeños detalles que se esconden entre los decorados y los gigantes.
Cómo es la muestra
Son once en total los escenarios que se atraviesan en los poco más de 40 minutos que dura el recorrido. La llegada es a través de un lobby que simula el punto de ingreso al ferry que lleva a los pasajeros a la isla Nublar y al parque de gigantes.
Después de unos minutos, las puertas se abren a la derecha y arranca el recorrido cuando el cuello de un Brachiosaurus gigante aparece en el fondo para salirse de su fosa y saludar a los visitantes. Acá comienzan los videos, las fotos y los “mirá, mamá” de los más chicos. De fondo se escuchan los dinoniños que van contándole datos sobre los bichos prehistóricos a los guías (que, vale mencionar, se prenden en el juego y mejoran la experiencia).
Si Hammond renegaba en la película y se jactaba de no tener robots animatrónicos en su parque, quizás lo hubiese repensado. Creados por los expertos de Animax Designs, los dinosaurios gigantes tienen un nivel de detalle cuidadísimo y unos movimientos hiperrealistas que hacen que la experiencia sea más creíble.
Velocirraptores, de los dinos más queridos por los chicos, en “Jurassic World”.A un revoltoso Stygimoloch le sigue un paseo por el laboratorio de científicos, donde se pueden ver dinos bebés en incubadoras, buscar información de sus especies favoritas o meter mano en unas montañas gigantes de sorpresas. Pero todos hacen fila para acariciar a una bebé Parasaurolophus que llega en brazos de los científicos.
¿Pero qué parque de dinosaurios sería este sin algunos carnívoros creando alboroto? Allí aparecen tres velocirraptores en sus contenedores, que gruñen y rugen al público mientras pasan. Hay un espacio vacío, el corral de Blue, la raptor que se hizo protagonista de los últimos filmes por armar un lazo con su entrenador Owen. Y en el próximo paso aparece caminando, gruñendo al público y toreándose con un entrenador, en las primeras tensiones del show. Acá empiezan a aparecer las primeras caritas de temor. Todavía ni arrancó.
Tres bebés dinos durmiendo en el laboratorio del muestra “Jurassic World”.El recorrido mecha escenas más tranquilas con algunos escenarios de mayor tensión. A los raptors, por ejemplo, le sigue un arenero para que los chicos puedan jugar a desenterrar huesos como los paleontólogos de verdad, o la aparición de la bebé Ankylosaurio Bumpy (sacada de la serie Campamento Cretácico, de Netflix) para que todos puedan volver a tocar. Un rato más tarde aparece su versión adulta, como un recordatorio de los enormes que eran estas bestias. “Lo más cerca que se puede estar de dinosaurios vivos”, decía el cartel de entrada y no se equivocaba.
Momento de tensión
Pero el momento más tenso aguarda en la próxima sala, donde algunas hojas de la jungla empiezan a moverse y los rugidos se hacen más fuertes. Por encima de un vidrio asoma su cabeza gigante la Indominus Rex, la más villana de las villanas de la saga. “Me da miedo porque ella caza por diversión, no por hambre” le comenta un chico a su mamá, calcando uno de los diálogos de Jurassic World, mientras se esconde detrás de las piernas para mirar de a poquito.
Entre algunas girosferas para sacar fotos, llega el momento de pasar a ver a la reina. La dueña del circo. No hace falta ni explicar nada cuando aparece la Tiranosaurio Rex, su rugido es marca registrada. La memoria emotiva funciona para quienes recuerdan esos sustos en los ’90 o se hayan sumado a la franquicia más adelante. Quien le hace de partenaire en los gritos es la Carnotaurus, dinoorgullo argentino desenterrado en Chubut, que se volvió parte de la franquicia jurásica hace algunas películas.
Entre corridas finales y souvenirs, Jurassic World The Experience gana en igualar de nuevo a estos chicos gritones con los adultos que acompañan y alguna vez fueron chicos: ante un gigante prehistórico de 14 metros, 10 toneladas y dientes como cuchillas, cualquiera que esté enfrente se siente pequeñito.
